Cuando Juan Pablo II visitó las favelas del Brasil, en 1980, se hundió en la multitud, respondiendo al afecto de la gente, ante la desesperación de su custodia. En un momento, el Papa se sacó el anillo que llevaba y se lo entregó a la gente para que lo vendiera. Ellos no lo redujeron. Se lo quedaron como recuerdo del amor del Papa hacia ellos.
Juan Pablo II era un pastor que siempre quería estar cerca del rebaño, de ahí su fama de "Papa viajero". Fue el único prelado que visitó los cinco continentes y aprendió más de 60 lenguas para poder hablarle a la gente en su propio idioma. Sus labios besaron hasta la tierra de sus mayores detractores: fue a Cuba, y quizás, habría llegado también a Rusia, como era su sueño, si le hubieran permitido entrar en ese país. Viajar, conversar con la gente en su propio idioma era su forma de evangelizar.
El Papa viajero no daba respiro al periodismo, y supo inteligentemente capitalizar a los medios para difundir su mensaje. Todos recuerdan el día en que sorprendió al mundo - al iniciar la Cuaresma de 2000- cuando pidió perdón por los pecados cometidos por la Iglesia Católica. Juan Pablo II es también el papa de la reconciliación. Quería terminar con la larga tradición que divide a cristianos y judíos. Y su gesto quedó plasmado para las generaciones futuras en un documento que llamó "Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado". El mismo donde se pregunta si "la persecución del nazismo respecto de los hebreos no haya sido facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en las mentes y en los corazones de algunos cristianos". Karol Wojtyla tuvo también su propia reconciliación personal cuando fue a visitar a la cárcel al hombre que había intentado matarlo. Lo perdonó y lo bendijo.
Admirado y criticado
Juan Pablo II ha sido un renovador en muchos aspectos. Eligió su nombre inspirado en Juan XXIII, (el Papa Bueno), y en Pablo VI, propulsores del Concilio Vaticano II, que acomodó la Iglesia a los nuevos tiempos. Se animó a hablar de los homosexuales, y los divorciados y vueltos a casar invitándolos a seguir dentro de la Iglesia de Cristo.
Pero, por otro lado, se aferró con uñas y dientes a la doctrina. Esto le valió el tilde de conservador. Inaceptable para Juan Pablo II, es que los hombres se casen entre hombres, el aborto, el divorcio, el casamiento de los curas.
Tampoco aceptó que las mujeres pudieran ser sacerdotisas, aunque destacó y defendió a la mujer en varios documentos e, incluso, su lema de pontificado está dedicado a una mujer: "Todo tuyo, María". Y además tuvo una gran amiga, la Madre Teresa de Calcuta.
A pesar de su intransigencia, el Papa sabía cómo decir las cosas con tono conciliador. Cuando visitó Holanda, los obispos estaban preparados para plantearle el casamiento de los sacerdotes y otras cuestiones. Juan Pablo II pidió entonces que antes de hablar hicieran un breve retiro, luego visitó la comunidad católica y entonces se dispuso a tratar los temas cruciales. A esa altura, Juan Pablo ya había logrado suavizar las aguas y evitar un posible cisma.
El Papa ha sido un mensajero de la paz del mundo. La Argentina lo conoció dos veces en "ese oficio". Uno fue en momentos en que el país -al mando de los militares-, se preparaba para una posible guerra con Chile, por el canal de Beagle. Y llegó para aplacar las aguas. Previamente, le había dado consuelo al pueblo argentino, cuando la guerra con Gran Bretaña ya estaba perdida. Antes de venir intentó en vano llamar a la paz al país de "la Dama de Hierro", pero soportó el desplante de la reina Isabel II que ni siquiera lo recibió con los honores de un jefe de Estado.
El hombre de las grandezas tuvo un último gesto. Salió al balcón y mostró su dolor. Y enseñó que la misión de cada uno se cumple hasta el final.




