BAJO LA TUTELA DE TRUMP. En Caracas están pendientes de las nuevas medidas que puede tomar EEUU. afp

Julio Burdman - Docente de Geopolítica en la Universidad de Buenos Aires
Con la intervención de Estados Unidos en Venezuela debutó el orden mundial multipolar. Más concretamente, la captura de Nicolás Maduro significó que el protagonista central de este modelo de mundo, que ya estaba en ciernes, lo aceptó como tal y comenzó a jugar con las nuevas reglas. Rusia y China, otros dos grandes protagonistas de la escena, ya venían impulsando esta comprensión de lo geopolítico desde comienzos del siglo XXI. A través de sus políticas externas, y de los discursos de sus líderes, rusos y chinos vienen diciendo que el orden de 1945 ya murió, la ilusión unipolar de 1990 también, y que en el mundo de hoy no hay hegemonías ni reglas universales que se impongan sobre ellos, que también son potencias políticas, económicas y militares de esta época. En el mundo multipolar, los grandes estados están obligados a convivir y respetarse mutuamente, y aceptar la pluralidad.
Este mundo de varios centros, o polos, no pone fin al conflicto geopolítico. La geopolítica, por definición, nunca cesa. En todo caso, lo que trae el nuevo modelo son otras lógicas y dinámicas al eterno conflicto de poder por el territorio. En principio, y aunque respeten su mutua existencia, las potencias del orden multipolar compiten entre sí; Estados Unidos y China están en una confrontación comercial abierta. Y a su vez, al no haber hegemonías mundiales pero sí proyección de poder, el resultado es el control exclusivo por parte de las potencias de sus propios vecindarios, sobre todo en términos de seguridad. Es un mundo de barrios, cuyos perímetros son fijados por los machos alfa de la política internacional.
Venezuela fue muy distinto a Ucrania. Detrás de aquella guerra devastadora hubo un debate sobre cómo funciona, o debe funcionar, el mundo. Estados Unidos y los países de la OTAN, liderados por Joe Biden, actuaron bajo las reglas de 1945 y 1991, y pretendieron imponer sus criterios en el vecindario de los rusos. Putin respondió con el código multipolar: en mi vecindario, y menos aún en mi frontera, no entra la OTAN y no se admiten gobiernos hostiles. Acá, en Eurasia, mando yo. En Venezuela, en cambio, nadie protestó contra la decisión trumpista.
Y en Ucrania, desde que Donald Trump llegó al poder por segunda vez, el cambio fue total. Estados Unidos dejó de fogonear la resistencia ucraniana sobre su vecindario, y de hecho exhortó a Volodímir Zelensky a que acepte la nueva realidad. Ese giro copernicano de Washington fue interpretado por el resto del mundo como un anticipo del nuevo rol que Estados Unidos iba a ejercer en su propio vecindario, que más que nunca es definido como el continente americano desde el Ártico hasta la Antártida. Y eso incluye a los estados díscolos del Caribe, a Groenlandia -que Trump reclama como perteneciente a su propia esfera de seguridad- y que no tardará en proyectarse a las Malvinas y otras islas argentinas del Atlántico Sur.
Esta noción geopolítica no es nueva, ya que la Doctrina Monroe cumplió 200 años. Pero lo cierto es que, en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, para Estados Unidos fue un aspecto secundario. Su ámbito de acción era el mundo en su totalidad, y su alianza privilegiada fue la que mantuvo, OTAN mediante, con los países de Europa occidental. Ése mundo ya no existe más, y de hecho Europa lucha por no convertirse en el jamón de un sándwich entre Trump y Vladimir Putin. El primero quiere sacar a los daneses de Groenlandia y el segundo a los europeos de Ucrania y, en el fondo, de todos los países de su frontera.
Sobre nuestro país, el impacto de esta nueva geopolítica es directo. Pero es muy distinto de lo que suponía la política exterior kirchnerista, que se ilusionaba con la mundialización del BRICS y una presencia benevolente de rusos y chinos en Latinoamérica. Todo lo contrario: lo que nos trae el mundo multipolar es una presencia mucho más intensa de Estados Unidos en nuestra región. Tal vez, la más intensa de toda la historia continental. Javier Milei fue pionero, y se convirtió en el mejor amigo de Trump en la región, y tal vez en el mundo. Eso lo coloca en un fuerte compromiso con el macho alfa de las Américas, y también en una posición privilegiada para pedir y proponer cosas a la Casa Blanca. Sin ir más lejos, hoy la Argentina podría incluso pedir el involucramiento de Estados Unidos en la Cuestión Malvinas, y proponer un nuevo modelo de soberanía en el Atlántico Sur: después de todo, la alianza entre Washington y Londres fue originada en un mundo que ya no existe más.
Multipolarismo
Naturalmente, este modelo de orden mundial no está exento de fricciones e incertidumbres. Chinos y rusos (e indios) tienen una dirigencia homogénea, que cree firmemente en el multipolarismo, pero en Estados Unidos hay elecciones presidenciales en 2028: ¿qué pasaría si vuelven los demócratas, que en el fondo siguen creyendo en el mundo de la hegemonía liberal? China es también una incógnita, porque defiende a rajatabla su exclusividad en el sudeste asiático, y quiere que Estados Unidos deje de tutelar en Taiwán, pero no disimula algunas pretensiones globalistas. El mutipolarismo es un modelo que solo puede funcionar si sus principales actores juegan según sus reglas: si alguno de los grandes se sale de ellas, volveremos a las conocidas escenas de la tensión bipolar.







