
El estado brasileño de San Pablo permite desde ayer el entierro de mascotas en sepulturas y panteones familiares. La medida fue establecida por una ley sancionada por el gobierno local que “reconoce el vínculo afectivo entre tutores y animales”, incluso después de la muerte.
La norma fue promulgada por el gobernador Tarcísio de Freitas y se inspira en el caso de Bob Coveiro, un perro que vivió durante una década en un cementerio municipal tras el fallecimiento de su dueña. Cuando el animal murió, las autoridades autorizaron su entierro junto a ella. Esa práctica, hasta ahora excepcional, se extiende desde ahora a todo el estado paulista.
Brasil cuenta con una de las mayores poblaciones de mascotas del mundo. Según datos del Instituto Pet Brasil, el país tiene cerca de 160 millones de animales, en su mayoría perros y gatos, lo que lo ubica en el tercer lugar a nivel global, detrás de China y Estados Unidos. Esa cifra supera ampliamente a la población de menores de 14 años, estimada en unos 40 millones.
En enero, San Pablo ya había aprobado otra ley vinculada al bienestar animal, al declarar de “interés cultural” al vira-lata Caramelo, un perro mestizo muy popular en el país, con el objetivo de combatir la discriminación hacia los animales sin raza definida.
El vínculo entre la sociedad brasileña y las mascotas cobró especial visibilidad en las últimas semanas tras el caso de Orelha, un perro asesinado por adolescentes en Florianópolis, un episodio que generó conmoción nacional y fue mencionado incluso por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.








