Apurados

Por Juan Manuel Montero

03 Abril 2005
"Vísteme despacio, que estoy apurado". La frase de Napoleón Bonaparte es casi una declaración de principios frente a los apuros que se viven actualmente. Todo tiene que ser ya. La tecnología aporta sus cualidades para que nada demore. La paciencia es una virtud cada vez más en desuso. Pero esto trae aparejados serios inconvenientes, más aún cuando la celeridad avanza, sin medir consecuencias, en ámbitos donde la prudencia debería primar. Uno de ellos, es la Justicia.
"¿Dónde nació usted?" "No me acuerdo". "¿Qué edad tiene?" "No sé". "¿Cuándo nació?" "No me acuerdo". "¿Quién es su padre?". "No lo sé". Las preguntas y las repuestas se sucedieron durante más de dos horas en el juzgado III de Instrucción. Por un lado, el inquisidor, el juez Juan Francisco Pisa; por el otro, Rubén Darío "Santiagueño" Ovejero, a quien acusaron por el homicidio de un hombre que aparentemente no está muerto. La primera impresión es que en el caso hubo demoras injustificadas, pero si uno da un paso atrás, advierte que es más grave el apresuramiento con el cual se manejó. Toda causa judicial comienza con un hecho: el delito. En este caso, la aparición de un cadáver a la vera del río. Hubo urgencias: nadie conocía a sus familiares, nadie reclamó el cuerpo, no se podía esperar más en la morgue, por lo que el cuerpo fue enterrado. Un dibujo sirvió de pista. La urgencia llevó a los policías a creer en el relato de un chico de 10 años, que derivó en la rápida detención de dos hombres. Los plazos procesales, estipulados en el Código, marcaron que uno de ellos debía ir a la cárcel, con prisión preventiva, acusado del crimen de un NN, un hombre cuya identidad no había sido científicamente determinada. Todo muy rápido. Transcurrieron un año y dos meses, y un hombre, que no tenía apuro, apareció de nuevo en su viejo barrio. Todos se sorprendieron. Vieron a Pedro "Ojota" Roldán, a quien creían muerto a manos de Ovejero. Roldán, velozmente, fue llevado a Tribunales: "es él, el muerto, mi hermano no lo mató", dijo, apurando las palabras, Rosa Ovejero, la hermana del acusado.
No es nada común ver a un muerto que revive. En realidad, casos como este son contados con los dedos de una mano. Mejor, antes que creerle a "Ojota", vamos a identificarlo. Así también pensaron el fiscal Guillermo Herrera y el secretario Carlos López, que decidieron hacer un impasse, y ordenaron que Ovejero no quedara libre hasta que Roldán fuera debidamente identificado. No era fácil. "Ojota" no tiene documentos, domicilio fijo ni familiares. "¿Cómo sabemos que es él?". Le tomaron las huellas dactilares y comenzaron a compararlas con las del muerto. Pero en la época en la que las huellas se identifican mediante scanners, en Tucumán todo es lento: un trabajo manual que lleva su tiempo. Ovejero no quería esperar, estaba desde hace bastante tiempo en la cárcel. Entonces, su abogado, Jorge Rafael Montero, jugó una carta rápida: presentó un recurso de hábeas corpus. Los jueces de la Cámara de Apelaciones tienen 72 horas para resolver, y para reunir todas las pruebas. Pero en este caso, actuaron con urgencia. A pesar de que no había garantías de que Roldán fuera quien decía ser, ordenaron la libertad de Ovejero. Fue en esa instancia cuando entró en escena el juez Pisa, a quien le habían ordenado cumplir con lo decidido por la Cámara de Apelaciones. Y a pesar de sus dudas, lo liberó.
Apuros y más apuros. Hoy, la identidad de los dos principales protagonistas de esta extraña historia es difusa. Ambos dicen llamarse Rubén Darío Ovejero y Pedro Roldán, respectivamente. Pero no tienen forma de probarlo. La Justicia, apurada por la presunción de estar en presencia de un procedimiento irregular, a raíz del cual un hombre habría estado privado de su libertad ilegalmente durante casi dos años, quiere resolver todo rápidamente. Sin tomar previsiones. ¿Y si el lunes "Ojota" y el "Santiagueño", dos marginales indocumentados, desaparecen de la provincia? Todos deberán correr apurados a tratar de encontrarlos. Es importante enmendar un error, pero la rapidez puede hacer cometer otro.

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