01 Abril 2002 Seguir en 
"En sus memorias, Alexander Haig sugiere que la embajadora Jeane Kirkpatrick, autora de la distinción entre gobiernos totalitarios de izquierda que hay que erradicar y autoritarios de derecha con quienes deben emplearse palabras de afecto, hizo un guiño de complicidad a los militares argentinos para la ocupación de las Malvinas.
También es posible que los generales Vernon Walters o Gordon Sumner (h) no hayan advertido a tiempo adónde podía conducir la exaltación mesiánica de sus aliados platenses y los hayan animado por omisión. Y el almirante Horacio Zaratiegui llegó a sostener que la Junta cayó en una astuta trampa tendida por Washington para conseguir una base en las Malvinas.
En cambio, Oscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy se inclinan en su excelente libro La trampa secreta, por la posibilidad opuesta, si bien son prudentes, como corresponde al mejor trabajo de investigación publicado sobre la guerra de las Malvinas. El texto exhibe la ansiedad del gobierno republicano por encontrar una solución incruenta a un conflicto que no preveía y que, como manifiesta el investigador chileno Luis Maira, vino a complicar y desorganizar un arduo y trabajoso esfuerzo de reordenamiento de la situación centroamericana hasta poner en peligro la continuidad del emprendimiento que se había constituido en el eje del trabajo hacia América Latina.
De hecho, nadie perdió más que Estados Unidos con una guerra que sacó a la luz el debilitamiento de su hegemonía sobre el bloque que encabeza, inutilizó los instrumentos regionales que durante cuatro décadas elaboró para su política global y con los que contaba en 1982, y lo obligó a replantear su estrategia en América Central, asumiendo el alto costo político de desplegar allí tropas propias, en año electoral.
Falta todavía un lustro para que se abran los archivos oficiales de Estados Unidos y de ellos surja una explicación bien documentada sobre la actitud de los distintos sectores de su gobierno antes del 2 de abril. De todos modos, éste no es un punto central para entender la secuencia de hechos que condujeron a la Argentina a uno de los momentos más trágicos de su historia.
A lo largo de esta primera parte eludí ex profeso cualquier referencia a la forma en que se decidió ocupar las islas. Existe ya sobre este aspecto una bibliografía muy amplia, con testimonios de los protagonistas y muy buenos trabajos analíticos como el de los periodistas de Clarín o el de García Lupo. De esos y de otros materiales me serviré en la segunda parte para revisar cómo se hizo la guerra y la incapacidad de los gobernantes para ahorrarle al país la humillación y el fracaso del 14 de junio.
El desastre de las Malvinas no puede estudiarse aislado del proceso militar que desembocó en él y de los desgarramientos de la sociedad argentina en esos años. La transfiguración de un conflicto político y social interior en una batalla universal abstracta y contradictorial con la inserción del país en la realidad internacional es una simiente ideologista que no podía dar buenos frutos".
También es posible que los generales Vernon Walters o Gordon Sumner (h) no hayan advertido a tiempo adónde podía conducir la exaltación mesiánica de sus aliados platenses y los hayan animado por omisión. Y el almirante Horacio Zaratiegui llegó a sostener que la Junta cayó en una astuta trampa tendida por Washington para conseguir una base en las Malvinas.
En cambio, Oscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy se inclinan en su excelente libro La trampa secreta, por la posibilidad opuesta, si bien son prudentes, como corresponde al mejor trabajo de investigación publicado sobre la guerra de las Malvinas. El texto exhibe la ansiedad del gobierno republicano por encontrar una solución incruenta a un conflicto que no preveía y que, como manifiesta el investigador chileno Luis Maira, vino a complicar y desorganizar un arduo y trabajoso esfuerzo de reordenamiento de la situación centroamericana hasta poner en peligro la continuidad del emprendimiento que se había constituido en el eje del trabajo hacia América Latina.
De hecho, nadie perdió más que Estados Unidos con una guerra que sacó a la luz el debilitamiento de su hegemonía sobre el bloque que encabeza, inutilizó los instrumentos regionales que durante cuatro décadas elaboró para su política global y con los que contaba en 1982, y lo obligó a replantear su estrategia en América Central, asumiendo el alto costo político de desplegar allí tropas propias, en año electoral.
Falta todavía un lustro para que se abran los archivos oficiales de Estados Unidos y de ellos surja una explicación bien documentada sobre la actitud de los distintos sectores de su gobierno antes del 2 de abril. De todos modos, éste no es un punto central para entender la secuencia de hechos que condujeron a la Argentina a uno de los momentos más trágicos de su historia.
A lo largo de esta primera parte eludí ex profeso cualquier referencia a la forma en que se decidió ocupar las islas. Existe ya sobre este aspecto una bibliografía muy amplia, con testimonios de los protagonistas y muy buenos trabajos analíticos como el de los periodistas de Clarín o el de García Lupo. De esos y de otros materiales me serviré en la segunda parte para revisar cómo se hizo la guerra y la incapacidad de los gobernantes para ahorrarle al país la humillación y el fracaso del 14 de junio.
El desastre de las Malvinas no puede estudiarse aislado del proceso militar que desembocó en él y de los desgarramientos de la sociedad argentina en esos años. La transfiguración de un conflicto político y social interior en una batalla universal abstracta y contradictorial con la inserción del país en la realidad internacional es una simiente ideologista que no podía dar buenos frutos".





