Las peligrosas motocicletas

La prudencia tiene relación con la preocupación de las autoridades.

26 Abril 2005
Como lo informamos ayer, el domingo hubo que lamentar un muerto y tres heridos en choques en los que intervinieron motocicletas. Uno ocurrió en la ruta 38, y los otros dos, en la avenida Aconquija. Tan penosos episodios hacen oportunas algunas reflexiones sobre esta particular cuestión, no por conocidas menos necesarias de reiteración. Sin que ello implique abrir juicio sobre las responsabilidades que pueden existir en los referidos percances, parece oportuno recordar una serie de riesgosas características que suelen enmarcar, en nuestra ciudad y en nuestra provincia, la circulación de motocicletas por calles y carreteras.
Bien se sabe que los referidos vehículos de dos ruedas -en sus diferentes variantes y potencias- son cada vez más abundantes entre nosotros. Quienes los tripulan, lamentablemente, no suelen observar las normas de la prudencia más elemental. Así -varias veces lo hemos criticado en nuestro comentario- el uso del casco es más bien la excepción que la norma: en la mayoría de los casos, el conductor no lo lleva en su cabeza, sino que cuelga del manubrio.
Además, con demasiada frecuencia el motociclista suele cargar niños -entre uno y tres- en su asiento. Ocioso es decir que cualquier frenada o maniobra brusca significará que esos menores caigan al pavimento, con las consecuencias trágicas que son de imaginar. Como si fuera poco, los motociclistas figuran -con los ciclistas- en primera línea dentro de los que ignoran las indicaciones de los semáforos. En calles o en rutas, la señal roja no significa nada para ellos y avanzan como si no existiera. A menudo, además, las motocicletas carecen de la iluminación trasera reglamentaria.
Si a esto le sumamos la excesiva velocidad, que también es habitual en los referidos vehículos, así como la costumbre de sus conductores de circular en peligrosos zigzags para adelantarse a los automotores, queda claro que el desplazamiento de las motocicletas dista de estar encuadrado dentro de las pautas de seguridad. No se tiene en cuenta como se debiera el hecho de que un vehículo de dos ruedas es por naturaleza inestable, lo que obligaría a conducirlo con el máximo de prudencia. Como tampoco que los accidentes de motocicletas son, por lo general, mortales o conllevan un saldo de muy graves heridas. De acuerdo con los cálculos, esos vehículos participan, en una alarmante proporción, en la estadística de los accidentes de tránsito. Nos parece que todo este cuadro, que describimos solamente en sus aspectos más superficiales, merece una inmediata atención por parte de las autoridades responsables del tránsito. No puede admitirse que los motociclistas se desplacen sin más pauta que su capricho, desdeñando las normas que debieran encuadrar la circulación de vehículos que, repetimos, encierran, por su estructura y sus características, posibilidades claramente riesgosas.
Pero sucede que, en Tucumán, la observancia de las normas de tránsito constituye un aspecto cada vez menos tenido en cuenta por el organismo cuyo deber es hacerlas cumplir. En esta columna, por ejemplo, nos hemos referido decenas de veces a tales cuestiones, sin que se advierta una modificación perceptible en hábitos irresponsables desgraciadamente arraigados por años de impunidad. Y así es como, a cada rato, la crónica policial nos informa sobre percances que acaso habrían podido evitarse.
La prudencia y la normalidad en el tránsito de cualquier centro urbano tienen relación directa con la preocupación con que sus autoridades cuidan el cumplimiento de las leyes y ordenanzas. Sería deseable, entonces, que asistiéramos a una modificación sustancial tanto en la conducta de los motociclistas como en la de los inspectores que deben controlarla.

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