09 Julio 2002 Seguir en 
"En el verano de 1956 -durante el congreso Eranos en Ascona- el editor Kurt Wolff habló por vez primera con amigos de Zurich de su deseo de publicar una biografía de Carl Gustav Jung en la editorial Pantheon de Nueva York. La doctora Jolande Jacobi, una colaboradora de C. G. Jung, propuso que se me encargara a mí tal biografía.
Todos comprendían que no se trataba de una empresa fácil, pues era conocida la aversión de Jung a dar a la publicidad su vida. Así, pues, Jung accedió sólo tras largas vacilaciones, y me concedió una tarde semanal para el trabajo en común. Era mucho si se considera su recargado plan de trabajo y su estado de salud debido a la edad.
Comenzamos en la primavera de 1957. Kurt Wolff me había presentado su proyecto de que el libro no fuera una biografía sino una autobiografía: sería el mismo Jung quien hablaría.
Esto determinó el plan general de la obra y mi primera tarea consistió exclusivamente en plantear preguntas y anotar las respuestas de Jung. Pese a que al principio se mostró algo reservado y vacilante, pronto se puso a narrar, con creciente interés sobre sí mismo, su evolución, sus sueños y sus pensamientos.
La buena disposición de Jung para el trabajo en común condujo, a fines de 1957, a realizar un paso decisivo. Tras una fase de inquietud, fluyeron imágenes de su infancia, olvidadas desde hacía mucho tiempo. Jung sospechaba su relación con las ideas de su obra de madurez, sin embargo, no podía aún concebirlo con claridad. Una mañana me participó que él mismo quería escribir sobre su infancia, de la que me había ya contado muchas cosas, pero naturalmente, no todo.
La decisión resultó tan satisfactoria como inesperada, pues yo sabía cuánto fatigaba a Jung el escribir, y que no emprendería una labor de esta clase sin sentirla interiormente como una misión. Así pues, su propósito me pareció confirmar que en su fuero interno aprobada su autobiografía.
Poco tiempo después de esta decisión anoté sus palabras: ?Un libro mío es siempre obra del destino. Existe en ello siempre algo imposible de prever, y yo no puedo prescribirme o proponerme nada. Así también la autobiografía toma ya ahora un camino distinto al que en un principio supuse. El que yo redacte mis antiguos recuerdos es una necesidad. Si lo abandono un solo día, se manifiestan inmediatamente desagradables síntomas físicos. Tan pronto como vuelvo a trabajar en ello, desaparecen, y recupero la claridad mental?.
En abril de 1958 Jung finalizó los tres capítulos sobre la infancia, la época escolar y los años de estudios universitarios. El los tituló De acontecimientos iniciales de mi vida. Se cierran con el fin de los estudios de medicina en el año 1900.
Sin embargo, esta no fue la única aportación que Jung proporcionó al libro. En enero de 1959 Jung estaba en su casa de campo de Bollingen. Dedicaba toda las mañanas a la lectura de los capítulos de nuestro libro que ínterin iban redactándose. Cuando me devolvió el capítulo Sobre la vida después de la muerte, dijo: ?Hay algo que me inquieta. Se ha formado un desnivel y debo escribir?. Así surgió el capítulo Ultimos pensamientos en el que se exponen sus pensamientos más profundos, aunque quizás también los más extraños".
Todos comprendían que no se trataba de una empresa fácil, pues era conocida la aversión de Jung a dar a la publicidad su vida. Así, pues, Jung accedió sólo tras largas vacilaciones, y me concedió una tarde semanal para el trabajo en común. Era mucho si se considera su recargado plan de trabajo y su estado de salud debido a la edad.
Comenzamos en la primavera de 1957. Kurt Wolff me había presentado su proyecto de que el libro no fuera una biografía sino una autobiografía: sería el mismo Jung quien hablaría.
Esto determinó el plan general de la obra y mi primera tarea consistió exclusivamente en plantear preguntas y anotar las respuestas de Jung. Pese a que al principio se mostró algo reservado y vacilante, pronto se puso a narrar, con creciente interés sobre sí mismo, su evolución, sus sueños y sus pensamientos.
La buena disposición de Jung para el trabajo en común condujo, a fines de 1957, a realizar un paso decisivo. Tras una fase de inquietud, fluyeron imágenes de su infancia, olvidadas desde hacía mucho tiempo. Jung sospechaba su relación con las ideas de su obra de madurez, sin embargo, no podía aún concebirlo con claridad. Una mañana me participó que él mismo quería escribir sobre su infancia, de la que me había ya contado muchas cosas, pero naturalmente, no todo.
La decisión resultó tan satisfactoria como inesperada, pues yo sabía cuánto fatigaba a Jung el escribir, y que no emprendería una labor de esta clase sin sentirla interiormente como una misión. Así pues, su propósito me pareció confirmar que en su fuero interno aprobada su autobiografía.
Poco tiempo después de esta decisión anoté sus palabras: ?Un libro mío es siempre obra del destino. Existe en ello siempre algo imposible de prever, y yo no puedo prescribirme o proponerme nada. Así también la autobiografía toma ya ahora un camino distinto al que en un principio supuse. El que yo redacte mis antiguos recuerdos es una necesidad. Si lo abandono un solo día, se manifiestan inmediatamente desagradables síntomas físicos. Tan pronto como vuelvo a trabajar en ello, desaparecen, y recupero la claridad mental?.
En abril de 1958 Jung finalizó los tres capítulos sobre la infancia, la época escolar y los años de estudios universitarios. El los tituló De acontecimientos iniciales de mi vida. Se cierran con el fin de los estudios de medicina en el año 1900.
Sin embargo, esta no fue la única aportación que Jung proporcionó al libro. En enero de 1959 Jung estaba en su casa de campo de Bollingen. Dedicaba toda las mañanas a la lectura de los capítulos de nuestro libro que ínterin iban redactándose. Cuando me devolvió el capítulo Sobre la vida después de la muerte, dijo: ?Hay algo que me inquieta. Se ha formado un desnivel y debo escribir?. Así surgió el capítulo Ultimos pensamientos en el que se exponen sus pensamientos más profundos, aunque quizás también los más extraños".







