Un pedacito de Bolivia en Tucumán: así se vive en la colectividad de Lules el sueño del Mundial
A horas del duelo histórico contra Irak, la comunidad boliviana de San Isidro de Lules transforma su predio en un estadio virtual. Historias de arraigo, el recuerdo del '94 y la ilusión de una nueva generación que no se aleja de sus raíces.
MOTIVADOS. Los jóvenes que juegan en el predio de la colectividad viven intensamente la previa de la final contra Irak. FOTOS Osvaldo Ripoll

En las afueras de San Isidro de Lules, entre las dos trazas de la Ruta 38, existe un terreno de casi tres hectáreas que funciona casi como un portal. Al pasar el portón del predio del Centro de Colectividad Eduardo Abaroa, el paisaje tucumano se tiñe de los colores de la bandera boliviana. No es sólo un club deportivo; es el epicentro de una cultura que, tras 32 años de espera, siente que tiene una cita impostergable con la historia: el repechaje mundialista de Bolivia contra Irak.
El aire en el recinto está cargado de una mezcla de aromas y ansiedad. Mientras en las ollas quedan las últimas porciones de picante de pollo y chicharrón, en las canchas el grito de gol de los más chicos funciona como un ensayo general para lo que vendrá este martes. Frente a Irak no es sólo un partido de fútbol. Es la recompensa a décadas de resistencia cultural y arraigo lejos de su tierra, un presente que solo se explica hurgando en el barro y el sacrificio de aquellos fundadores que soñaron con este refugio.
Más que tres hectáreas
Mario Chincha, actual presidente de la institución, habla con orgullo de lo que significa ese terreno. No es para menos: el centro lleva más de 30 años de vida institucional y cuenta con personería jurídica, un logro que simboliza la integración y el orden de una comunidad trabajadora.
“Esto nació hace mucho tiempo. Los primeros inmigrantes oriundos de Bolivia tuvieron un proyecto: recaudar fondos para comprar un predio que fuera de contención para la familia”, recuerda Mario.
Hoy, ese sueño es una realidad palpable de tres hectáreas donde no sólo se juega al fútbol, sino donde se celebra la identidad. En Lules, se calcula que viven entre 700 y 800 nativos bolivianos, pero el número se multiplica (llega a los 1.800) cuando se suma a los hijos y nietos argentinos que mantienen vivo el legado.
La herencia en la sangre
El fútbol en la colectividad no es únicamente un domingo de esparcimiento; es una escuela de vida. David Garnica, secretario de deportes y oriundo de Tupiza, contempla las canchas donde juegan los veteranos y los jóvenes. Para él, el club es un semillero de talentos que ya está dando sus frutos más dulces.
SEMILLERO. Los jóvenes de la comunidad sueñan con emular a Braian Mamaní, que hizo sus primeros pasos en el predio y llegó a la selección Sub-17 de Bolivia.
Uno de los nombres que más suena entre los socios es el de Braian Mamaní. El chico, como tantos otros, nació en Tucumán y empezó pateando la pelota en los campeonatos infantiles en las canchas de la colectividad. Gracias a su talento, continuó su carrera en las divisiones formativas de Atlético Tucumán, y llegó a la selección Sub-17 de Bolivia. Hoy, con 19 años, se encuentra a préstamo en Oriente Petrolero. “Él jugaba acá desde chiquito, como ese nene que ves allá”, señala David con emoción, imaginando el futuro de cada uno de esos chicos.
El recuerdo del ‘94 y la melena del "Diablo"
Para cualquier boliviano, el año 1994 es una cifra sagrada. Fue la última vez que la selección llegó a la máxima cita del fútbol mundial en Estados Unidos. Ese recuerdo, grabado a fuego, es el que hoy motoriza la ansiedad de los más grandes.
David Garnica recuerda que, a sus 10 años, el ídolo absoluto era Marco Antonio “Diablo” Etcheverry. “Todos los chicos nos hacíamos crecer la melena y queríamos ser como él”, confiesa entre risas. Hoy, esos niños son los padres que intentan explicarles a sus hijos qué se siente estar en un Mundial.
COMIDA Y CULTURA. Las mujeres de la colectividad organizaron el almuerzo con platos típicos.
Olga Yelmo, hija de Alfredo Yelmo, uno de los fundadores de la entidad y nacida en Argentina, relata cómo la música de Los Kjarkas que suena mientras habla marcaba el ritmo de aquella gesta. Ahora, son sus propios hijos, de 18, 16 y 13 años, quienes la bombardean a preguntas: “Mamá, ¿cómo fue la última vez que participamos?”. La emoción de Olga es el reflejo de una generación: “Es indescriptible. Ver a mi papá tan emocionado en aquel momento y ver a mis hijos igual ahora... Es un sentimiento que nos une a todos”.
Esa alegría, sin embargo, ya no es exclusiva de los integrantes de la comunidad. Olga destaca la calidez de la integración en Tucumán: “La gente, los vecinos y los amigos también están muy contentos de que nuestro país esté ahí participando, todos nos desean suerte”.
Pantalla gigante y el corazón en México
El partido contra Irak no es un evento más. Es la culminación de un camino de sufrimiento y resiliencia. Juan Mendoza, también potosino y jugador del equipo de veteranos “Bolívar”, resume el sentir de los hinchas: “Después de 32 años, llegar a un repechaje es algo increíble. Todos estamos apoyando con todo”.
En las primeras horas del miércoles (el duelo decisivo, que se jugará en el estadio de Monterrey de México, arranca a las 0), el club Eduardo Abaroa se transformará en una sucursal del estadio. Ya está asegurada la presencia de una pantalla gigante y la invitación está abierta para que todos los compatriotas, de Lules y de cualquier punto de la provincia, se acerquen a compartir un momento único.
UN PORTAL. Entrar al Complejo Eduardo Abaroa se siente como un viaje a su tierra para los bolivianos.
Un futuro que se escribe en la cancha
El fútbol, la comida, la música y las reuniones de los domingos son las herramientas con las que esta comunidad resiste.
Cuando la pelota comience a rodar, en Lules no habrá solamente 11 jugadores en la pantalla. Habrán miles de historias de inmigración, de padres que cruzaron la frontera con una valija llena de sueños y de hijos que hoy, con tonada tucumana pero corazón boliviano, gritan los goles de una selección que busca volver al lugar que se había acostumbrado a mirar desde lejos.
Si Bolivia clasifica, el festejo en San Isidro de Lules será inolvidable. Pero pase lo que pase, el triunfo ya es de ellos: han logrado que, a cientos de kilómetros de Potosí, Sucre o La Paz, la cultura boliviana siga siendo un fuego que nadie puede apagar.







