No llames a las cosas por su nombre

No llames a las cosas por su nombre
Hace 3 Hs

Walter Gallardo

Para La Gaceta - Desde España

El periodista Juan Pedro Quiñonero llevaba cuarenta y tres años de destacada trayectoria como corresponsal en París cuando una simple palabra provocó su caída en desgracia en el diario “ABC” de España. Según su testimonio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: la publicación de su libro “De la Europa de las libertades a la Europa de las extremas derechas” coincidiría en el tiempo con una reunión a la que acudió junto a otros colegas en la sede central del periódico en Madrid. Llevaba consigo un mal presentimiento después de que el director le rechazara días antes la invitación a presentar su libro. “Quiño: no lo haré, no estoy de acuerdo con tu visión de Europa”, le había dicho con desapego y cierta acritud. Ya en la reunión, en tono de advertencia general a los asistentes, se anunció que el término “ultraderecha” debía ser eliminado de las crónicas y las columnas. Quiñonero, con esa palabra incluida profusamente en su ensayo, preguntó cómo había que llamar a un movimiento que responde a ese nombre y no a otro. Argumentó que quienes representan a esta facción en Europa se definen de ese modo y sin complejos para marcar distancias con la derecha moderada o conservadora, a la que denominan provocativamente “la derechita cobarde”. Citó entonces el caso de Marine Le Pen, la líder de Reagrupación Nacional, como ejemplo de esa identificación sin rodeos y sin matices. Su insistencia pareció no agradar y la discusión acabó con silencios incómodos, gente removiéndose en las sillas y un aire de relaciones destempladas. Pocos días después, de vuelta en París, el jefe de la sección internacional lo llamaría para anunciarle que a partir de ese momento prescindían de sus servicios. Que lo echaban.

Claudicaciones

La causa de su despido, recogida en varias crónicas, podría parecer en principio sólo una situación injusta y a la vez paradójica tratándose del “ABC”, un medio monárquico y de derechas. Sin embargo, lo que viene a mostrar resulta algo más preocupante, esto es, un gesto preventivo y de autocensura, miedo al fin y al cabo, ante el avance en el mundo de una corriente con rasgos tan totalitarios como aquellos que se denuncian y critican en Rusia o en China; también contradictorios: algunos de sus representantes europeos (llámense Santiago Abascal en España, Víctor Orban en Hungría, o Giorgia Meloni en Italia, entre otros muchos) han mostrado su simpatía en idénticas dosis tanto por Trump como por Putin y, sobre todo, por sus cualidades de autócratas. Los más audaces incluso apoyan con un obsceno entusiasmo al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, sobre quien pesa una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional acusado de crímenes de guerra y de lesa humanidad por la matanza de más de 70.000 civiles, entre ellos alrededor de 25.000 niños, en la franja de Gaza.

En este marco, lo de Juan Pedro Quiñonero no debería reducirse a una anécdota, esa que cuenta la historia de otro periodista sin empleo. Habría que ampliar la foto y comprobar que en esta época de fanatismo virulento, crueles villanos, arbitrariedades sangrientas, descarados saqueos de las riquezas de los países “débiles” y deshumanización de los adversarios, la realidad amedrenta a tal punto que algunos medios resuelven claudicar o negociar sus antiguos principios para conseguir una precaria prórroga de supervivencia.

Uno de los casos más recientes y notorios en la escena internacional es el del diario “The Washington Post”, propiedad del multimillonario Jeff Bezos, dueño también del gigante Amazon. El periódico, hasta no hace mucho emblema de una forma independiente de ejercer el periodismo (recordemos su papel en el caso Watergate y en la posterior renuncia de Richard Nixon), decidió despedir a un tercio de su redacción, unos 300 periodistas, eliminando secciones enteras, diezmando corresponsalías en países o regiones donde hoy se desarrollan conflictos de importancia global y prescindiendo de profesionales de fuste, entre los que se cuentan varios ganadores del prestigioso Pulitzer.

Sombras en la trastienda

Aunque se invocaron dificultades financieras verdaderas como motivo de estos recortes históricos, hasta el más distraído puede ver las sombras en la trastienda: Amazon, Alphabet, Meta y Tesla, cuyos directivos estuvieron aplaudiendo en primera fila durante la asunción de Trump, gozaron en 2025 de un ahorro fiscal colectivo de 51.000 millones de dólares gracias a lo que el presidente estadounidense llamó la “Gran y Hermosa Ley”, la misma ley que en julio pasado dejó sin cupones de alimentos a decenas de miles de ciudadanos que viven en la indigencia. Para más detalles, esto significa que después de que esas grandes corporaciones hubieran obtenido en conjunto nada más y nada menos que 315.000 millones de dólares en ganancias en Estados Unidos, acabaron pagando apenas el 4,9% de esa cantidad en impuestos federales sobre la renta corporativa; Tesla, como alumno privilegiado, no pagó ni siquiera un solo dólar. Algunos se preguntan si esto tendrá algo que ver con que Elon Musk aportó 260 millones a la campaña del republicano. En cualquier caso, lo cierto es que sin esta ley habrían tributado al tipo impositivo federal completo del 21%, al que llegaron desde el 35% que pagaron hasta 2017, beneficio también conseguido de la mano de Trump en su primer mandato.

David Remnick, redactor de “The New Yorker”, ironizando con el lema del “Post” “La democracia muere en la oscuridad”, tituló su artículo sobre el asunto “La democracia muere a plena luz del día”. En él, además de expresar su tristeza por la caída de un coloso del periodismo para el que él mismo trabajó durante 10 años, establece una clara conexión entre los despidos masivos, el afán de congraciarse con el presidente eliminando la crítica y el suculento recorte impositivo como moneda de cambio. Y agrega entre los detalles de esta relación cortesana, uno significativo: Amazon MGM Studios, con una inusitada generosidad, fue el que puso los 75 millones de dólares que costó el documental “Melania”, dedicado a la esposa de Trump. De ese total, el caché de la primera dama fue de “apenas” 28 millones. Según datos de taquilla, Bezos no llegó a recuperar ni siquiera el 25% de aquella inversión, algo que no pareció molestarle en absoluto.

Una pieza pequeña

A partir de aquí, hay un par de preguntas que todos podríamos hacernos. La primera: ¿Qué puede importar el periodismo en este contexto de poder descontrolado, dinero en abundancia y compensación de favores en volúmenes inimaginables para un ciudadano común? Remnick ha intentado contestarla con un ejemplo comparativo y abrumador: el dueño de Amazon pagó por el periódico 250 millones de dólares en el lejano 2013, exactamente la mitad de lo que le ha costado su súper yate Koru, al que acompaña en sus travesías otro más pequeño, Abeona, valorado en 75 millones, con helipuerto y dependencias para el personal de servicio. Así, “The Washington Post”, a pesar de su antiguo prestigio, no es sino una de las piezas más pequeñas en el patrimonio del señor Bezos, pieza a la que necesita poco o nada por sus negocios más lucrativos. La segunda va más allá y quizás es más dolorosa por su carga vocacional: si este puñado de personas se ocupa de la información que llega a los hogares de nuestro planeta y en base a ella se toman decisiones individuales o colectivas, ¿podremos decir que es una aspiración sensata aquella que nos lleva a los periodistas a querer contar la verdad? A diferencia de la anterior, esta última pregunta aún espera una respuesta.

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