06 Abril 2005 Seguir en 
Un numeroso grupo de Organizaciones No Gubernamentales hizo pública recientemente una carta al Presidente de la Nación donde le recuerdan que a mediados del año pasado lanzaron la propuesta "Reforma Política Ya" con el propósito de contribuir a una mayor apertura y transparencia del sistema representativo argentino. La iniciativa fue elevada con el respaldo de 500.000 ciudadanos a los presidentes de ambas cámaras del Congreso para su análisis y debate. Se recuerda igualmente que, con anterioridad, esas organizaciones consensuaron con el ministro del Interior una agenda con aquel objetivo y que el jefe del Estado hizo suyo el propósito en su mensaje posterior ante la Asamblea Legislativa de 2004. Consecuentemente, una serie de manifestaciones oficiales, entre ellas el compromiso de analizar las iniciativas con los partidos, dejaron la sensación de que el proceso reformador estaba en marcha; pero no fue así, pues a los anuncios del ministro Aníbal Fernández -en Mendoza hace siete meses- siguió un silencio oficial que ninguna voz del Gobierno ha interrumpido hasta el presente, mientras el oficialismo parlamentario observa igual actitud frente a las decenas de proyectos con diferentes orígenes.
Es ilusorio pretender que a ocho meses de las elecciones legislativas pueda llevarse a cabo una reforma integral del sistema representativo, electoral y de partidos, cuya complejidad difícilmente tenga parangón. Es posible, sin embargo, comenzar la misma avanzando con un razonable gradualismo que permita salir del anacrónico y corrupto modelo político que agobia a la República. Posible, al parecer, aunque improbable mientras no prospere un grado suficiente de responsabilidad que permita advertir la gravedad del problema; es decir que ese cambio fundamental es condición ineludible para poner fin a nuestra crisis histórica. En tal sentido, debe señalarse la contradicción entre el discurso oficial sobre el grave daño causado a la Nación por las administraciones anteriores del propio partido, y la pasividad que sigue al mismo en orden a los hechos restauradores de nuestra calidad republicana. En ese discurso se ha llegado a definir a los grandes partidos como "cáscaras vacías", sin que por ello se produzca la acción consecuente, mientras se advierte la posibilidad de frustrar nuevamente las elecciones internas abiertas para la nominación de candidatos con participación de la ciudadanía independiente; es decir, la misma alternativa que precedió a la última elección presidencial después de suspenderse "por una sola vez" las internas abiertas legisladas un mes antes por quienes las impulsaron.
Resultado de las manipulaciones indisimuladas es el recurrente conflicto que soportan los mayores partidos, especialmente el oficialista, y el virtual sometimiento de la mayoría parlamentaria a la voluntad del Poder Ejecutivo, manifestado en la concesión sin precedentes de facultades extraordinarias propias de la representación popular del Congreso. Se llegará así, tras una larga serie de promesas renovadoras incumplidas, a un nuevo proceso electoral cuyas señales ya están a la vista, pero sobre el que no se conoce todavía con certeza el grado de participación independiente en la selección de candidaturas de los mayores partidos. Por lo demás, en el cuarto oscuro los ciudadanos se hallarán de nuevo, y ya sin remedio, con esas listas sábana donde supuestamente compiten los desconocidos de siempre, merced a las cuantiosas regalías políticas que suele canjear el poder como débito de favores. Frente a los aparatos políticos cuya presencia pública es más ruidosa desde la crisis que la de los propios partidos alejados de la calle, la ciudadanía dispone de sus derechos, una última y poderosa herramienta que, ejercida con responsabilidad en los comicios, puede poner fin al peor saldo de la crisis.
Es ilusorio pretender que a ocho meses de las elecciones legislativas pueda llevarse a cabo una reforma integral del sistema representativo, electoral y de partidos, cuya complejidad difícilmente tenga parangón. Es posible, sin embargo, comenzar la misma avanzando con un razonable gradualismo que permita salir del anacrónico y corrupto modelo político que agobia a la República. Posible, al parecer, aunque improbable mientras no prospere un grado suficiente de responsabilidad que permita advertir la gravedad del problema; es decir que ese cambio fundamental es condición ineludible para poner fin a nuestra crisis histórica. En tal sentido, debe señalarse la contradicción entre el discurso oficial sobre el grave daño causado a la Nación por las administraciones anteriores del propio partido, y la pasividad que sigue al mismo en orden a los hechos restauradores de nuestra calidad republicana. En ese discurso se ha llegado a definir a los grandes partidos como "cáscaras vacías", sin que por ello se produzca la acción consecuente, mientras se advierte la posibilidad de frustrar nuevamente las elecciones internas abiertas para la nominación de candidatos con participación de la ciudadanía independiente; es decir, la misma alternativa que precedió a la última elección presidencial después de suspenderse "por una sola vez" las internas abiertas legisladas un mes antes por quienes las impulsaron.
Resultado de las manipulaciones indisimuladas es el recurrente conflicto que soportan los mayores partidos, especialmente el oficialista, y el virtual sometimiento de la mayoría parlamentaria a la voluntad del Poder Ejecutivo, manifestado en la concesión sin precedentes de facultades extraordinarias propias de la representación popular del Congreso. Se llegará así, tras una larga serie de promesas renovadoras incumplidas, a un nuevo proceso electoral cuyas señales ya están a la vista, pero sobre el que no se conoce todavía con certeza el grado de participación independiente en la selección de candidaturas de los mayores partidos. Por lo demás, en el cuarto oscuro los ciudadanos se hallarán de nuevo, y ya sin remedio, con esas listas sábana donde supuestamente compiten los desconocidos de siempre, merced a las cuantiosas regalías políticas que suele canjear el poder como débito de favores. Frente a los aparatos políticos cuya presencia pública es más ruidosa desde la crisis que la de los propios partidos alejados de la calle, la ciudadanía dispone de sus derechos, una última y poderosa herramienta que, ejercida con responsabilidad en los comicios, puede poner fin al peor saldo de la crisis.




