
Cada 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro, fecha que la tradición vincula con la muerte, ocurrida casi simultáneamente en 1616, de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Tres escritores, tres destinos reunidos por una coincidencia que acaso importe menos por su exactitud que por lo que sugiere: que los libros, a diferencia del ser humano, no mueren del todo. Persisten y aguardan. En una época dominada por la inmediatez, el libro propone otra experiencia: la de demorarse. Leer no es consumir, es gozar con la lectura, darle rienda suelta a ese ritual fantástico como lo es el de dar vuelta la página y el silencio consecuente de la elaboración mental. Pero junto a esa persistencia luminosa de los libros se proyecta otra sombra, menos visible y más incómoda: la de sus autores, y que hoy me gustaría plantear a continuación. No pocos de los que hoy consideramos imprescindibles conocieron en vida la pobreza, la estrechez o el olvido. Se cuenta que Honoré de Balzac escribió acosado por las deudas; que Emilio Salgari murió en la miseria; que Edgar Allan Poe vivió entre penurias; que Franz Kafka fue un empleado casi secreto; que Fiódor Dostoievski conoció la prisión y la urgencia; que Oscar Wilde terminó arruinado. La posteridad, generosa en homenajes, no siempre lo es en justicia. Tampoco parece muy distinta la realidad de nuestros días. Aunque publicar sea más accesible y la circulación de textos más amplia, el consumo de libros ha disminuido y, con él, la posibilidad de que un escritor viva de su obra, porque se está perdiendo, además, aquella hermosa costumbre, casi un arte, de leer por placer, de demorarse en una frase, de dejarse interpelar por una historia. El Día del Libro no debería ser sólo una celebración, sino también un reconocimiento, el de esa secreta alianza entre quien escribe y quien en algún lugar y en algún tiempo lo leerá, porque en ese vínculo profundo se cifra una de las formas más perdurables de la cultura. La figura de Emilio Salgari resulta, en este sentido, paradigmática. Autor de novelas de aventuras que marcaron a generaciones, ¿quién no recuerda, quién no leyó alguna vez, a Sandokán o a El Corsario Negro?, supo construir mundos exóticos y vibrantes sin haberlos conocido jamás. Sus libros alcanzaron tiradas de hasta cien mil ejemplares y gozaron de enorme popularidad. Sin embargo, esa misma obra que enriqueció a editores y fascinó a lectores no logró rescatarlo de la pobreza. El 25 de abril de 1911, agobiado por las deudas, Salgari se quitó la vida según el rito japonés del seppuku. Antes, dejó escrita una nota dirigida a sus editores: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel manteniendo a mí y a mi familia en una continua semi miseria, solo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma”. Hay en esas palabras una denuncia y, también, una forma de despedida. La contracara de esa historia puede encontrarse hoy en casos excepcionales, como el de la escritora argentina Samanta Schweblin (LA GACETA literaria, 12/4/26), recientemente distinguida con un premio millonario en lengua española. Su reconocimiento honra a la literatura, pero también pone en evidencia una desigualdad persistente: son pocos los que alcanzan esa consagración material. Entre esos dos extremos, la gloria que no siempre llega y la miseria que a veces persiste, transcurre la vida de muchos escritores. Yo me pregunto, ¿cambiará algún día esto? Ojalá que sí. Y en una expresión borgiana diremos que, en un mundo convulsionado por la violencia y la prisa, el libro sigue ofreciendo una forma de eternidad. Pensar con otros, imaginar otros mundos, demorarse en una frase que nos conmueve: en esos gestos mínimos, acaso, se juega su verdadera vigencia.
Juan L. Marcotullio
Marcotulliojuan@gmail.com







