Cuentan los dignos de fe que hace ya muchos siglos un hombre rico de Bagdad compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y se echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; y él respondió: "Tienes tan bellos ojos que me olvido de adorar a Dios". Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos sin dudar. Al verla en ese estado, el hombre se afligió y le dijo: "¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor". Y ella, con voz pausada y ojos enamorados, respondió: "No quiero que nada de lo que yo poseo te aparte de adorar a Dios". A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía: "La muchacha disminuyó su valor para ti, pero lo aumentó para nosotros y, por esa misma razón, te la hemos tomado". Al despertar, encontró 4.000 denarios bajo la almohada. La muchacha estaba muerta.
Esta conocida leyenda, que Jorge Luis Borges solía citar a menudo en sus escritos, ejemplifica de una manera desgarradora y poética, las distintas concepciones que tiene el hombre sobre lo que es valioso y lo que puede ser desechado. Durante esta semana, que estuvo atravesada por los funerales del Papa Juan Pablo II, mucho se habló sobre el valor de este "hombre de Dios" sin igual que fue despedido por millones de fieles al grito de "¡Santo súbito!". Presidentes de distintos países (menos el argentino, Néstor Kirchner), reyes y princesas, líderes de diversas religiones y, por supuesto, fieles católicos inundaron la ciudad de Roma para despedir al Pontífice, que ya pasó a la historia con el mote de "El Grande".
Pero la muerte no sólo sobrevoló el Vaticano. También estuvo presente en Mónaco, que perdió a su rey Rainiero y actualmente reza por la salud del esposo de la princesa Carolina. Sobrevoló Estados Unidos llevándose la vida de Terri Schiavo, que dividió en dos a la sociedad norteamericana con posturas encontradas sobre la eutanasia. Y, por supuesto, se detuvo también en la Argentina para llevarse a un viejo líder liberal: Alvaro Alsogaray. Sin embargo, la muerte de Juan Pablo II, fue LA MUERTE, con mayúsculas.
Sobre todo, por su impacto mediático. Y también porque a nadie le resultó indiferente. Los católicos se quedaron huérfanos y los no creyentes perdieron a un referente indiscutido de la paz. El mundo entero perdió a su padre; el rebaño, a su pastor. Es casi seguro que los historiadores futuros dirán que Juan Pablo II encarnó el papado en una forma que ninguno de los cardenales que lo eligieron podía prever. Transformó el Trono de Pedro en un punto de apoyo de la política mundial: su política. Su voz se oyó y a menudo fue tomada en cuenta en ciudades tan enfrentadas como Moscú y Washington. Emitió 108 documentos papales. Proclamó 1.320 beatos y 472 santos. Nombró más de 260 cardenales y fue el primer pontífice en entrar a una sinagoga. Pero sobre todo, llevó al papado -que un siglo antes se circunscribía únicamente a los confines eclesiásticos del Vaticano- a todas partes. Visitó Africa cuatro veces; América Latina, cinco, y hasta llegó a Tucumán, esta remota provincia que en 2002 lo volvió a sorprender cuando llegaron hasta el Vaticano las fotos de los niños desnutridos y las imágenes de Barbarita llorando de hambre. De esta forma, Juan Pablo II transformó la figura del papa de un ícono distante a un rostro familiar. Su rostro. Tal vez por eso, su funeral impactó tanto o más que el de personajes emblemáticos como el de Lady Di o el de la Madre Teresa de Calcuta. Fue el acontecimiento más grande del planeta. Y también el más conmovedor. Pero aún resta una tarea: darle sentido a la muerte de este hombre que, cuando asumió el papado, el 16 de octubre de 1978, fue bendecido por Dios y por el mundo: el Sol tardó 57 minutos más de lo normal en irse del cielo de Varsovia.
Cuando Juan Pablo II estaba agonizando, les dijo a los que estaban a su alrededor: "soy feliz, séanlo también ustedes". Esta fue su última enseñanza. Ofreció su calvario personal y único por las almas de todos los hombres: creyentes y agnósticos, budistas, judíos o cristianos. Y en esto radica su fuerza. Y también su poder. El poder de la coherencia y la verdad, sin importar las consecuencias. Con su muerte mostró el verdadero valor de la vida.
10 Abril 2005 Seguir en 
Por Gustavo Martinelli




