Memoria de un chalchalero

(De "Memorias de un chalchalero", por Juan Carlos Saravia, Sudamericana, Buenos Aires).

04 Julio 2002
"Hay algo maravilloso en la vida de todo ser humano y es el olor a la familia, a la casa, a la mamá. Nací el 14 de mayo de 1930 en Salta capital y fui el menor de cinco hermanos: Lelia Elisa, Martina Alicia, Elsa Leonor La Negra, Sergio Félix El Chato y yo, que era el petiso de los mandados y el mimado de mis padres. Cuando salían iba donde estaban los vestidos de mi mamá, los abrazaba y los olía; así me reconfortaba hasta que estaban de vuelta. Mucho tiempo después, ya grande, tuve la desgracia en enviudar. Mi hijo más chico tenía tres años y siempre me dio pena saber que no recordaría ni el aspecto de su madre ni el olor de mamá que todas las mujeres tienen.
Mi padre era bajo, elegante para caminar (todos los petisos tratamos de andar bien derechos). Tenía un carácter fuerte y a la vez muy jovial. En aquella época trabajaba en la policía; almorzaba con nosotros y después se iba a la jefatura. Por las noches, cuando terminaba de comer, se reunía con sus amigos en el Club 20 de Febrero. Jugaba al truco, a la loba y volvía a casa. Fue un gran bailarín, hasta que murió, a los sesenta años. Bailaba danzas folclóricas, tango; también el fox-trot y el vals. Tenía un frac con cola y era admirable verlo moverse. Aunque le llevaba quince años a mi madre, en esa época cuando la mujer se casaba se amatronaba y se hacía vieja; o sea que ella pasó a ser casi de la edad de él. Era una gorda maravillosa, que siempre andaba contenta. Era muy solidaria con mi papá y creo que estaba muy enamorada de él. Nunca los oímos discutir; quizás por eso había tanta alegría en nuestra casa. Una sola vez me enojé con ella, porque me retó, y me fui dando un portazo a la cancel. Ya era viuda. Enseguida pensé: ¡Qué animal soy! Abrí la puerta y volví a pedirle disculpas. Ella me dijo: No, hijito, está bien. Pero esa noche no salí, porque me sentí muy mal y con ganas de abrazarla y pedirle muchas veces que me perdonara. Ella era así, ideal para mimarla.
Fue una vida muy linda la de esos primeros años en Salta. Yo dormía en una cuna medio grande y mis hermanas, las muy canallas, se divertían asustándome. Se subían una arriba de otra, se tapaban con una sábana, se ponían plumeros y me despertaban a los gritos. Vivíamos en una casa con tres patios; la puerta de entrada no tenía llave. Seguía un zaguán largo, largo, que desembocaba en el primer patio, al que daban el comedor diario, el comedor de visitas, la sala y uno de los dormitorios principales. De ahí se pasaba a otro patio, la entrada a la cocina, con una escalera que iba al altillo, donde dormían las dos o tres muchachas que trabajaban en casa, y después había otro fondo más...(...)...
Además de dichosa, era una vida anodina. Había muy poco tránsito. Desde la estación de ferrocarril, trayendo cargas para los almacenes, pasaban un carro, una chata muy grande tirada por tres caballos. Adelante venía un alazán brioso, y detrás una yunta mucho más infeliz. El pasar de esos caballos era una cosa lindísima para ver. Otro carro era el del panadero, al que mi hermano y yo ayudábamos. Sin bajarse, llenaba el canasto y nos decía: la casa tal. Otro canasto: la casa tal. Y hacíamos el reparto en la cuadra. A cambio nos daba un pan dulce a cada uno, una delicia: parecido al pan de leche, pero con anís. En la cuadra siguiente lo ayudaban otros chicos.
En la esquina de la casa daba la vuelta un tranvía...(...)... Siempre era la misma hora. Para mí el tranvía y el curita Santo marcaban el inicio de la siesta en Salta. Porque ahí me quedaba, en la vereda, y no pasaba el tiempo. Me quedaba a ver pasar la vida y la vida no pasaba".

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