Legado histórico de Juan Pablo II

Llegó a su fin un pontificado que dejará su huella no sólo en los católicos sino en toda la humanidad.

03 Abril 2005
Juan Pablo II ya descansa en paz. Con él acaba un largo pontificado, de 26 años, cuya importancia no se limita al ámbito de la Iglesia Católica, sino que implica al mundo todo. El mundo no es el mismo de 1978, cuando Karol Wojtyla se convirtió en el primer Papa no italiano en 455 años. Y muchos historiadores, que ya lo consideran un "grande", están convencidos de que fue un actor decisivo, que no se puede soslayar cuando se analizan las últimas dos décadas y media de la humanidad. Los 117 cardenales que elegirán al sucesor tienen por delante una poco sencilla decisión: ¿cuál tiene que ser el perfil del próximo conductor de 1.100 millones de fieles tras la obra de semejante personalidad?
Cuando Juan Pablo II asumió el trono de San Pedro las relaciones internacionales se regían por parámetros diferentes de los actuales. El globo se dividía en dos bloques políticos y económicos irreconciliables (el capitalista y el comunista) con dos cabezas visibles: Estados Unidos y la Unión Soviética. A ello hay que sumar que aún no se había producido la revolución iraní (esto sucedió en 1979), que tuvo un efecto revulsivo en el mundo islámico.
En un contexto caracterizado por la bipolaridad, la elección de un Papa polaco, procedente de la denominada "Iglesia del silencio" (se encontraba ahogada detrás de la Cortina de Hierro), causó sorpresa. Karol Wojtyla había sido educado en la resistencia, primero a los nazis (invadieron Polonia en 1939, hecho con el que se inició la Segunda Guerra Mundial) y luego al dominio soviético, que había soñado con acabar con el fervor cristiano en ese país eslavo.
En junio de 1979, a sólo ocho meses de haber sido proclamado, Juan Pablo II visitó Polonia, todavía bajo control comunista. Este hecho, su apoyo al sindicato "Solidaridad", que lideraba Lech Walesa, y la gira que en 1981 encabezó por Estados Unidos son interpretados como el puntapié del proceso que concluyó en 1989 con la caída del Muro de Berlín.
Entre 1978 y 1989 Juan Pablo II estuvo obsesionado por lograr que en los países del este europeo la religión no fuese ahogada por ninguna filosofía de Estado y se convirtió en un mensajero de la libertad. Pero a partir de 1989 emprende otra batalla. No obstante haber contribuido a la desaparición de la Unión Soviética, comenzó a advertir sobre los peligros de un mundo imbuido por el pensamiento de una sola potencia: Estados Unidos. Entonces, condenó el neoliberalismo -al que también calificó de materialista- por reducir al hombre a mercancía. Y aunque criticó con dureza el terrorismo que en el nombre del Islam derribó las Torres Gemelas en 2001, cuestionó a EE.UU. cuando invadió Irak en 2003. Por ello, el futuro Papa deberá ahondar en la prédica a favor de un mundo multipolar caracterizado por la concordancia y la vigencia de los derechos humanos, y no por las decisiones bélicas y unilaterales. De hecho, Juan Pablo II impulsó un inédito diálogo con cristianos no católicos, judíos y musulmanes.
El próximo jefe del Vaticano tampoco podrá soslayar que Juan Pablo II, consciente de que los medios de comunicación estaban protagonizando una nueva era (la globalización), utilizó los más modernos vehículos para viajar y llevar su mensaje por todo el mundo. Estaba convencido de que ya no hay lugar para encierros.
Puertas adentro de la Iglesia, Karol Wojtyla deja como herencia una conducción severa y posturas indiscutibles en temas polémicos de la actualidad, como la homosexualidad, el sacerdocio de las mujeres o el uso de anticonceptivos. Pero también dio un especial protagonismo a los católicos de América Latina, a quienes calificó como la reserva de la religiosidad en el mundo.
En definitiva, además de a un pastor, la Iglesia Católica perdió con Juan Pablo II a quien supo guiarla con autoridad e inteligencia durante un período histórico convulso, vertiginoso y lleno de cambios. Viajó y trabajó de forma infatigable. Nadie como él merece descansar en paz.

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