05 Abril 2005 Seguir en 
El tema del tránsito en las calles de nuestra capital -en especial, las del centro- es objeto frecuente de comentario, tanto en nuestras notas de opinión como en las cartas de lectores. No resulta extraña esa asiduidad. Es un aspecto que tiene enorme trascendencia dentro de la vida urbana y que, por lo tanto, proyecta vastas implicancias hacia los más variados terrenos.
Por otro lado, el tránsito es uno de los grandes problemas de las ciudades modernas, y su complicación creciente integra una de las grandes preocupaciones de los planificadores urbanos.
Pero es de notar que la mayoría de las puntualizaciones relativas al tema se formula poniendo el acento en el gran protagonista del tránsito, que es el conductor con su vehículo. Y no se recuerda siempre que existe otro protagonista, de no menor significación -ya que tiene una clara mayoría numérica sobre los conductores-, que es el peatón. Es preciso, así, tocar este ángulo del asunto.
Dos aspectos principales exhibe el tema del peatón de San Miguel de Tucumán. Uno de ellos está constituido por la falta de condiciones de seguridad y confortabilidad que, a su respecto, crea el tránsito cotidiano, y acerca de lo cual pueden darse varios ejemplos. En el fondo de todos ellos, pareciera yacer cierto desdén, de quien guía un automotor, por los que circulan a pie, y la consecuente tendencia a menospreciar ese derecho que tiene, quien camina, de utilizar en toda su amplitud la vía pública, sin verse sometido a situaciones de apuro o de peligro.Pero, en segundo término -y en no menor nivel de importancia- está el problema de las actitudes que adopta el peatón, con mucha frecuencia, en su diaria recorrida por las calles. Actitudes que no sólo colocan en riesgo cierto su integridad física, sino que contribuyen aún más, si cabe, a complicar la circulación en nuestra capital.
Es sabido que, por ejemplo, una gran mayoría de peatones, en lugar de aprovechar la luz roja del semáforo para cruzar las bocacalles, lo hace mientras la señal verde está dando paso a los vehículos. Asimismo, es muy raro el transeúnte que realiza ese cruce en el punto que reglamentariamente corresponde, que es en las esquinas.
Prefiere hacerlo a mitad de cuadra, o donde le quede cómodo. Y, para peor, muchas veces ejecuta el cruce distraído y mirando hacia cualquier parte, en lugar de guardar esa atención que parece obvia en una ciudad tan poblada por automotores.
Estos, y muchos otros ejemplos que podrían arrimarse, evidencian una mentalidad de escasa adecuación a una realidad que debiera ser considerada. Esto es, que si bien cabe exigir al automovilista la observancia de una serie de normas que garanticen el seguro y franco desplazamiento del ciudadano que se moviliza a pie, también corresponde que este, por su parte, encuadre su conducta en las pautas que corresponden, para no ponerse en peligro y para no obstaculizar injustamente al automovilista.
Es decir, existe la necesidad de lograr, junto con automovilistas responsables y respetuosos de las normas vigentes, peatones que también lo sean. De otra manera, el tránsito por la ciudad se transforma fatalmente en una suerte de pugna entre ambos protagonistas, pugna de la cual no puede salir nada positivo, sino todo lo contrario.
Muchas veces hemos insistido en la necesidad de campañas educativas, y es verdad que las mismas periódicamente se realizan. Pero parece necesario reiterarlas, intensificadas, ya que no se percibe que hayan tenido demasiada eficacia para modificar hábitos dañinos arraigados en el peatón.
Por otro lado, el tránsito es uno de los grandes problemas de las ciudades modernas, y su complicación creciente integra una de las grandes preocupaciones de los planificadores urbanos.
Pero es de notar que la mayoría de las puntualizaciones relativas al tema se formula poniendo el acento en el gran protagonista del tránsito, que es el conductor con su vehículo. Y no se recuerda siempre que existe otro protagonista, de no menor significación -ya que tiene una clara mayoría numérica sobre los conductores-, que es el peatón. Es preciso, así, tocar este ángulo del asunto.
Dos aspectos principales exhibe el tema del peatón de San Miguel de Tucumán. Uno de ellos está constituido por la falta de condiciones de seguridad y confortabilidad que, a su respecto, crea el tránsito cotidiano, y acerca de lo cual pueden darse varios ejemplos. En el fondo de todos ellos, pareciera yacer cierto desdén, de quien guía un automotor, por los que circulan a pie, y la consecuente tendencia a menospreciar ese derecho que tiene, quien camina, de utilizar en toda su amplitud la vía pública, sin verse sometido a situaciones de apuro o de peligro.Pero, en segundo término -y en no menor nivel de importancia- está el problema de las actitudes que adopta el peatón, con mucha frecuencia, en su diaria recorrida por las calles. Actitudes que no sólo colocan en riesgo cierto su integridad física, sino que contribuyen aún más, si cabe, a complicar la circulación en nuestra capital.
Es sabido que, por ejemplo, una gran mayoría de peatones, en lugar de aprovechar la luz roja del semáforo para cruzar las bocacalles, lo hace mientras la señal verde está dando paso a los vehículos. Asimismo, es muy raro el transeúnte que realiza ese cruce en el punto que reglamentariamente corresponde, que es en las esquinas.
Prefiere hacerlo a mitad de cuadra, o donde le quede cómodo. Y, para peor, muchas veces ejecuta el cruce distraído y mirando hacia cualquier parte, en lugar de guardar esa atención que parece obvia en una ciudad tan poblada por automotores.
Estos, y muchos otros ejemplos que podrían arrimarse, evidencian una mentalidad de escasa adecuación a una realidad que debiera ser considerada. Esto es, que si bien cabe exigir al automovilista la observancia de una serie de normas que garanticen el seguro y franco desplazamiento del ciudadano que se moviliza a pie, también corresponde que este, por su parte, encuadre su conducta en las pautas que corresponden, para no ponerse en peligro y para no obstaculizar injustamente al automovilista.
Es decir, existe la necesidad de lograr, junto con automovilistas responsables y respetuosos de las normas vigentes, peatones que también lo sean. De otra manera, el tránsito por la ciudad se transforma fatalmente en una suerte de pugna entre ambos protagonistas, pugna de la cual no puede salir nada positivo, sino todo lo contrario.
Muchas veces hemos insistido en la necesidad de campañas educativas, y es verdad que las mismas periódicamente se realizan. Pero parece necesario reiterarlas, intensificadas, ya que no se percibe que hayan tenido demasiada eficacia para modificar hábitos dañinos arraigados en el peatón.




