06 Julio 2002 Seguir en 
Una organización argentina sin fines de lucro, la Red Solidaria, ha sido distinguida por las Naciones Unidas por sus servicios humanitarios de emergencia, entre 650 instituciones semejantes de 150 países. El galardón Best Prastices (Mejores Prácticas) la convierte en modelo ejemplar que el organismo internacional recomendará para su aplicación en diferentes lugares del mundo donde las emergencias sociales, individuales o colectivas, requieran de apoyos que el Estado no está en condiciones de prestar. La Red nació en 1995 por iniciativa de cinco amigos sensibles a las necesidades ajenas y con un espíritu comunitario que dignifica a nuestra sociedad. Sus promotores pusieron en marcha intuitivamente un sistema de colaboraciones al que sumaron voluntarios que hoy integran 200 organizaciones, apelando para la eficiencia de sus servicios a los medios de comunicación, algunos de los cuales convirtieron sus colaboraciones en misiones estables, estableciendo nexos entre quienes necesitan ayuda imprescindible de diferente naturaleza y los que pueden prestarla.
Una peculiaridad esencial de la Red Solidaria consiste en no recibir donaciones de bienes o dinero, sino que el eje de sus servicios humanitarios es acercar a los necesitados hasta quienes están dispuestos para ayudarlos.
Más de 2.300 voluntarios en núcleos urbanos y comunidades rurales e indígenas del país, a los que se suman otros ocasionales que acuden en las grandes emergencias, robando tiempo a sus tiempos, integran una institución que por su complejidad debió encarar diferentes planes para manejar su singular estructura funcional eficientemente.
Ejemplo de ello son los programas orientadores de la comunidad y los de preparación profesional para satisfacer los fines específicos de solidaridad, incluidos cursos de posgrados que se hallan en preparación. Por la cátedra del Instituto Pedro Poveda han pasado hasta hoy 800 personas para capacitarse en cultura solidaria, un rubro docente hasta hace poco inédito, y del que la mención de sus detalles requeriría un espacio considerable.
Basta conocer que, por ejemplo, la demanda para ayudar a la construcción de una modesta vivienda, suele generar aportes humanitarios que permiten levantar muchas más. Así también la constitución de comedores y atender su mantenimiento, o acceder a la atención médica de alto costo de la minoridad sin recursos.
Este modelo de eficiencia no es un solitario lunar blanco que se recorta ocasionalmente en nuestra sociedad en crisis, aunque sí una muestra mayor de calidad humana dentro de un sistema privado de voluntariado. Una urdimbre de servicios humanitarios donde conviven decenas de grandes y medianas organizaciones no gubernamentales -las famosas ONG- que recuperan todos los días para el país la calidad de un solidarismo que el Estado ineficiente dejó de cultivar.
El factor que las dinamiza es el espíritu de una sociedad libre que trata por sí misma de superar el largo fracaso de poderes públicos que finalmente hizo crisis y lo puso en evidencia. No siempre es advertido ese potencial argentino, especialmente por aquellos que, pese a la experiencia, demandan pertinazmente para el Estado la administración de los servicios públicos, despreciando la iniciativa privada.
Esta demostración, como tantas otras en las que no se repara adecuadamente, y un poder político eficiente y acorde con los recursos del país que la encauce con gestiones y prestaciones indelegables, conjugan el sistema de vida que la gran mayoría de los argentinos demanda, cansados de un estéril debate ideológico que, para colmo, deben financiar.
Una peculiaridad esencial de la Red Solidaria consiste en no recibir donaciones de bienes o dinero, sino que el eje de sus servicios humanitarios es acercar a los necesitados hasta quienes están dispuestos para ayudarlos.
Más de 2.300 voluntarios en núcleos urbanos y comunidades rurales e indígenas del país, a los que se suman otros ocasionales que acuden en las grandes emergencias, robando tiempo a sus tiempos, integran una institución que por su complejidad debió encarar diferentes planes para manejar su singular estructura funcional eficientemente.
Ejemplo de ello son los programas orientadores de la comunidad y los de preparación profesional para satisfacer los fines específicos de solidaridad, incluidos cursos de posgrados que se hallan en preparación. Por la cátedra del Instituto Pedro Poveda han pasado hasta hoy 800 personas para capacitarse en cultura solidaria, un rubro docente hasta hace poco inédito, y del que la mención de sus detalles requeriría un espacio considerable.
Basta conocer que, por ejemplo, la demanda para ayudar a la construcción de una modesta vivienda, suele generar aportes humanitarios que permiten levantar muchas más. Así también la constitución de comedores y atender su mantenimiento, o acceder a la atención médica de alto costo de la minoridad sin recursos.
Este modelo de eficiencia no es un solitario lunar blanco que se recorta ocasionalmente en nuestra sociedad en crisis, aunque sí una muestra mayor de calidad humana dentro de un sistema privado de voluntariado. Una urdimbre de servicios humanitarios donde conviven decenas de grandes y medianas organizaciones no gubernamentales -las famosas ONG- que recuperan todos los días para el país la calidad de un solidarismo que el Estado ineficiente dejó de cultivar.
El factor que las dinamiza es el espíritu de una sociedad libre que trata por sí misma de superar el largo fracaso de poderes públicos que finalmente hizo crisis y lo puso en evidencia. No siempre es advertido ese potencial argentino, especialmente por aquellos que, pese a la experiencia, demandan pertinazmente para el Estado la administración de los servicios públicos, despreciando la iniciativa privada.
Esta demostración, como tantas otras en las que no se repara adecuadamente, y un poder político eficiente y acorde con los recursos del país que la encauce con gestiones y prestaciones indelegables, conjugan el sistema de vida que la gran mayoría de los argentinos demanda, cansados de un estéril debate ideológico que, para colmo, deben financiar.







