MEMORIA. Augusto usó esta camiseta en un inolvidable viaje junto a su padre. FOTO Gonzalo Vera

Cuando juega San Martín, en las tribunas de La Ciudadela, el rojo y el blanco no son solamente colores. Son una gama infinita que va desde el rojo fuerte de la temporada actual hasta ese bordó gastado, casi rosado, de las telas que han aguantado décadas de sol y transpiración. Detrás de ese algodón se guardan miles de historias. En La Ciudadela, usar una camiseta vieja no es una decisión solo estética, sino un acto de memoria y, muchas veces, un homenaje a los que ya no están.
Uniendo generaciones
Para muchos, abrir el cajón y elegir la camiseta para el domingo es un ritual de conexión familiar. Juan Pablo Silva camina por el playón del estadio con una prenda que tiene 24 años. Es un regalo de cumpleaños de su padre y tiene una particularidad que la hace única: una foto de su hijo recién nacido estampada en la espalda. “Mi hijo ya tiene 23 años. Mi viejo estuvo en la dirigencia en la época del ingeniero Natalio Mirkin; esta camiseta ha estado guardada 17 años y hoy decidí sacarla”, cuenta. Para él, la tela es el puente entre tres generaciones: el abuelo dirigente, el padre que la conserva y el hijo que hoy juega al hockey en el club y, aunque en esta ocasión no lo acompañó en persona, sigue presente en ese estampado.
GENERACIONES. La familia Silva y una prenda que une a hijo, padre y abuelo.
Esa carga emocional se repite en cada rincón. Augusto Calderón luce un modelo de 1994/95 y es dueño de una precisión envidiable para los datos: “La compré para la semifinal en Rafaela. Esa tarde hacía mucho frío y nos habían expulsado tres jugadores. Fui con mi viejo, que ya no está conmigo”, recuerda. “Era mi primer viaje viendo a San Martín; después perdimos la final contra Colón, pero viajar con mi papá fue inolvidable y por eso tiene su parte emotiva”, agrega.
Tragedia doméstica
Pero no todas las historias son de conservación perfecta. Entre los hinchas circulan anécdotas que harían llorar a cualquier coleccionista. Roberto y Esteban Martínez padre e hijo, relatan entre risas -y algo de dolor- la desaparición de una “joya” verde: “Mi vieja me tiró la verde fluorescente de Refinor. Estaba guardada hace mucho; de repente la empecé a buscar y ella se empezó a hacer la distraída: ‘¿Cuál? ¿No sé dónde estará?’. Y ya está, la perdí”. Ahora, se conforman con rotar las de Lotto o Topper según el ánimo o la importancia del partido, y guardan bajo siete llaves otro de los diseños verdes: el de la marca Reusch.
La “cábala” es el otro gran motor. Fernando y su novia se acercan a la tienda del cub en la zona de plateas, portando la titular de 2006, el año del ascenso a la B Nacional. “Hoy es cábala, tenemos que ganar”, suelta con seguridad, y, supersticioso, señala que el hecho de que este año haya vuelto el color amarillo a las mangas es un buen augurio. Él, como la mayoría, coincide en una regla de oro: estas prendas no son para el día a día. Son uniformes sagrados. “Se usa solo para venir a la cancha. No es para uso diario”, sentencia Fabio Herrera, quien custodia una casaca de hace 25 años y tiene claro qué le pediría a los nuevos diseños: “Yo prefiero lo tradicional, las franjas anchas, siempre en esa línea”.
EN LAS MALAS. A pesar del descenso, la alternativa de 2001 sigue vigente. FOTO Osvaldo Ripoll
En esa misma sintonía aparece Sergio Medina, que lleva una versión del año 2001 a la que cuida como si fuera de cristal. “Se la maneja con pinzas”, dice, y aunque reconoce que aquella época no fue la mejor en lo deportivo, asegura que la mística de la “pilcha” trasciende los resultados. Sobre el deseo para cuando salga la nueva indumentaria, Sergio se ilusiona: “Los diseños vienen bien; sería lindo que la nueva sea similar a esta”.
Un homenaje en vida
Incluso cuando la camiseta original está a salvo, el hincha busca la forma de llevar la historia encima. Nahuel Scimé luce el histórico modelo de 1992, pero aclara que la verdadera, la que usaba su padre el “Bomba” cuando jugaba en el club, está bajo llave: “La de él la tiene encuadrada, es una reliquia que no se saca para nada. Yo uso esta como un homenaje”.
HISTÓRICA. Nahuel Scimé luce el modelo que usaba su padre en 1992. FOTO Gonzalo Vera
Al final del partido, cuando la marea roja abandona Bolívar y Pellegrini, estas camisetas vuelven a sus cajones o a sus perchas especiales. No importa si están quemadas por algún cigarrillo o si la publicidad de “Cerveza Norte” o “Lotería de Tucumán” ya es apenas una sombra. Mientras haya un hincha que las vista, el pasado de San Martín seguirá jugando todos los domingos.







