02 Abril 2005 Seguir en 
Un pontificado de casi 27 años está llegando dramáticamente a su final. El polaco Karol Wojtyla, primer Papa eslavo de la historia, fue, sin duda, una de las grandes personalidades de nuestro tiempo por su carisma, su estilo y sus ideas, a la vez modernas y conservadoras. De su mano la Iglesia Católica ingresó en el tercer milenio.
Desde su elección como Sumo Pontífice en 1978, Juan Pablo II realizó 104 viajes pastorales a los cinco continentes, y 26 de ellos fueron países de América Latina. En esas incursiones al continente más católico del planeta, Su Santidad siempre tuvo una palabra de aliento para los indígenas y para los mineros explotados, para los campesinos perseguidos, para los políticos maniatados ideológicamente y contra las dictaduras.
Desafiando las reglas de los propios dictadores, visitó algunos países en momentos críticos de su historia, como la Argentina de los militares en guerra con Gran Bretaña por las Malvinas; la Guatemala de Efraín Ríos Montt; el Chile de Augusto Pinochet y el Paraguay de Alfredo Stroessner.
Juan Pablo II no temió a los militares latinoamericanos, y lo demostró con su autoridad moral, cuando los enfrentó con verdaderas protestas populares que iban más allá de una simple manifestación de carácter religioso, como sucedió en Paraguay, en 1988. Uno de sus viajes históricos fue el que realizó a Cuba en 1998, cumpliendo el sueño de visitar el último bastión del comunismo.
A fines de los años 80, su actuación en Polonia y su influencia en los acontecimientos que se producían en el ex bloque comunista contribuyeron de modo considerable a la caída de los regímenes de Europa del Este. En marzo de 2003 Juan Pablo II se opuso con todas sus fuerzas y autoridad a la guerra de Estados Unidos contra Irak.
Podría decirse que Juan Pablo II abrió la Iglesia al mundo de las nuevas tecnologías, del ecumenismo, del diálogo, de la denuncia social y a la vez, impulsó una férrea defensa de la doctrina, como por ejemplo, en la protección de la vida desde la concepción y la condena al aborto, convertidas en cuestiones de Estado.
Fue el primer Pontífice que visitó una sinagoga en Roma y también viajó en 2000 a Israel, país al que visitó como Estado, hecho que abrió las relaciones bilaterales entre esa nación y el Vaticano. Rezó en el Muro de los Lamentos de Jerusalén y pidió perdón por los pecados católicos contra los judíos a lo largo de la historia. Reconoció como un error la condena de la Iglesia a Galileo Galilei, por afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, y retiró la excomunión al astrónomo italiano.
Un capítulo trascendente se está cerrando para el mundo católico. Se abre, por cierto, otro que implica un nuevo y gran desafío. Por un lado, imitar el compromiso permanente de Juan Pablo II con los problemas esenciales de nuestro tiempo, incluso aquellos temas ríspidos para la misma Iglesia que él se animó a abordar.
Por otro lado, hemos ingresado a un tercer milenio en un mundo convulsionado, azotado por las enormes desigualdades, donde dos tercios de la humanidad viven en la miseria, donde millones de personas aún no pueden acceder al avance de la civilización en lo que a ciencia y tecnología se refiere, donde las guerras siguen sembrando muerte, dolor y desesperanza.
Esta congoja mundial ante la agonía de Juan Pablo II debería servirnos a los seres humanos de todos los credos y razas para meditar con hondura acerca de las miserias humanas que nos impiden encontrar el verdadero camino de la paz, por el que el Papa transitó con convicción y esperanza.
Desde su elección como Sumo Pontífice en 1978, Juan Pablo II realizó 104 viajes pastorales a los cinco continentes, y 26 de ellos fueron países de América Latina. En esas incursiones al continente más católico del planeta, Su Santidad siempre tuvo una palabra de aliento para los indígenas y para los mineros explotados, para los campesinos perseguidos, para los políticos maniatados ideológicamente y contra las dictaduras.
Desafiando las reglas de los propios dictadores, visitó algunos países en momentos críticos de su historia, como la Argentina de los militares en guerra con Gran Bretaña por las Malvinas; la Guatemala de Efraín Ríos Montt; el Chile de Augusto Pinochet y el Paraguay de Alfredo Stroessner.
Juan Pablo II no temió a los militares latinoamericanos, y lo demostró con su autoridad moral, cuando los enfrentó con verdaderas protestas populares que iban más allá de una simple manifestación de carácter religioso, como sucedió en Paraguay, en 1988. Uno de sus viajes históricos fue el que realizó a Cuba en 1998, cumpliendo el sueño de visitar el último bastión del comunismo.
A fines de los años 80, su actuación en Polonia y su influencia en los acontecimientos que se producían en el ex bloque comunista contribuyeron de modo considerable a la caída de los regímenes de Europa del Este. En marzo de 2003 Juan Pablo II se opuso con todas sus fuerzas y autoridad a la guerra de Estados Unidos contra Irak.
Podría decirse que Juan Pablo II abrió la Iglesia al mundo de las nuevas tecnologías, del ecumenismo, del diálogo, de la denuncia social y a la vez, impulsó una férrea defensa de la doctrina, como por ejemplo, en la protección de la vida desde la concepción y la condena al aborto, convertidas en cuestiones de Estado.
Fue el primer Pontífice que visitó una sinagoga en Roma y también viajó en 2000 a Israel, país al que visitó como Estado, hecho que abrió las relaciones bilaterales entre esa nación y el Vaticano. Rezó en el Muro de los Lamentos de Jerusalén y pidió perdón por los pecados católicos contra los judíos a lo largo de la historia. Reconoció como un error la condena de la Iglesia a Galileo Galilei, por afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, y retiró la excomunión al astrónomo italiano.
Un capítulo trascendente se está cerrando para el mundo católico. Se abre, por cierto, otro que implica un nuevo y gran desafío. Por un lado, imitar el compromiso permanente de Juan Pablo II con los problemas esenciales de nuestro tiempo, incluso aquellos temas ríspidos para la misma Iglesia que él se animó a abordar.
Por otro lado, hemos ingresado a un tercer milenio en un mundo convulsionado, azotado por las enormes desigualdades, donde dos tercios de la humanidad viven en la miseria, donde millones de personas aún no pueden acceder al avance de la civilización en lo que a ciencia y tecnología se refiere, donde las guerras siguen sembrando muerte, dolor y desesperanza.
Esta congoja mundial ante la agonía de Juan Pablo II debería servirnos a los seres humanos de todos los credos y razas para meditar con hondura acerca de las miserias humanas que nos impiden encontrar el verdadero camino de la paz, por el que el Papa transitó con convicción y esperanza.




