Es tucumano, profesor y campeón del mundo: quién es Pablo Véliz, referente del cestoball argentino

Se consolidó como una figura clave en el crecimiento del deporte masculino; una historia que deja en claro que se puede superar cualquier barrera.

RUTINA DIARIA. Por las mañanas, Véliz cumple la función de docente en un colegio secundario. Por las tardes, se dedica al cestoball. RUTINA DIARIA. Por las mañanas, Véliz cumple la función de docente en un colegio secundario. Por las tardes, se dedica al cestoball. LA GACETA / Analía Jaramillo
Hace 3 Hs

Resumen para apurados

  • El docente tucumano Pablo Véliz, campeón mundial en India, lidera hoy el cestoball masculino argentino desde Tucumán, equilibrando su carrera deportiva con la enseñanza escolar.
  • Desde 2016, Véliz autogestiona su carrera con rifas y apoyo familiar. Alcanzó la cima mundial junto a sus hermanos, integrando un proceso amateur que exige alto rendimiento físico.
  • Su trayectoria jerarquiza al cestoball masculino y demuestra el impacto del deporte en la disciplina personal, marcando un precedente para la visibilidad de los atletas locales.
Resumen generado con IA

La vida cotidiana de Pablo Véliz se construye lejos de los flashes. Sus días empiezan temprano, entre aulas, pizarrones y alumnos, y continúan por la tarde con entrenamientos exigentes, gimnasio y preparación física. “Soy 'profe' de secundaria, de matemáticas y de física”, explicó, casi como una presentación inevitable para entender su recorrido. Su trabajo, el que le permite sostenerse, no está vinculado al deporte que lo llevó a lo más alto. “Nada que ver”, aclaró, al marcar una distancia que define su día a día.

El vínculo de Véliz con el cestoball masculino comenzó en 2016, cuando el deporte empezó a organizarse formalmente en Tucumán. Antes hubo experiencias aisladas, sin estructura ni competencia estable. “Ese fue el año en el que arrancamos de manera oficial. Antes no había asociación ni torneos”, recordó. Desde entonces, el crecimiento fue constante, siempre dentro de un marco amateur. “Siempre fue así. Uno se solventa los gastos con rifas, con colaboraciones de la familia y de amigos, de los clubes y a veces con ayuda política”, relató.

Ese camino tuvo su punto más alto en el primer campeonato mundial masculino que reunió a selecciones de distintos países. En India, ante el combinado local, anfitrión y candidato, Argentina se impuso por 75 a 61 y se consagró campeona del mundo. En ese plantel histórico estuvieron el propio Pablo y su hermano Federico Véliz. A su vez, la conducción técnica estuvo a cargo de Melina Véliz, hermana de ambos jugadores. “Llegar ahí fue un premio enorme. Pero no fue algo individual, sino el resultado de un grupo y de un trabajo largo”, contó.

EN FAMILIA. Pablo, en el medio, se entrena con sus hermanos Federico y Melina, quienes lo acompañaron en el título mundial. EN FAMILIA. Pablo, en el medio, se entrena con sus hermanos Federico y Melina, quienes lo acompañaron en el título mundial.

Esa consagración no modificó una realidad estructural: del cestoball no se vive. “De jugadores no conozco a ninguno que viva del deporte”, afirmó con sinceridad. Incluso, solamente algunos entrenadores, pero en Buenos Aires, podrían acercarse a esa posibilidad. “Son casos muy aislados, con suerte son cinco”, sostuvo. 

El deporte, en sí mismo, es accesible, pero el alto rendimiento tiene costos invisibles. “Gimnasio, preparador físico, alimentación, suplementación, indumentaria… Son muchas cosas. Cuando empezás a competir a nivel nacional e internacional te das cuenta de que todo suma y te va comiendo la economía”, explicó.

En su caso, el equilibrio es posible por una combinación de factores personales. “Yo puedo afrontarlo porque no tengo hijos y no tengo esos gastos”, señaló, dejando en claro que la organización del tiempo es clave para sostener ambas carreras. “Salgo de trabajar a las seis o siete de la tarde y recién ahí arranca el deporte para mí. Me entreno entre dos y tres horas por día”, detalló. Claro; el cansancio es parte del proceso. “Terminás muy cansado, pero feliz, porque sentís que no descuidás nada”, resumió.

Antes de llegar a la docencia, Véliz había transitado otro camino. Egresado de una escuela técnica, inició la carrera de ingeniería casi por mandato. “Era como lo que seguía”, recordó. Pero dos años después llegó el quiebre. “Me di cuenta de que no era feliz”, confesó. 

El giro hacia la docencia se produjo con las primeras prácticas. “Ahí interactuás con alumnos, entrás al aula y entendí que era lo mío”, narró. Desde entonces, su mirada va más allá de los contenidos. “Muchas veces con escucharlos, darle importancia a sus problemas, o solamente acompañarlos ya los ayudás un montón”, explicó.

El deporte, para Véliz, es una escuela permanente. “Me cambió la vida”, aseguró. “Me enseñó disciplina, compromiso y trabajo en equipo. El cuerpo puede estar agotado, pero la cabeza está tranquila”, describió. También reconoció lo que quedó en el camino. “Muchas veces dejé de ir a peñas o a reuniones con amigos para descansar y entrenarme mejor”, contó, consciente del sacrificio que implica sostener el alto rendimiento.

La música, el otro refugio de Véliz

Mientras tanto, la música ocupa un lugar central en su identidad. Guitarrista, cantor y amante del folklore, encuentra ahí su cable a tierra. “No me imagino una vida sin música”, afirmó. Fanático de Carafea, Lázaro Caballero y el canto popular, entiende al folklore como una forma de expresión profunda. “Cuenta historias, luchas y verdades que no se pueden perder”, reflexionó.

Para cerrar, Véliz sintetiza su forma de vivir con una idea simple. “Todo pasa por compartir”, sostuvo. “Lo que uno tiene es lo que puede dar. En el aula, en el deporte o con la música, se trata de ponerse a la par del otro”, concluyó. 

Campeón del mundo de cestoball, profesor de matemática y física, su historia resume, con naturalidad, lo que significa sostener una doble jornada sin resignar identidad ni pasión.

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