31 Marzo 2005 Seguir en 
Es sabido que la impresionante tragedia ocurrida en el boliche porteño de Once, hace tres meses, planteó en forma aguda la necesidad de que los locales a los que concurren a bailar los jóvenes cumplan con los requisitos de seguridad reglamentarios. Por cierto que ellos están prescriptos en ordenanzas de todas las municipalidades; pero también es cierto que su observancia era, como regla general, muy relativa y, en muchos casos, directamente nula.
El hecho de que dos centenares de personas hayan sufrido una muerte horrible en República Cromagnon determinó que las autoridades y la comunidad volvieran con fuerza su atención hacia esas normas olvidadas. El cumplimiento de ellas, ahora, se ha transformado en una prioridad, y está muy bien que así ocurra.
En nuestra edición de ayer, una extensa nota enfoca la cuestión de referencia, tal como se da en Tucumán. Los controles en la treintena de boliches de la capital revelaron que, en muchos de ellos, las pautas de seguridad no se cumplían.
La situación se ha corregido, según expresa uno de los funcionarios, en un 80 %. Pero queda el porcentaje de los que aún no han seguido ese camino.
No solamente es una cuestión de colocar matafuegos, de abrir salidas de emergencia y de señalizar su ubicación, o de evitar el uso de materiales inflamables. También resulta fundamental que el espacio tenga las características adecuadas como para albergar a grandes masas. Se sabe que hay varios locales que no han sido habilitados específicamente como bailables, y sin embargo, en los hechos, funcionan como si lo estuvieran. Esto los pone peligrosamente al margen de los controles.
Pensamos que las autoridades tienen que ser implacables en su exigencia acerca de estas normas. Y la vigilancia debe ser constante. La carga de los matafuegos debe ser periódicamente renovada; como también debe verificarse si las salidas de emergencia teóricamente habilitadas se mantienen siempre expeditas; y si ellas respetan las pautas fijadas sobre su tamaño y sobre el sentido de apertura de las puertas.
Solamente la inspección rigurosa y frecuente sobre tales rubros hará que la seguridad se dé más allá de la teoría. La verificación debe ser tan minuciosa en la capital como en el interior de la provincia, donde existen muchos establecimientos de este tipo, y no todos cumplen con las reglamentaciones, como nuestra nota lo apunta. De otro lado, resulta lamentable la indiferencia de los jóvenes acerca de estas cuestiones, que están directamente relacionadas con la protección de su vida, nada menos. Nuestra nota consigna que quienes concurren a los boliches no parecen preocuparse por los lugares donde se hallan los matafuegos o las salidas de emergencia, como si se tratara de asuntos que de ninguna manera les incumbieran.Está de más decir que sería conveniente una modificación sustancial de la conducta al respecto.
En los colegios y, sobre todo, en el seno del hogar, se los debiera instruir en la necesidad de preocuparse por los recaudos de seguridad y, consecuentemente, recomendarles no concurrir a los establecimientos que carezcan de aquellos, para evitar que una noche de diversión termine en duelo y llanto. El caso de Cromagnon no solamente fue producto de la mala suerte, como piensan algunos entrevistados. Fue obra exclusiva de la irresponsabilidad de los propietarios y de la irresponsabilidad de algunos de los concurrentes, como es por todos conocido.
Así, interesa a la comunidad que se mantenga la inquietud pública por los requisitos de seguridad en los locales bailables, de manera constante y sostenida, de aquí en adelante.
El hecho de que dos centenares de personas hayan sufrido una muerte horrible en República Cromagnon determinó que las autoridades y la comunidad volvieran con fuerza su atención hacia esas normas olvidadas. El cumplimiento de ellas, ahora, se ha transformado en una prioridad, y está muy bien que así ocurra.
En nuestra edición de ayer, una extensa nota enfoca la cuestión de referencia, tal como se da en Tucumán. Los controles en la treintena de boliches de la capital revelaron que, en muchos de ellos, las pautas de seguridad no se cumplían.
La situación se ha corregido, según expresa uno de los funcionarios, en un 80 %. Pero queda el porcentaje de los que aún no han seguido ese camino.
No solamente es una cuestión de colocar matafuegos, de abrir salidas de emergencia y de señalizar su ubicación, o de evitar el uso de materiales inflamables. También resulta fundamental que el espacio tenga las características adecuadas como para albergar a grandes masas. Se sabe que hay varios locales que no han sido habilitados específicamente como bailables, y sin embargo, en los hechos, funcionan como si lo estuvieran. Esto los pone peligrosamente al margen de los controles.
Pensamos que las autoridades tienen que ser implacables en su exigencia acerca de estas normas. Y la vigilancia debe ser constante. La carga de los matafuegos debe ser periódicamente renovada; como también debe verificarse si las salidas de emergencia teóricamente habilitadas se mantienen siempre expeditas; y si ellas respetan las pautas fijadas sobre su tamaño y sobre el sentido de apertura de las puertas.
Solamente la inspección rigurosa y frecuente sobre tales rubros hará que la seguridad se dé más allá de la teoría. La verificación debe ser tan minuciosa en la capital como en el interior de la provincia, donde existen muchos establecimientos de este tipo, y no todos cumplen con las reglamentaciones, como nuestra nota lo apunta. De otro lado, resulta lamentable la indiferencia de los jóvenes acerca de estas cuestiones, que están directamente relacionadas con la protección de su vida, nada menos. Nuestra nota consigna que quienes concurren a los boliches no parecen preocuparse por los lugares donde se hallan los matafuegos o las salidas de emergencia, como si se tratara de asuntos que de ninguna manera les incumbieran.Está de más decir que sería conveniente una modificación sustancial de la conducta al respecto.
En los colegios y, sobre todo, en el seno del hogar, se los debiera instruir en la necesidad de preocuparse por los recaudos de seguridad y, consecuentemente, recomendarles no concurrir a los establecimientos que carezcan de aquellos, para evitar que una noche de diversión termine en duelo y llanto. El caso de Cromagnon no solamente fue producto de la mala suerte, como piensan algunos entrevistados. Fue obra exclusiva de la irresponsabilidad de los propietarios y de la irresponsabilidad de algunos de los concurrentes, como es por todos conocido.
Así, interesa a la comunidad que se mantenga la inquietud pública por los requisitos de seguridad en los locales bailables, de manera constante y sostenida, de aquí en adelante.







