10 Julio 2002 Seguir en 
El anticipo de las elecciones tiene aristas positivas y negativas. Entre las primeras, se destaca el hecho de que era necesario anticipar el tiempo de recambio porque el formato que menos le conviene al país, en estas circunstancias tan críticas, es el de gobierno de transición. Necesita que se tomen decisiones, por lo menos, en función de una administración que tenga el respaldo de la legitimidad que sólo otorga la democracia de los votos.
Entre las aristas negativas aparece que el tiempo de transición hasta la entrega del gobierno es demasiado largo. Al ritmo de la crisis social y económica que vive el país, no creo que admita una entrega de poder diferida a 11 meses.
Más pobreza
En tan sólo los seis últimos meses, vimos crecer la pobreza en 10%, lo que equivale a 3,6 millones de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza, y 1,5 millón más bajo la línea de la indigencia, es decir con problemas de alimentación.
El desempleo abierto pasó del 16% a más del 22%. La caída del PBI proyectada en el primer semestre es del 15%.
El ingreso per cápita anual de los argentinos pasó de U$S7.700 dólares a menos de U$S2.100 en el último registro de junio.
Estas cifras de los primeros seis meses van a reproducirse en la segunda parte del año, porque no se observa todavía dinamismo productivo capaz de motorizar un crecimiento importante. Por esto, será difícil transitar a este ritmo de decadencia y profundización de la crisis los 11 meses de transición.
Todos los estudios de opinión marcan que persiste la intención de voto-bronca, a través del abstencionismo, del voto impugnado y del voto en blanco, como forma de manifestación, pero con una tendencia decreciente sobre los niveles de octubre pasado.
Esto, quizás, es un análisis crítico que hace la gente sobre el resultado que dio el voto-bronca ocho meses atrás, que no fue muy satisfactorio.
Por otra parte, los niveles de legitimidad del futuro gobierno van a estar dados por esta fragmentación electoral que se presenta en la Argentina.
Sin el 15%
En los últimos sondeos no se asigna a ningún candidato más del 15% de intención de voto, y esto, que en principio habla de una situación electoral inédita, a la larga va a tener también como resultado la legitimización electoral de menor intensidad que haya conocido el país.
En cuanto a la decisión de no votar, o de emitir votos no válidos, me parece que va a disminuir a medida que la ciudadanía analice la falta de eficacia de este método para corregir el comportamiento de la clase política.
Lamentablemente la utilización de la clientela política como recurso para conseguir consenso electoral sigue vigente en la Argentina. Por eso es que, a pesar de la menor disponibilidad de recursos, la demanda de los sectores más postergados continuará. La eliminación de este vicio no sólo requiere enunciados retóricos sino una reforma política y económica muy profunda y eficaz, que todavía está pendiente.
Entre las aristas negativas aparece que el tiempo de transición hasta la entrega del gobierno es demasiado largo. Al ritmo de la crisis social y económica que vive el país, no creo que admita una entrega de poder diferida a 11 meses.
Más pobreza
En tan sólo los seis últimos meses, vimos crecer la pobreza en 10%, lo que equivale a 3,6 millones de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza, y 1,5 millón más bajo la línea de la indigencia, es decir con problemas de alimentación.
El desempleo abierto pasó del 16% a más del 22%. La caída del PBI proyectada en el primer semestre es del 15%.
El ingreso per cápita anual de los argentinos pasó de U$S7.700 dólares a menos de U$S2.100 en el último registro de junio.
Estas cifras de los primeros seis meses van a reproducirse en la segunda parte del año, porque no se observa todavía dinamismo productivo capaz de motorizar un crecimiento importante. Por esto, será difícil transitar a este ritmo de decadencia y profundización de la crisis los 11 meses de transición.
Todos los estudios de opinión marcan que persiste la intención de voto-bronca, a través del abstencionismo, del voto impugnado y del voto en blanco, como forma de manifestación, pero con una tendencia decreciente sobre los niveles de octubre pasado.
Esto, quizás, es un análisis crítico que hace la gente sobre el resultado que dio el voto-bronca ocho meses atrás, que no fue muy satisfactorio.
Por otra parte, los niveles de legitimidad del futuro gobierno van a estar dados por esta fragmentación electoral que se presenta en la Argentina.
Sin el 15%
En los últimos sondeos no se asigna a ningún candidato más del 15% de intención de voto, y esto, que en principio habla de una situación electoral inédita, a la larga va a tener también como resultado la legitimización electoral de menor intensidad que haya conocido el país.
En cuanto a la decisión de no votar, o de emitir votos no válidos, me parece que va a disminuir a medida que la ciudadanía analice la falta de eficacia de este método para corregir el comportamiento de la clase política.
Lamentablemente la utilización de la clientela política como recurso para conseguir consenso electoral sigue vigente en la Argentina. Por eso es que, a pesar de la menor disponibilidad de recursos, la demanda de los sectores más postergados continuará. La eliminación de este vicio no sólo requiere enunciados retóricos sino una reforma política y económica muy profunda y eficaz, que todavía está pendiente.







