Ruido y clima de los boliches

La queja de los vecinos van dirigida a la música estridente, los gritos, la higiene y la seguridad.

18 Abril 2005
Con gran frecuencia, nuestra información registra los problemas que genera, al vecindario, la actividad de los locales de recreo nocturno de la juventud en esta ciudad. Como es lógico, la queja principal viene de quienes habitan en las inmediaciones de tales establecimientos. El estrépito de la música, que se emite hasta más allá de la salida del sol, se señala como el inconveniente más notorio. Pero dista de ser el único.
El vecindario se queja también por los gritos y las carcajadas que retumban en la noche; por la vociferación airada de las grescas a la salida; por los escapes libres de los autos y de las motocicletas de los parroquianos. Y, además, por el clima inquietante que se instala en la zona. Las puertas de entrada a las casas o edificios de departamentos se convierten en mingitorios, cuando no están bloqueadas por jóvenes muchas veces alcoholizados y agresivos.
Hay que decir que tal estado de cosas -descripto hasta el cansancio en nuestras cartas de lectores- dista de haber recibido, por parte de las autoridades, una solución integral. De vez en cuando, se sabe que algún local se clausura por los ruidos molestos; como también se sabe que a menudo reabre a los pocos días, sin que se advierta mayor diferencia en el volumen de la música que emitía. Y por cierto que no se perciben cambios en cuanto al ambiente creado en torno de esos negocios, y cuyas características apuntamos en el párrafo anterior.
Todo ello está mostrando la necesidad de que se adopten medidas realmente eficaces para encarar el asunto. Ellas no pueden sino resumirse en la fijación de una política respecto de los establecimientos de diversión nocturna juvenil. Política que debe establecerse en un conjunto de normas lo suficientemente claras e inequívocas para que no admitan dos interpretaciones.Y unida, claro está, a la acción del Estado para hacer que las estipulaciones sean cumplidas por todos y en todos los casos.
Parte de la política debe referirse, como es obvio, a la seguridad, tema clave desde el dramático suceso en el barrio porteño del Once. Pero forzosamente, también, debe establecer en qué lugares de esta capital pueden abrirse bares y boliches, y en cuáles ello no es posible.
Pareciera acertado decir que, en las zonas predominantemente residenciales, no resulta conveniente la autorización de funcionamiento, porque es seguro que se generarán los problemas referidos al comienzo. Hay ciudades de nuestro país -la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo- con áreas residenciales donde la prohibición rigurosa de instalar boliches rige desde siempre y se respeta celosamente. Es una cuestión que hay que resolver entre nosotros, y que todavía no se ha resuelto.
Pero no serán suficientes las normas, por claras que sean, si la acción del Estado no se manifiesta de modo constante por medio de la Policía y de la Comuna. En realidad, si los agentes actuaran, terminaría, por ejemplo, el penoso espectáculo de las riñas a la salida del boliche, o del bloqueo a las entradas de departamentos. Y si actuara la Municipalidad con la preocupación correspondiente, sancionando con clausuras y fuertes multas la emisión de música con más decibeles que los autorizados y sin protección para el exterior, esas infracciones no se producirían.
Obviamente que no es un tema menor. Por el contrario, tiene gran importancia en nuestra ciudad capital, donde hay una cantidad cada vez mayor de negocios de este rubro, con una impresionante concurrencia de jóvenes. Es un fenómeno que requiere, con urgencia, las pautas que debe establecer, repetimos, una política general.

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