07 Julio 2002 Seguir en 
La imperiosa necesidad que tiene la sociedad argentina de recuperar la confianza mínima en la autoridad política, como condición necesaria para comenzar a superar la enorme crisis socioeconómica actual, conduce a evaluar de manera francamente positiva la decisión de poner una fecha cierta al adelantamiento del llamado a elección de, por lo menos, Presidente del país.
En esta etapa de preparación de programas de Gobierno para ser presentados como propuestas alternativas a los electores, existe una idea general que merece formar parte del telón de fondo de la discusión. Esta idea apunta a la necesaria reconciliación entre los campos de la economía y la política, convertidos después de la experiencia macroeconómica de la última década en verdaderos polos antagónicos de rechazo mutuo.
Muchos economistas consideran que el accionar político no hace más que interferir de manera generalmente nociva en el mecanismo de funcionamiento siempre eficiente de los mercados. Por su parte, los políticos críticos del llamado "modelo" económico imperante no hacen más que señalar las consecuencias de las "fuerzas ciegas" del mercado que, ante la ausencia de una autoridad "benevolente" capaz de guiarla y controlarla, no pueden ser sino negativas para la inmensa mayoría de la población. Superar esta visión de los campos político y económico como dos extremos irreconciliables constituye hoy uno de los grandes desafíos de nuestra sociedad.
De esta manera, si pretendemos avanzar en la solución de la profunda crisis que vivimos, resulta imprescindible asumir como punto de partida del debate político una verdad elemental, oscurecida por la exacerbación violenta de las discusiones extremas.
En esta etapa de preparación de programas de Gobierno para ser presentados como propuestas alternativas a los electores, existe una idea general que merece formar parte del telón de fondo de la discusión. Esta idea apunta a la necesaria reconciliación entre los campos de la economía y la política, convertidos después de la experiencia macroeconómica de la última década en verdaderos polos antagónicos de rechazo mutuo.
Muchos economistas consideran que el accionar político no hace más que interferir de manera generalmente nociva en el mecanismo de funcionamiento siempre eficiente de los mercados. Por su parte, los políticos críticos del llamado "modelo" económico imperante no hacen más que señalar las consecuencias de las "fuerzas ciegas" del mercado que, ante la ausencia de una autoridad "benevolente" capaz de guiarla y controlarla, no pueden ser sino negativas para la inmensa mayoría de la población. Superar esta visión de los campos político y económico como dos extremos irreconciliables constituye hoy uno de los grandes desafíos de nuestra sociedad.
De esta manera, si pretendemos avanzar en la solución de la profunda crisis que vivimos, resulta imprescindible asumir como punto de partida del debate político una verdad elemental, oscurecida por la exacerbación violenta de las discusiones extremas.







