Se lo llora. Se lo admira. Se lo evoca. Se buscan fotografías que recuerdan algún encuentro personal en una audiencia pública. Se rescata su fortaleza, su coraje, su pensamiento, sus convicciones, su lucha por la paz, su calidad humana. Se reza. Se lo llama "El Grande". Se destacan sus acciones en favor de la Argentina. Su labor mediadora en la guerra de Malvinas y en el conflicto del canal de Beagle. Hoy, miles de tucumanos rememorarán su visita a esta ciudad hace 18 años.
El 8 de abril de 1987 su voz grave, potente y con acento extranjero se abrió camino en la siesta de 40 grados. Tras referirse a Tucumán como Cuna de la Independencia, dijo: "desde entonces, los habitantes del norte argentino os sentís especialmente vinculados a este lugar; y habéis cultivado un marcado amor a vuestra patria, sintiendo además la responsabilidad de custodiar la libertad y la tradición cultural de la Argentina. Ser libres significa, antes que nada, no estar esclavizados en el pecado, no servir a dioses extraños, incluso al propio yo. Y lo mismo nos dice Jesús a todos nosotros, y yo mismo se lo repito a todos los argentinos desde esta queridísima ciudad de Tucumán: Si el Hijo os libra, seréis en verdad libres".
En febrero de 2002, cuando la corrupción política, el egoísmo de la dirigencia política y económica, la mala administración del país y la anarquía reinante habían llegado a una expresión extrema, el Pontífice dijo desde el Vaticano: "en la raíz de esta dolorosa situación hay una profunda crisis. Las preocupaciones del momento presente deben conducir a un serio examen de conciencia sobre las trágicas consecuencias del egoísmo, la conducta corrupta que muchos han denunciado y la pobre administración de los activos del país. El futuro se debe basar en la paz, que es fruto de la justicia".
Juan Pablo II no regresó al "Jardín de la República". Pero, si lo hubiese hecho en los últimos años, tal vez una intensa congoja lo habría sacudido. Se hubiera sorprendido posiblemente de hallar muchas caras de representantes de aquel entonces que siguen ocupando un lugar en los circuitos del poder. Su corazón se hubiese desgarrado al enterarse de que en la Cuna de la Independencia los niños son víctimas mortales de la desnutrición, y el dolor lo hubiese acompañado al recorrer las populosas villas miseria; se habría enterado de que los chicos van a la escuela para poder comer y que, a menudo, vuelven a su casa con el estómago vacío por cuestiones burocráticas.
Se hubiese indignado al anoticiarse de que en las últimas elecciones para elegir gobernador y legisladores se presentaron más de 37.000 candidatos. Quizás su enojo polaco hubiese ido en ascenso al enterarse de que, sólo en el Gran Tucumán, hay 400.000 comprovincianos -miles de ellos alimentados a bolsones- que le pelean a la pobreza y que, de ese total, 150.000 son indigentes, mientras una buena parte de la clase dirigente goza de una prosperidad económica inusitada. Se alarmaría de los escándalos en la Justicia (casos "4x4" y "Sacapresos"), así como de la incultura, la inseguridad pública, la delincuencia y la ilegalidad creciente. Tal vez no hubiese entendido, por ejemplo, por qué el Poder Ejecutivo se empecina en instalar 1.000 maquinitas tragamonedas, so pretexto que el beneficiario nos regalará un centro de convenciones. O por qué los gobernantes se empeñan en reciclarse en el poder.
Pero, sin duda, Juan Pablo II no hubiese entendido por qué los tucumanos no hemos sido capaces hasta ahora de revertir la realidad penosa de una provincia que posee artistas, profesionales, investigadores y científicos altamente capacitados y prestigiosos, tres universidades y miles de ciudadanos con verdadera vocación de servicio.
"No dejo tras de mí propiedad alguna de la que haya que disponer", dijo el Papa en su testamento. Su legado son sus acciones concretas y su lucha para lograr un mundo más decente. Sería bueno que nuestra clase dirigente imitara su desprendimiento y su coraje, y aprendiera que la mejor herencia que un pueblo puede recibir de esta consiste en la transparencia de los actos y en la concreción de las promesas.
08 Abril 2005 Seguir en 
Por Roberto Espinosa




