Rapiña en hospitales

Esta deprimente realidad exige una intensa acción educativa y concientizadora.

29 Marzo 2005
Hemos dedicado una extensa nota a la preocupación de las autoridades de los hospitales Angel C. Padilla y Centro de Salud por la creciente cantidad de robos hormiga y por la pérdida de pertenencias personales que caracterizan, en estos últimos tiempos, la vida cotidiana de esos establecimientos. Detalla nuestra nota que en el Padilla, por ejemplo, se robaron todos los grifos y las cañerías de los baños de una sala; mientras en otras dependencias del nosocomio se sustrajeron los sanitarios inaugurados dos días antes. Ni siquiera los elementos empotrados se salvaron.
En ese hospital, los robos se suceden desde hace tres años: televisor, videocasetera, colchones, numerosos juegos de sábanas, el disco rígido del Departamento de Estadística y la bomba de agua del nosocomio, en una incompleta nómina por de más reveladora.
Los delincuentes muestran a través de sus maniobras un perfecto conocimiento de los usos del hospital, ya que no tuvieron inconvenientes para burlar la vigilancia del destacamento de Policía allí instalado. En el Centro de Salud, además del robo de electrobisturíes del quirófano de la guardia, es constante la desaparición de pertenencias de los internados o de sus familiares; a lo que debe agregarse la depredación en los 94 baños existentes.
Cabe señalar que en la guardia, los policías cumplen funciones administrativas, mientras la efectiva vigilancia está a cargo de un solo uniformado. Como dice el director del Centro de Salud: "es imposible que un solo policía controle todo un hospital".
No puede dudarse que una situación como la descripta representa un considerable daño para el sistema de salud de nuestra provincia. Este no puede sino verse seriamente afectado -en la faz operacional y en el presupuesto- por la constante rapiña.
Parece más que evidente que las autoridades deben tomar inmediata intervención en el asunto y que ella debe iniciarse por la dotación, a esos centros asistenciales, de la cantidad suficiente de policías, equipados como corresponde y con posibilidades de comunicación inmediata.
Al mismo tiempo, no puede evitarse una reflexión sobre la cuestión de fondo en este asunto. Hay que deplorar que en nuestra sociedad haya personas capaces de producir daños en elementos que existen, paradójicamente, para su beneficio, porque a todos interesa que los hospitales tengan las instalaciones adecuadas. Es el mismo caso de quienes ejercitan a diario depredaciones contra los refugios de pasajeros de ómnibus, los bancos de plazas, los teléfonos públicos, los carteles indicadores de calles, etcétera, elementos todos cuya finalidad se traduce en beneficios indudables para toda la comunidad.
Frente a tan deprimente realidad, se hace necesario -además de la prevención policial- una intensa acción educativa y concientizadora que, por cierto, debe comenzar en la escuela. Debiera imprimirse en la mente de los niños y de los jóvenes, la noción elemental de esforzarse para no perjudicar y ayudar a mantener en buenas condiciones ese universo de cosas cuyo costo pagamos entre todos y que se instalaron para mejorar la calidad de vida de quienes aquí habitamos.
Por cierto, esa tarea debe practicarse también en el hogar. Los progenitores debieran inculcar a sus hijos una conducta respetuosa de esos bienes públicos, cuya existencia no significa daño para nadie y sí numerosos beneficios para todos.
Estas reflexiones son elementales, pero parecen necesarias de consignar frente a hechos cuyo constante crecimiento resulta tan deplorable como asombroso y que perjudican a la totalidad de la población.

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