08 Julio 2002 Seguir en 
La Biblioteca Alberdi acaba de celebrar 99 años de vida. Su historia es conocida. Nacida de una escisión de miembros de la Sociedad Sarmiento en 1903, al poco tiempo de fundada podía exhibir un patrimonio bibliográfico de singular importancia. Con el paso de los años se acrecentaría enormemente, hasta llegar a un patrimonio aproximado a los 50.000 volúmenes. Personalidades ilustres de nuestra vida intelectual y cívica condujeron su comisión directiva, y lograron colocar a la entidad entre los centros bibliográficos más significativos del interior del país. Al mismo tiempo fue un activo centro de la cultura en general, a través del patrocinio de ediciones, conferencias, cursos, certámenes artísticos y congresos de la más diversa índole.
Sucedió que luego, como ocurriría con varias instituciones similares, la Biblioteca Alberdi empezó a declinar. Diversas razones operaron para instar ese proceso, pero sin duda la económica tuvo influencia decisiva. El Estado disminuyó drásticamente sus aportes destinados a estas instituciones, por un lado, y por el otro la comunidad le restó ese apoyo que había brindado durante tantos años. En un momento dado, el área de Cultura de la Provincia formalizó un convenio por el cual costeaba parte de su personal y se hacía cargo de los servicios de luz y de agua. Ese sistema, que funcionó durante varios años, un día no se renovó más, y la institución quedó librada a sus propias fuerzas. A pesar de que ha tratado de allegar recursos a través de una confitería, una sala de teatro y un centro de fotocopiado, la ganancia que ello le deja no es suficiente para las necesidades elementales de la institución. Así, llega al año previo a su centenario en una situación de dificultad y de incertidumbre.
Nos parece que la Biblioteca Alberdi es una de las entidades culturales de Tucumán merecedoras de una acción pública y privada que las salve del colapso definitivo. Es curioso lo que ocurre en Tucumán con estos organismos. Mientras en otros países del mundo existen, en cada ciudad, bibliotecas públicas más que seculares que siguen funcionando perfectamente y para cuyo sostén colaboran sin inconvenientes el Estado y la comunidad, entre nosotros se asiste a una alarmante declinación de tales centros. Parece que no hemos encontrado todavía un sistema que modifique esa realidad. Es algo que contrasta dolorosamente, por cierto, con otros aspectos de nuestra vida cultural, tan variada y tan activa siempre. Suena a ironía que inauguremos "centros culturales" mientras permanecemos ciegos frente a otras instituciones similares que vegetan en el abandono y en la indiferencia acerca de sus necesidades. En el caso de la Alberdi, no debe olvidarse que presta un valioso servicio a centenares de estudiantes que allí encuentran, a diario, esos libros que no tienen recursos para adquirir.
Creemos que Tucumán debe empezar a pagar la deuda espiritual que tiene con una institución como la que nos ocupa. Tanto el Estado como los particulares debieran tomar conciencia acerca de lo que significa una biblioteca como esta en la tradición y en el presente cultural de Tucumán, y proceder a sostenerla como corresponde.
Hablamos de posibilitar el arreglo integral de su vetusto edificio; el cuidado de su patrimonio bibliográfico; la dotación del personal suficiente y decorosamente retribuido; y terminar con la angustia crónica en el pago de los servicios públicos. No se trata, ni mucho menos, de sumas enormes. Una institución como esta merece ayuda y suena a afrentoso que no se la proporcione. Aun en épocas de crisis económica como la que atravesamos, sin duda existe la posibilidad de un aporte en esa dirección. No es ocioso recordar que, según se lo proclama desde todos los ámbitos, sólo tendrán un lugar en el mundo del inmediato futuro quienes se capaciten intelectualmente. Y una biblioteca es, siempre, un centro de capacitación por excelencia.
Sucedió que luego, como ocurriría con varias instituciones similares, la Biblioteca Alberdi empezó a declinar. Diversas razones operaron para instar ese proceso, pero sin duda la económica tuvo influencia decisiva. El Estado disminuyó drásticamente sus aportes destinados a estas instituciones, por un lado, y por el otro la comunidad le restó ese apoyo que había brindado durante tantos años. En un momento dado, el área de Cultura de la Provincia formalizó un convenio por el cual costeaba parte de su personal y se hacía cargo de los servicios de luz y de agua. Ese sistema, que funcionó durante varios años, un día no se renovó más, y la institución quedó librada a sus propias fuerzas. A pesar de que ha tratado de allegar recursos a través de una confitería, una sala de teatro y un centro de fotocopiado, la ganancia que ello le deja no es suficiente para las necesidades elementales de la institución. Así, llega al año previo a su centenario en una situación de dificultad y de incertidumbre.
Nos parece que la Biblioteca Alberdi es una de las entidades culturales de Tucumán merecedoras de una acción pública y privada que las salve del colapso definitivo. Es curioso lo que ocurre en Tucumán con estos organismos. Mientras en otros países del mundo existen, en cada ciudad, bibliotecas públicas más que seculares que siguen funcionando perfectamente y para cuyo sostén colaboran sin inconvenientes el Estado y la comunidad, entre nosotros se asiste a una alarmante declinación de tales centros. Parece que no hemos encontrado todavía un sistema que modifique esa realidad. Es algo que contrasta dolorosamente, por cierto, con otros aspectos de nuestra vida cultural, tan variada y tan activa siempre. Suena a ironía que inauguremos "centros culturales" mientras permanecemos ciegos frente a otras instituciones similares que vegetan en el abandono y en la indiferencia acerca de sus necesidades. En el caso de la Alberdi, no debe olvidarse que presta un valioso servicio a centenares de estudiantes que allí encuentran, a diario, esos libros que no tienen recursos para adquirir.
Creemos que Tucumán debe empezar a pagar la deuda espiritual que tiene con una institución como la que nos ocupa. Tanto el Estado como los particulares debieran tomar conciencia acerca de lo que significa una biblioteca como esta en la tradición y en el presente cultural de Tucumán, y proceder a sostenerla como corresponde.
Hablamos de posibilitar el arreglo integral de su vetusto edificio; el cuidado de su patrimonio bibliográfico; la dotación del personal suficiente y decorosamente retribuido; y terminar con la angustia crónica en el pago de los servicios públicos. No se trata, ni mucho menos, de sumas enormes. Una institución como esta merece ayuda y suena a afrentoso que no se la proporcione. Aun en épocas de crisis económica como la que atravesamos, sin duda existe la posibilidad de un aporte en esa dirección. No es ocioso recordar que, según se lo proclama desde todos los ámbitos, sólo tendrán un lugar en el mundo del inmediato futuro quienes se capaciten intelectualmente. Y una biblioteca es, siempre, un centro de capacitación por excelencia.







