02 Julio 2002 Seguir en 
"Qué difícil fue lo nuestro. Las que andamos en esa edad que no tiene definición sociológica visible nos encontramos en un brete. Las que van de cincuenta a sesenta son abuelas jóvenes y señoras mayores y las treintañeras, jóvenes adultas. Sobre ellas no cabe duda. Ahora bien, las que tenemos entre cuarenta y cincuenta... ¿qué somos?La carencia de definición vino al pelo, porque una cosa queda clarísima: somos mujeres. Y como tales, cruzamos un límite que nos impone un reciclaje de todas nuestras costumbres para que la felicidad no sea una utopía.
Durante cuatro décadas el Winco fue un buen compañero de ruta que iluminó sueños, amores concretados y frustrados, momentos robados a las materias más duras del secundario. Le hicimos honor hasta el agotamiento al invento de Mary Quant y las minifaldas nos llegaban a las encías mientras el delineador recalcaba los ojos para compensar el escandaloso despliegue de piernas. Nos movimos bastante al ritmo del rock and roll y entramos en aquella inútil pero entretenida discusión sobre Beatles o Rolling Stones que hoy parece tan lejana y ridícula. La vocación era buscada con anhelos mezclados entre lo que querían en casa y lo que las ganas mandaban. La cabeza daba vueltas y no había revoluciones imposibles. La imaginación al poder era una consigna que estaba al alcance de la mano y Hogar, dulce hogar no dejaba de seducirnos al mismo modo que ya lo había hecho con madres y abuelas...(...)...
Nos pasamos muchísimos años preparándonos para vivir sin darnos cuenta de que ya estábamos gastando unos días maravillosos angustiadas por aprender cosas que... a poco de andar, ya no servían para nada. La causa era obvia pero no por eso estaba clara: el mundo corre rápido, las ideas cambian (por suerte) y los deseos también.
Nuestras madres, padres y parientes cercanos, para no hablar de la escuela y otras instituciones, no hicieron otra cosa que enseñarnos eso que creían valioso, útil y lo que se debía saber. Pero, eso no bastó. Después de pegarnos muchos golpes descubrimos que las reglas aprendidas nos hacían ruido en la cabeza y tuvimos que salir a improvisar cuando era tarde para casi todo.
Del amor, por ejemplo, nos inculcaron ese concepto básico y rosado que nos quitó la mitad de la existencia con una cara equivocada y terminó siendo, a fuerza de experiencias, malas experiencias y raras experiencias, una enfermedad de la que hay que curarse pronto para encararlo con mucha responsabilidad, seriedad y la precisión de un neurocirujano o.. te comen los albatros. Qué lejos quedaron los soñadores comentarios sobre la llegada del príncipe azul que terminó destiñendo en nuestras propias manos...(...)...
No hay queja alguna en este libro. Simplemente se trata de vivirse una segunda vida con reglas claras, agradables y un poco más relajadas. Nos lo tenemos más que merecido".
Durante cuatro décadas el Winco fue un buen compañero de ruta que iluminó sueños, amores concretados y frustrados, momentos robados a las materias más duras del secundario. Le hicimos honor hasta el agotamiento al invento de Mary Quant y las minifaldas nos llegaban a las encías mientras el delineador recalcaba los ojos para compensar el escandaloso despliegue de piernas. Nos movimos bastante al ritmo del rock and roll y entramos en aquella inútil pero entretenida discusión sobre Beatles o Rolling Stones que hoy parece tan lejana y ridícula. La vocación era buscada con anhelos mezclados entre lo que querían en casa y lo que las ganas mandaban. La cabeza daba vueltas y no había revoluciones imposibles. La imaginación al poder era una consigna que estaba al alcance de la mano y Hogar, dulce hogar no dejaba de seducirnos al mismo modo que ya lo había hecho con madres y abuelas...(...)...
Nos pasamos muchísimos años preparándonos para vivir sin darnos cuenta de que ya estábamos gastando unos días maravillosos angustiadas por aprender cosas que... a poco de andar, ya no servían para nada. La causa era obvia pero no por eso estaba clara: el mundo corre rápido, las ideas cambian (por suerte) y los deseos también.
Nuestras madres, padres y parientes cercanos, para no hablar de la escuela y otras instituciones, no hicieron otra cosa que enseñarnos eso que creían valioso, útil y lo que se debía saber. Pero, eso no bastó. Después de pegarnos muchos golpes descubrimos que las reglas aprendidas nos hacían ruido en la cabeza y tuvimos que salir a improvisar cuando era tarde para casi todo.
Del amor, por ejemplo, nos inculcaron ese concepto básico y rosado que nos quitó la mitad de la existencia con una cara equivocada y terminó siendo, a fuerza de experiencias, malas experiencias y raras experiencias, una enfermedad de la que hay que curarse pronto para encararlo con mucha responsabilidad, seriedad y la precisión de un neurocirujano o.. te comen los albatros. Qué lejos quedaron los soñadores comentarios sobre la llegada del príncipe azul que terminó destiñendo en nuestras propias manos...(...)...
No hay queja alguna en este libro. Simplemente se trata de vivirse una segunda vida con reglas claras, agradables y un poco más relajadas. Nos lo tenemos más que merecido".







