10 Julio 2002 Seguir en 
Pronunciada ante el presidente de la Nación y sus ministros, y ante las primeras autoridades de la Provincia, la homilía del arzobispo de Tucumán durante el Tedéum de ayer adquiere una especial significación, y merece por cierto un comentario reflexivo. La especial circunstancia que está viviendo la Argentina hace oportuno que sus autoridades, en la evocación de la fecha patria, escuchen una exposición sincera de la realidad y un intento de explicación de las situaciones que la ensombrecen.
El titular de la Arquidiócesis de Tucumán basó sus palabras en un tema sobre el cual viene insistiendo, desde tiempo atrás, la Iglesia Católica Argentina. Ella ha expresado reiteradamente que la crisis actual de la República es fundamentalmente de índole moral. Deriva de un alarmante alejamiento de la ética que se ha instalado desde hace mucho tiempo atrás en la vida nacional, y que alcanza a todos los sectores, desde la dirigencia en el más amplio sentido hasta el ciudadano común. "Tenemos que reconocer, con dolor, que ha habido un trastorno en la aceptación de los valores morales", afirmó el arzobispo.
Si bien recordó que para los cristianos esos valores son fundamentales, aclaró que alcanzan a la totalidad de los responsables de la sociedad, ya que la "decadencia moral" es una cuestión de todos. Ella "no se arregla con discursos ni con proclamas", sino poniendo los medios adecuados, en una actitud que debe partir "del ejemplo y del testimonio".Señaló que "la ruina de los pueblos no se produce por factores de orden material", ya que la crisis económica es sólo la consecuencia: "las naciones no mueren por ser pobres sino por ser inmorales". Advirtió que la inmoralidad no sólo tiene que ver "con el aborto, el homicidio, el adulterio, el robo", sino con "la empresa, el estudio profesional, el consultorio, los planes económicos, el comercio, los negocios y negociados, la coima, los impuestos, las declaraciones juradas, el ejercicio de la justicia, el desempleo, los honorarios, el alza de los precios, los cargos públicos". Afirmó que los mandamientos cristianos compendian "las exigencias éticas de los hombres de siempre".
Un extenso tramo de su alocución se dedicó a ejemplificar, como una de las "graves injusticias" que toleramos, la situación en que vive la mayoría de los niños argentinos, sobre quienes recaen los golpes más duros del drama presente. Las cifras de hambre, de mortandad, de desnutrición, de deserción escolar de estos menores, representan una "deuda social" para enjugar la cual "el país debe dedicar recursos suficientes y bien administrados". No puede negarse que los argumentos del prelado tocan una cuestión fundamental, que muchas veces queda disimulada bajo las urgencias de la coyuntura. El cambio que hoy pide a gritos la sociedad es justo y resultaría difícil no compartirlo. Pero hay que recordar que lo que debemos modificar no es solamente una cuestión de identidades o de partidos.
Se trata de algo mucho más hondo. Porque lo que resulta urgente instalar en la conciencia pública es una nueva manera de conducirse en la vida. Una manera mediante la que salga de su adormecimiento y empiece a operar efectivamente en la sociedad, esa noción ética cuyos postulados todos conocemos y compartimos, pero solamente en teoría.
La obligación no tiene excepciones. Porque lo que nos ocurre no es exclusiva culpa de los gobernantes, por grande que sea su proporción. Es una sociedad completa la que debe empezar a "dar testimonio de honradez, de sinceridad, de cumplimiento de la palabra, de respeto a los demás, de preocupación y solicitud por los más necesitados", según enumeró el arzobispo. Mientras no se logren esos cambios profundos, solamente actuaremos en la epidermis de los graves problemas que nos afligen hoy.
El titular de la Arquidiócesis de Tucumán basó sus palabras en un tema sobre el cual viene insistiendo, desde tiempo atrás, la Iglesia Católica Argentina. Ella ha expresado reiteradamente que la crisis actual de la República es fundamentalmente de índole moral. Deriva de un alarmante alejamiento de la ética que se ha instalado desde hace mucho tiempo atrás en la vida nacional, y que alcanza a todos los sectores, desde la dirigencia en el más amplio sentido hasta el ciudadano común. "Tenemos que reconocer, con dolor, que ha habido un trastorno en la aceptación de los valores morales", afirmó el arzobispo.
Si bien recordó que para los cristianos esos valores son fundamentales, aclaró que alcanzan a la totalidad de los responsables de la sociedad, ya que la "decadencia moral" es una cuestión de todos. Ella "no se arregla con discursos ni con proclamas", sino poniendo los medios adecuados, en una actitud que debe partir "del ejemplo y del testimonio".Señaló que "la ruina de los pueblos no se produce por factores de orden material", ya que la crisis económica es sólo la consecuencia: "las naciones no mueren por ser pobres sino por ser inmorales". Advirtió que la inmoralidad no sólo tiene que ver "con el aborto, el homicidio, el adulterio, el robo", sino con "la empresa, el estudio profesional, el consultorio, los planes económicos, el comercio, los negocios y negociados, la coima, los impuestos, las declaraciones juradas, el ejercicio de la justicia, el desempleo, los honorarios, el alza de los precios, los cargos públicos". Afirmó que los mandamientos cristianos compendian "las exigencias éticas de los hombres de siempre".
Un extenso tramo de su alocución se dedicó a ejemplificar, como una de las "graves injusticias" que toleramos, la situación en que vive la mayoría de los niños argentinos, sobre quienes recaen los golpes más duros del drama presente. Las cifras de hambre, de mortandad, de desnutrición, de deserción escolar de estos menores, representan una "deuda social" para enjugar la cual "el país debe dedicar recursos suficientes y bien administrados". No puede negarse que los argumentos del prelado tocan una cuestión fundamental, que muchas veces queda disimulada bajo las urgencias de la coyuntura. El cambio que hoy pide a gritos la sociedad es justo y resultaría difícil no compartirlo. Pero hay que recordar que lo que debemos modificar no es solamente una cuestión de identidades o de partidos.
Se trata de algo mucho más hondo. Porque lo que resulta urgente instalar en la conciencia pública es una nueva manera de conducirse en la vida. Una manera mediante la que salga de su adormecimiento y empiece a operar efectivamente en la sociedad, esa noción ética cuyos postulados todos conocemos y compartimos, pero solamente en teoría.
La obligación no tiene excepciones. Porque lo que nos ocurre no es exclusiva culpa de los gobernantes, por grande que sea su proporción. Es una sociedad completa la que debe empezar a "dar testimonio de honradez, de sinceridad, de cumplimiento de la palabra, de respeto a los demás, de preocupación y solicitud por los más necesitados", según enumeró el arzobispo. Mientras no se logren esos cambios profundos, solamente actuaremos en la epidermis de los graves problemas que nos afligen hoy.







