Conductores iracundos

Preocupantes características de los conductores tucumanos: irrespetuosos, violentos e intolerantes.

30 Marzo 2005
En nuestra edición de ayer, nos ocupamos de una tendencia lamentable entre quienes conducen automotores en San Miguel de Tucumán. En un sondeo realizado por LA GACETA on line, casi el 97% de los consultados opinó que los conductores tucumanos son irrespetuosos, violentos e intolerantes. Sólo un 3,13% los consideró amables y respetuosos de las leyes. El juicio negativo fue corroborado por personas consultadas en la calle, de las cuales ninguna, ni siquiera turistas, dejaron de emitir una opinión desfavorable.
La falta de respeto a las normas de tránsito, incluyendo un desdén por los semáforos; la agresividad de quienes manejan y su constante disposición al insulto, cuando no a la riña; la absoluta indiferencia de ciclistas y motociclistas por ordenanzas elementales, aun las previstas para su propia protección, se enumeraron entre las características más salientes del conductor tucumano. Hubo bastante coincidencia en afirmar que quienes guían taxis o remises son los mayores infractores, y también los que hacen gala, con frecuencia, de las respuestas más iracundas.
Un panorama como el descripto contiene, nos parece, material más que suficiente para inquietar a las autoridades y a la población en general.
Nuestra capital, como lo hemos recordado varias veces, dista de tener un diseño cómodo para la circulación de un parque automotor en constante expansión, como es el existente en Tucumán. Su casco urbano está integrado por arterias cuyo ancho no se ha modificado desde los tiempos coloniales, a lo que se agregan las complicaciones creadas por las peatonales.
Se suma a ese cuadro la general estrechez de las aceras, colmadas, en el sector céntrico, por vendedores ambulantes, que obligan al peatón a bajar a la calzada. Lo que incrementa, si cabe, la pesadez de la circulación, aparte de crear el lógico peligro.
De más está decir que todo esto ya es suficientemente complicado, como para que se le añada la conducta destemplada de los usuarios.
No se necesita demasiada imaginación para predecir que, de no modificarse sustancialmente aquella, el paso por las calles de San Miguel de Tucumán puede llegar a convertirse en una peligrosa aventura para cualquiera.
Evidentemente, semejante perspectiva no resulta deseable para una ciudadanía que, suponemos, aspira a que su ciudad no sólo experimente crecimiento y progreso, sino que sea, al mismo tiempo, un ámbito donde se respeten las pautas mínimas que deben reglar la convivencia colectiva.
Conductores rebeldes a las normas y dispuestos al recurso violento frente a cualquier circunstancia, significan un peligro para todos, que enrarece de modo notorio el clima humano de la ciudad en que habitamos. Está claro que tal panorama no se soluciona sólo con la aplicación severa de las ordenanzas vigentes, por parte de la autoridad municipal.
Hace falta, de modo simultáneo y en igual nivel de importancia, una profunda tarea de educación respecto de la conducta de las personas en la vía pública. Es allí donde resulta preciso manifestar, acaso con mayor nitidez que en otras partes, el respeto y la consideración que deben guardarse por el prójimo, dentro de una sociedad civilizada.
Sería importante, así, una sincera reflexión colectiva sobre el problema que nos ocupa.
Porque, por más que el Estado adopte esas providencias que puede -y debe- poner en ejecución, ellas nunca serán suficientes si no existe, en la comunidad, un franco ánimo de contener sus impulsos y sus fastidios, de modo que ellos no tengan la deplorable expresión que poseen hoy.

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