La miseria de la política

La corrupción, a costa del hambre de los pobres.

08 Julio 2002
Por Alvaro José Aurane

"La de América Latina es una corrupción que podría calificarse de honesta", ironizó ácidamente Julia Preston. Tras escuchar la experiencia de quince reporteros de todo el mundo, en el seminario de periodismo de investigación que dictó hace dos años, la profesional del "The New York Times", ganadora del Pulitzer en 1999, argumentó su humorada. "Es una corrupción que siempre se encuentra debidamente documentada", sostuvo.
Tucumán, en este sardónico sentido, no podrá negar jamás su identidad latinoamericana.
La denuncia del desvío de fondos sociales para pagar a punteros y financiar estructuras políticas del oficialismo vendría a ser otro ejemplo de una corrupción tan sincera que no pueden caber dudas sobre ella.
El diputado Ricardo Bussi y el abogado Carlos Canevaro aportaron al fiscal anticorrupción Esteban Jerez más de 2.000 fojas en expedientes de rendiciones de gastos. Los consideran inválidos en la mayoría de los casos. Provienen de la Secretaría de Desarrollo Humano y son un festival de irregularidades. Supuestas, claro está.

Abundar en ausencias
La falta de cotejos de precios es directamente proporcional al número de compras directas de mercadería. Alimentos que, además, no se sabe a dónde fueron, porque no está documentado su posterior reparto.
Hay un auto que, de una sola vez, cargó 479 litros de combustible.
Hay asistencia para personas de bajos recursos entregadas a quienes no presentaron ni carta de pobreza ni nota pidiendo el beneficio. A contrapelo, hay funcionarios y hasta ediles cobrando subsidios.
Se compraron $8.000 en leche en polvo con plata de un plan para atender a víctimas de la violencia familiar.
Un grupo importante de beneficiarios aparece, como figurita repetida, cobrando en diferentes programas.
Con fondos para los más necesitados se pagaron facturas de luz de dependencias oficiales, lo que mueve a preguntar qué hacen las secretarías de Estado con sus gastos de funcionamiento.
Hay compras de medicamentos por $12.000 a una sola farmacia. Y como los centenares de facturas que se emitieron hasta cubrir ese monto tienen números consecutivos, hay que concluir que, por ejemplo, en todo junio de 2000, esa firma sólo le vendió remedios a la Secretaría de Desarrollo Humano. No hay recetas que las acompañen. Ni siquiera hay notas de pedido. Menos aún, recibos de entrega a particulares.
Lo mismo ocurre con casi $10.000 en servicios fúnebres a los que no se adjuntaron certificados de defunción.
Como agravante, estos casos sólo corresponden a un mes: marzo, abril, octubre o noviembre de 2000, según el emprendimiento. La presunción de que esto pudo haber sido una constante es pavorosamente legítima.

Mala moneda
La otra cara del desvío (hasta aquí, siempre supuesto) de los fondos sociales es el rostro de quienes sí debían haberlos recibido. Y se quedaron con las ganas. Y con el hambre. La ayuda económica "por única vez" para los pobladores del barrio Los Fresnos fue para cualquiera, menos para los vecinos de ese lugar.
La plata del plan de conservas y dulces artesanales de Aguilares no le llegó a un solo habitante de esa ciudad asolada por la desocupación. El dinero para los tucumanos que viven en zonas de alta montaña se quedó en el llano. Era para comprar "abrigo y calzado" y para "mejorar la calidad de vida" de esos comprovincianos.
Con argumentos como aquel, se crearon los subprogramas en Desarrollo Humano, a donde mes a mes iba a parar el 30% del dinero que mandaba la Nación para Políticas Sociales Comunitarias (Posoco). Así lo dispuso un decreto del gobernador Julio Miranda, cuando el secretario del área era el actual ministro de Gobierno, Fernando Juri. Los fondos totalizan unos $4 millones, según las estimaciones de la denuncia republicana.
Los papeles aportados, dijeron Bussi y Canevaro, dormían en el Tribunal de Cuentas. El mismo que no llevó registros ni auditó los $108,7 millones de Aportes del Tesoro Nacional que llegaron entre 1990 y 2001.
Por más ironía que se busque, la corrupción local no tiene visos de honestidad, sin importar lo "debidamente documentada" que esté. Porque su origen es quitar el pan de la boca al que menos tiene. Lo cual no configura una política de la miseria, sino la miseria misma de la política.

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