Saludable adelanto de las elecciones

Duhalde jamás comprendió el mensaje de los cacerolazos.

03 Julio 2002
Agobiado por la crisis y sin capacidad de respuesta para enfrentar una economía fuera de control y los preocupantes síntomas de descomposición que presenta la sociedad argentina, el Gobierno de Eduardo Duhalde decidió finalmente hacer lo más razonable: adelantar para marzo las elecciones originariamente previstas para octubre del año próximo. Si bien es cierto que los problemas no se resolverán automáticamente con la asistencia a las urnas, la administración que resulte electa tendrá más tiempo, y sobre todo mayor legitimidad -la gestión de Duhalde nació en este punto con una debilidad que jamás pudo zanjar y que con sus desaciertos e inacción sólo agravó-, para afrontar el duro desafío que queda por delante. Por ello, el Poder Ejecutivo Nacional debería utilizar todo este tiempo para convocar a los principales actores sociales -partidos, Iglesia, centrales empresarias y gremiales, y organizaciones intermedias- a fin de que, discusión mediante, avancen en la construcción de grandes consensos sobre la forma de encarar los principales tumores del país: la corrupción, la fragilidad institucional, el desmedido déficit fiscal, la devaluación, el corralito, la desocupación y la crisis de representatividad política. Acuerdos sobre estas materias, similares a los denominados Pactos de la Moncloa, que ensayaron los españoles hace 25 años para afrontar una coyuntura similar, allanarían el terreno para que el próximo gobierno, fortalecido por el voto, pudiera encarar las reformas de fondo que la Nación necesita. Los obstáculos que enfrentó Duhalde no fueron menores. Llegó al poder con la obligación de restaurar el orden, fisurado por la anarquía que provocaron las sucesivas renuncias de Fernando de la Rúa y de Adolfo Rodríguez Saá. En el plano económico debía echar las bases del nuevo sistema que reemplazaría 10 años de convertibilidad. En ambos fracasó. Y la prueba es que sus errores terminaron resucitando fantasmas que parecían definitivamente enterrados. Las demoras en desactivar el corralito y el default decretado por Rodríguez Saá, la falta de una filosofía económica clara y los innumerables traspiés en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) agudizaron aún más la sensación de inseguridad de la gente, que corrió a refugiarse en el dólar ante un peso tan devaluado como el Gobierno y ante la proliferación de monedas espurias. Los precios se dispararon y la inflación reapareció con su habitual carga destructiva, sobre todo para los sectores de menores recursos.
En lo político, Duhalde jamás comprendió el mensaje de hartazgo que transmitieron los cacerolazos de diciembre. A pocos meses de asumir, cuando los hechos de fin de año aún estaban frescos, prometió una atrevida reforma política y se presentó como el piloto idóneo para conducir la transición. Los cambios nunca llegaron -la falta de una sustancial rebaja del gasto político fue y sigue siendo uno de los principales escollos para arreglar con el FMI- y su gestión se transformó en un calvario que, como en el caso de De la Rúa, parecía no conducir a ninguna parte. Para colmo, la actitud represiva de las fuerzas de seguridad ante los desbordes sociales de la semana pasada hacían temer que, como en épocas pasadas, la violencia sólo fuera enfrentada con más violencia y no con la ley en la mano, como sucede en los estados de derecho maduros. Totalmente superado por los acontecimientos, como Raúl Alfonsín en 1989, Duhalde optó por el camino más saludable para las instituciones: dijo basta y anticipó las elecciones. Pero dada la dimensión de la crisis, no es suficiente. Por ello, la sociedad debe transformar toda la bronca movilizada desde diciembre del año pasado en debates, ideas y, sobre todo, en verdaderas alternativas políticas. La democracia argentina está necesitando una renovación. El "que se vayan todos" puede ser, a lo sumo, un síntoma de enojo y de "ya no queremos lo mismo de siempre, otra vez", pero no alcanza para producir el necesario cambio. Esto sólo se consigue participando, votando con responsabilidad, siendo coherentes, honestos y efectivos a la hora de plantear soluciones para los graves problemas que padece el país.

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