Adiós a la India
Hace 13 Hs

Por Fernando Sánchez Sorondo

Para LA GACETA - NUEVA DELHI

Quizá éste ha sido nuestro último viaje, nuestro adiós a la India. Pero quién sabe. Porque cada vez que vamos decimos lo mismo: ¡ADIÓS! Además del desafío de ir al fin del mundo, a las antípodas de nuestro país, nos desanimaba el largo trámite de los aeropuertos, la espera de horas a la vuelta, en una Dubai felizmente no bombardeada todavía. (Pero en la que sentí que me escondían, a mí y a otros desafortunados necesitados de “asistencia especial” -silla de ruedas, por mi EPOC y mi edad “senior”- en un ámbito oculto, como para no estropear el paisaje próspero y lujoso del freeshop de la ciudad de las torres y del progreso babélico). Pero fatalmente allí fuimos, a quedarnos todo un mes.

La India de los grandes gurúes y swamis, cantera de la espiritualidad, le está diciendo ADIÓS a la pobreza extrema, a la indigencia y, lamentablemente, a veces, también a la belleza y elegancia de los saris, los dhotis y las kurtas, a los pies descalzos, para darle la bienvenida a los jeans y zapatillas. Otras, se tienta en reemplazar la majestuosa arquitectura de sus marajás por enormes edificios feos y rápidos: “centros de convenciones” para reuniones comerciales (y casamientos, desde luego).

Pero la India actual es además la magnética Tiruvannamalai, adonde una y otra vez volvemos… atraídos por la irradiación de Ramana Maharshi, de la colina Arunachala o de su energía shivaica. “Tiru” no abandona su identidad ni su feérica idiosincrasia. Y nos convoca a asistir a los darshans -en sánscrito, “visión de lo divino”- más insólitamente bellos y trascendentes, atisbos de la dimensión sagrada que es su fuerte, su poder y su gloria.

Y entonces vamos con Inés y con Hans, nuestro amigo de Alemania, a la reunión más alucinante que esta patria nos ofrece: la casa de “Aum Amma”, una mujer en éxtasis desde hace décadas, en cuya frente, los que tienen suerte -o acaso, lo merecen- pueden ver un OM dibujado, brillante. Esperamos en la galería, con muchos otros (las mismas caras de tantos peregrinajes), sin zapatos por supuesto, y en silencio, hasta que la puerta se abre. El espacio es chico, el primero en ubicarse es un viejo devoto, que entonará bhajans maravillosos, acompañado con un armonio. Sólo hay un par de sillas -me ceden una- y la pequeña habitación no tarda en llenarse. Miramos hacia un asiento modestamente solemne (lo han envuelto con una túnica blanca) y entonces la traen. Un swami la ayuda a caminar, casi como si ella no supiera, y a sentarse. Sonríe, sus pupilas hacia arriba (como los que convulsionan), sus manos rígidas en posición de “mudras”. La ceremonia es absolutamente devocional, muy india: Paramatma Aum Amma es coronada y cubierta de flores y más flores, hasta que se arma una montaña, la envuelven con collares, también hechos de flores. Y nos invitan a inclinarnos a sus pies y a ofrecerle… más flores. Ella parece despertar apenas con el tacto, moviendo de a poco las manos, al ritmo de la música, palpando esa lluvia de colores y aromas que le caen encima. Muchos lloran.  

Y entonces tiene lugar un verdadero milagro, hablo de mí: yo, que había ido allí como a un disparate hindú, una mera atracción turística para occidentales ingenuos, de pronto soy llevado en andas por la emoción más genuina y, lo admito, creo, creo.

Y ahora, que estoy de vuelta, doy testimonio de esta fe, de la maravilla de lo vivido. Corro el riesgo de toparme con cierto escepticismo, el mismo que yo había sentido.

© LA GACETA

Fernando Sánchez Sorondo - Escritor.

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