BUENOS AIRES.- La guerra en las Malvinas tuvo como pilar un auge de carácter nacionalista y antiinglés que permitió que los enemigos internos (como eran considerados los jóvenes rockeros) fueran oficializados y bendecidos ante la nueva realidad.
Grupos y solistas incluidos en el circuito rockero y de la canción popular que eran prohibidos y perseguidos hasta el extremo de padecer que cada recital tuviera un curso incierto y peligroso para ellos y su público, fueron asimilados y estimulados "gracias" a la prohibición de la música en inglés en las radios y en la TV.
Así fue como, tanto los rockeros como los cantautores, lograron acceder a un circuito formal que les estaba vedado y hasta pudieron, en medio de la celebración malvinense, colar estéticas y canciones que también cuestionaban a la junta militar que ocupó el gobierno en marzo de 1976.
León Gieco patentó como himno "Sólo le pido a Dios"; Pedro y Pablo cuestionaron a Thatcher en "Señora violencia e hijos" pero no olvidaron "La marcha de la bronca"; y Charly García resumió devastadora ironía y crítica en "No bombardeen Buenos Aires" sin por ello dejar de lado la denuncia de "Inconsciente colectivo" o "Canción de Alicia".
También salió a la luz el prohibido Víctor Heredia con "Aquellos soldaditos de plomo" y estrenó (casi en paralelo con la derrota militar) el emblemático "Informe de la situación".
El cancionero malvinense tuvo, además de "Sólo le pido a Dios", su hito coyuntural gracias a la tristísima, certera y difundida "Reina madre", en la que Raúl Porchetto se ponía en la piel de un soldado inglés para relatarle a su majestad británica las vivencias de la guerra en el Atlántico Sur. La democratización cultural no sólo hizo renacer a los hasta entonces silenciados, sino que posibilitó una apertura federal cuya máxima expresión fue protagonizada por el desembarco de la llamada "Trova Rosarina" que acompañó la voz y la interpretación de Juan Carlos Baglietto. Ese grupo de artistas, integrado por Fito Páez, Silvina Garré o Adrián Abonizio, entregó canciones como "Mirta, de regreso" o "La vida es una moneda".
El rock y la joven canción lograron entonces, en la Argentina, convertirse en un movimiento nacido para las grandes gestas, y ponerle melodía a la crítica contra un orden injusto. El impulso en la cultura acompañó el despertar de una sociedad por recuperar la memoria y construir su futuro, en un tránsito que llegó hasta la "primavera democrática" en el gobierno de Raúl Alfonsín. (TELAM)
Grupos y solistas incluidos en el circuito rockero y de la canción popular que eran prohibidos y perseguidos hasta el extremo de padecer que cada recital tuviera un curso incierto y peligroso para ellos y su público, fueron asimilados y estimulados "gracias" a la prohibición de la música en inglés en las radios y en la TV.
Así fue como, tanto los rockeros como los cantautores, lograron acceder a un circuito formal que les estaba vedado y hasta pudieron, en medio de la celebración malvinense, colar estéticas y canciones que también cuestionaban a la junta militar que ocupó el gobierno en marzo de 1976.
León Gieco patentó como himno "Sólo le pido a Dios"; Pedro y Pablo cuestionaron a Thatcher en "Señora violencia e hijos" pero no olvidaron "La marcha de la bronca"; y Charly García resumió devastadora ironía y crítica en "No bombardeen Buenos Aires" sin por ello dejar de lado la denuncia de "Inconsciente colectivo" o "Canción de Alicia".
También salió a la luz el prohibido Víctor Heredia con "Aquellos soldaditos de plomo" y estrenó (casi en paralelo con la derrota militar) el emblemático "Informe de la situación".
El cancionero malvinense tuvo, además de "Sólo le pido a Dios", su hito coyuntural gracias a la tristísima, certera y difundida "Reina madre", en la que Raúl Porchetto se ponía en la piel de un soldado inglés para relatarle a su majestad británica las vivencias de la guerra en el Atlántico Sur. La democratización cultural no sólo hizo renacer a los hasta entonces silenciados, sino que posibilitó una apertura federal cuya máxima expresión fue protagonizada por el desembarco de la llamada "Trova Rosarina" que acompañó la voz y la interpretación de Juan Carlos Baglietto. Ese grupo de artistas, integrado por Fito Páez, Silvina Garré o Adrián Abonizio, entregó canciones como "Mirta, de regreso" o "La vida es una moneda".
El rock y la joven canción lograron entonces, en la Argentina, convertirse en un movimiento nacido para las grandes gestas, y ponerle melodía a la crítica contra un orden injusto. El impulso en la cultura acompañó el despertar de una sociedad por recuperar la memoria y construir su futuro, en un tránsito que llegó hasta la "primavera democrática" en el gobierno de Raúl Alfonsín. (TELAM)







