28 Abril 2005 Seguir en 
La medida de fuerza que desarrolla el personal no docente y parte de los docentes de la Universidad Nacional de Tucumán, es una cuestión cuyo impacto en la comunidad no puede dejarse de considerar.
En nuestra edición de ayer, dedicamos una extensa nota al asunto. Allí se registraban sobre todo las opiniones de alumnos, que son, en última instancia, los principales perjudicados.
Hay facultades en las que los estudiantes no pueden reinscribirse, lo que les hace problemático dar el próximo examen. En otras, se ven imposibilitados de consultar la biblioteca, con todos los inconvenientes que de ello se derivan. Los alumnos sostienen también, en algunas carreras, que la falta de clases determinará que, en las pruebas, se les exijan temas que no se dictaron oportunamente.
Eso muchas veces los obliga a acudir a profesores particulares, con el consiguiente gasto que tal variante ocasiona a la familia, y que muchas veces no se tiene posibilidades de afrontar.
El cierre de las oficinas administrativas sume al estudiantado, además, en un clima de incertidumbre, ya que no pueden realizar trámites, ni hacer averiguaciones. De más está decir -y lo mostraba elocuentemente una nota gráfica- que los edificios llevan tres semanas sin que se realicen las cotidianas tareas de limpieza y mantenimiento. Lo que se traduce en una desagradable suciedad que invade todas las instalaciones.
Como si fuera poco, existe la posibilidad de que los huelguistas se sumen a los paros programados a nivel nacional, para la semana próxima, por reivindicaciones salariales.
Los mismos son escalonados, y comenzarán el miércoles y el jueves, según se consignaba en nuestra nota. Existen, por otro lado, repercusiones muy negativas -y por cierto penosas- en la comunidad.
Una alumna de la carrera de Odontología calculaba que unas 250 personas por día quedan sin atención en los consultorios, como resultante del paro.
No es propósito de este comentario analizar los motivos de la medida que nos ocupa. Pero parece evidente la necesidad de llamar a una reflexión sobre la situación que el paro crea.
Desde todos los ángulos, se señala como algo prioritario el hecho de que la juventud se forme, para ponerse en condiciones de competir laboralmente en el mundo actual, cuyas exigencias en ese sentido son cada vez más rigurosas. Esta realidad hace que la interrupción del dictado de clases signifique un perjuicio de vastas proporciones.
Como decimos arriba, los principales afectados por la huelga son los estudiantes. Muchos de ellos están de acuerdo con la protesta de docentes y no docentes; pero la verdad es que se les crean situaciones difíciles, incómodas e injustas, y que se perjudica el normal desarrollo de los estudios que cursan.
Nos parece que, en estos momentos de la vida de la provincia, sería deseable encontrar otra manera de plantear reclamos, que no se traduzca en una complicación para el cursado de las carreras.
En todos los conflictos, sabemos que es posible, por medio del diálogo realista y de las concesiones recíprocas, llegar a alguna fórmula de acuerdo o, por lo menos, a un punto de partida para obtenerla pronto.
Es lo que debiera ocupar, pensamos, a las partes en pugna dentro del conflicto planteado en la UNT. A todos nos interesa que nuestra juventud pueda llevar a cabo, con normalidad, todas las instancias de su educación superior.
Se trata de caminos que, para muchas familias, representan un verdadero sacrificio, lo que no puede ser desatendido. Ojalá las autoridades y los gremios encuentren, rápidamente, la salida más adecuada para el conflicto.
En nuestra edición de ayer, dedicamos una extensa nota al asunto. Allí se registraban sobre todo las opiniones de alumnos, que son, en última instancia, los principales perjudicados.
Hay facultades en las que los estudiantes no pueden reinscribirse, lo que les hace problemático dar el próximo examen. En otras, se ven imposibilitados de consultar la biblioteca, con todos los inconvenientes que de ello se derivan. Los alumnos sostienen también, en algunas carreras, que la falta de clases determinará que, en las pruebas, se les exijan temas que no se dictaron oportunamente.
Eso muchas veces los obliga a acudir a profesores particulares, con el consiguiente gasto que tal variante ocasiona a la familia, y que muchas veces no se tiene posibilidades de afrontar.
El cierre de las oficinas administrativas sume al estudiantado, además, en un clima de incertidumbre, ya que no pueden realizar trámites, ni hacer averiguaciones. De más está decir -y lo mostraba elocuentemente una nota gráfica- que los edificios llevan tres semanas sin que se realicen las cotidianas tareas de limpieza y mantenimiento. Lo que se traduce en una desagradable suciedad que invade todas las instalaciones.
Como si fuera poco, existe la posibilidad de que los huelguistas se sumen a los paros programados a nivel nacional, para la semana próxima, por reivindicaciones salariales.
Los mismos son escalonados, y comenzarán el miércoles y el jueves, según se consignaba en nuestra nota. Existen, por otro lado, repercusiones muy negativas -y por cierto penosas- en la comunidad.
Una alumna de la carrera de Odontología calculaba que unas 250 personas por día quedan sin atención en los consultorios, como resultante del paro.
No es propósito de este comentario analizar los motivos de la medida que nos ocupa. Pero parece evidente la necesidad de llamar a una reflexión sobre la situación que el paro crea.
Desde todos los ángulos, se señala como algo prioritario el hecho de que la juventud se forme, para ponerse en condiciones de competir laboralmente en el mundo actual, cuyas exigencias en ese sentido son cada vez más rigurosas. Esta realidad hace que la interrupción del dictado de clases signifique un perjuicio de vastas proporciones.
Como decimos arriba, los principales afectados por la huelga son los estudiantes. Muchos de ellos están de acuerdo con la protesta de docentes y no docentes; pero la verdad es que se les crean situaciones difíciles, incómodas e injustas, y que se perjudica el normal desarrollo de los estudios que cursan.
Nos parece que, en estos momentos de la vida de la provincia, sería deseable encontrar otra manera de plantear reclamos, que no se traduzca en una complicación para el cursado de las carreras.
En todos los conflictos, sabemos que es posible, por medio del diálogo realista y de las concesiones recíprocas, llegar a alguna fórmula de acuerdo o, por lo menos, a un punto de partida para obtenerla pronto.
Es lo que debiera ocupar, pensamos, a las partes en pugna dentro del conflicto planteado en la UNT. A todos nos interesa que nuestra juventud pueda llevar a cabo, con normalidad, todas las instancias de su educación superior.
Se trata de caminos que, para muchas familias, representan un verdadero sacrificio, lo que no puede ser desatendido. Ojalá las autoridades y los gremios encuentren, rápidamente, la salida más adecuada para el conflicto.




