Día de la Patria

Una herencia moral que obliga a los argentinos a llevarla a la práctica.

09 Julio 2002
El 186 aniversario de la Independencia Nacional, que se celebra hoy, encuentra al país en un estado de crisis que, según pensamos todos, carece de precedentes en nuestra historia, próxima o remota. No es inoportuno recordar que, si bien se mira, un clima bastante similar -guardando distancias y épocas- rodeaba a aquella histórica declaración del 9 de julio de 1816, pronunciada en Tucumán.
Porque en esos momentos la revolución independentista parecía vencida en toda América y el contragolpe del monarca español parecía inminente. Si es verdad que la llama libertaria solamente se mantenía dificultosamente en la actual Argentina, también es verdad que estaba jaqueada por disensiones internas de todo tipo y por grandes penurias económicas. La más superficial lectura de las actas de aquella asamblea así lo demuestra.
Hubo, entonces, no solamente visión de futuro sino también mucho coraje, en la sustancia de la decisión adoptada en Tucumán. Quienes la resolvieron, en nombre de todas las provincias, no obraron irresponsablemente. Tenían perfecta conciencia de las amenazas y de los peligros, y fue poniéndose por encima de ellos que expresaron el inmortal pronunciamiento. Por eso habremos de recordar siempre tal acontecimiento: como dice Nicolás Avellaneda, el 9 de julio permanecerá en nuestra memoria agradecida venciendo "la indiferencia de los tiempos y el olvido de las gentes que se agrupan y precipitan a través de las edades".
En un pueblo maduro, las grandes fechas de la patria deben tener un sentido especial. Cuando se las conmemora, ha de buscarse que el pasado se integre con el futuro y que se afiance un propósito común, amasado con la experiencia y con los anhelos legítimos de la sociedad. De allí que cada nuevo aniversario pueda y deba servir para un autoexamen, donde cada ciudadano se pregunte qué es lo que puede hacer por su patria, y se disponga a cumplir la consiguiente responsabilidad.
Conviene en nuestra época, como en ninguna de la historia nacional, encender en el espíritu público la llama del patriotismo, pero del verdaderamente digno de tal nombre. De ese patriotismo que no es, como podría pensarse superficialmente, una devoción ritual a los símbolos representativos de la nacionalidad, sino una inteligente comprensión de los deberes que a cada individuo impone la historia, al entregarle, para su perfeccionamiento, ese patrimonio moral de decisiones, actitudes y sacrificios que las generaciones anteriores fueron atesorando.
Ponerse en el pecho la escarapela nacional, y luego, en la vida diaria, actuar sin espíritu de sacrificio y sin vocación de mejoramiento colectivo, no es el patrimonio que sustenta la letra del Himno Nacional. Izar la bandera sobre un techo donde no haya argentinos capaces de sacrificarse por su país, es ignorar o destruir la visión de aquellos fundadores que, el 9 de julio de 1816, creyeron sinceramente haber creado algo nuevo para presentarlo al concierto de las naciones.
El patriotismo ha de ser, por sobre todo, una humanitaria religión. En efecto, es el sentimiento que agrupa a los individuos para formar, con cada nacionalidad, un individuo de esa sociedad universal que no reconoce fronteras. Es una forma colectiva de ese deber de mejoramiento y de esa ética de verdad y de justicia que en cada ser humano se llama el sentido moral. Es, finalmente, la conciencia que se debe tener de lo que pasó para mejorarlo en el presente y hacerlo fructificar en el porvenir de una sociedad argentina, que sólo será respetable y justa en la medida en que nos comprometamos a lograrla.
En ese sentido, el patriotismo no puede constituir sino un eterno incentivo de la tolerancia, un real respeto por la libertad, una perenne llamada al entendimiento y a la concordia. Conviene tenerlo presente.

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