02 Julio 2002 Seguir en 
El alcoholismo en Tucumán constituye un problema candente. Así surge de la extensa nota que dedicamos ayer a la cuestión, y que contiene referencias tan inquietantes como la de que 25 personas por día acuden a pedir ayuda al Centro de Rehabilitación del Enfermo Alcohólico, dependiente del Instituto Provincial de Lucha contra el Alcoholismo (IPLA). O que un 67 por ciento de los mayores de 15 años es consumidor habitual de alcohol. O de que en una encuesta sobre 1.000 estudiantes secundarios, se concluye que un 48,6 por ciento de varones y un 44,5 de mujeres beben por lo menos una vez por semana. Esto en la ciudad, ya que en Monteros, un 65 por ciento de varones y un 48 por ciento de mujeres lo hacen tres veces en igual lapso.
Pareciera innecesario ponderar los riesgos de la adicción alcohólica, sobre los que han alertado y alertan sobradamente los especialistas de todo el mundo. Como también referirse a las secuelas que la ingesta alcohólica excesiva tiene en la criminalidad en general, en los accidentes de tránsito, en la violencia doméstica, en el ausentismo laboral, en la desocupación y en muchos otros terrenos de la vida cotidiana.
De acuerdo con las declaraciones de sus funcionarios, el IPLA está realizando avances en este terreno, por medio de charlas, de videodebates, de talleres en empresas, colegios y centros vecinales. Han formalizado convenios con las municipalidades, para formar preventores. Pero esto, por positivo que sea, dista de resultar suficiente.
Insiste el IPLA, con acierto, en que la tarea de prevención debiera focalizar concretamente la escuela primaria, ya que es en la edad escolar donde empieza a formarse el núcleo de la adicción. Ello está marcando la necesidad de que se tomen urgentes medidas para realizar acciones en tal sentido. Es un tema que debiera marcarse como prioridad en los programas educativos, y convendría que así se lo implemente sin pérdida de tiempo.
Por otro lado, nos parece que hay una acción municipal que resulta premioso encarar, de modo permanente y no con operativos espectaculares. Nos referimos al celoso control de observancia de las normas que prohíben la venta de alcohol a menores. Sabemos que, en teoría, todos los propietarios de negocios de diversión aseguran que respetan dichas normas. Pero la realidad nos muestra otra cosa. Si la más superficial recorrida por las calles de esta ciudad durante los fines de semana permite ver a menores euforizados en las mesas de los bares, ello está indicando que en algún lugar adquieren la bebida. Y es preciso recordar que en una época de crisis como la que vivimos, y donde un enorme caudal de preocupaciones y problemas irresueltos pesa sobre el ánimo de las personas, los escapes a la realidad por la vía de las adicciones se tornan desgraciadamente más abundantes.
Ello hace más premioso todavía, si cabe, entender al alcoholismo como una muy seria cuestión social, merecedora de todos los esfuerzos para controlarla. Se trata, además, de un vasto terreno, donde no solamente se halla el problema de prevenir el alcoholismo, sino el de la recuperación de los adictos y de los grupos familiares afectados, entre varios otros.
La comunidad debe, también, poner su parte en la lucha contra este flagelo. Mucho es lo que los progenitores pueden hacer en el seno del hogar para evitar que sus hijos resulten víctimas de lo que decimos. Por cierto que lo más eficaz será predicar con el ejemplo, ya que suenan a irracionales los consejos de sobriedad si quienes los imparten no los practican.
Debe extirparse ese peligroso mensaje que asocia la ingesta alcohólica excesiva con los ratos graciosos o divertidos. Ello implica esconder la terrible realidad que yace indefectiblemente por detrás, y que no distingue edades, ni sexos, ni estratos sociales.
Pareciera innecesario ponderar los riesgos de la adicción alcohólica, sobre los que han alertado y alertan sobradamente los especialistas de todo el mundo. Como también referirse a las secuelas que la ingesta alcohólica excesiva tiene en la criminalidad en general, en los accidentes de tránsito, en la violencia doméstica, en el ausentismo laboral, en la desocupación y en muchos otros terrenos de la vida cotidiana.
De acuerdo con las declaraciones de sus funcionarios, el IPLA está realizando avances en este terreno, por medio de charlas, de videodebates, de talleres en empresas, colegios y centros vecinales. Han formalizado convenios con las municipalidades, para formar preventores. Pero esto, por positivo que sea, dista de resultar suficiente.
Insiste el IPLA, con acierto, en que la tarea de prevención debiera focalizar concretamente la escuela primaria, ya que es en la edad escolar donde empieza a formarse el núcleo de la adicción. Ello está marcando la necesidad de que se tomen urgentes medidas para realizar acciones en tal sentido. Es un tema que debiera marcarse como prioridad en los programas educativos, y convendría que así se lo implemente sin pérdida de tiempo.
Por otro lado, nos parece que hay una acción municipal que resulta premioso encarar, de modo permanente y no con operativos espectaculares. Nos referimos al celoso control de observancia de las normas que prohíben la venta de alcohol a menores. Sabemos que, en teoría, todos los propietarios de negocios de diversión aseguran que respetan dichas normas. Pero la realidad nos muestra otra cosa. Si la más superficial recorrida por las calles de esta ciudad durante los fines de semana permite ver a menores euforizados en las mesas de los bares, ello está indicando que en algún lugar adquieren la bebida. Y es preciso recordar que en una época de crisis como la que vivimos, y donde un enorme caudal de preocupaciones y problemas irresueltos pesa sobre el ánimo de las personas, los escapes a la realidad por la vía de las adicciones se tornan desgraciadamente más abundantes.
Ello hace más premioso todavía, si cabe, entender al alcoholismo como una muy seria cuestión social, merecedora de todos los esfuerzos para controlarla. Se trata, además, de un vasto terreno, donde no solamente se halla el problema de prevenir el alcoholismo, sino el de la recuperación de los adictos y de los grupos familiares afectados, entre varios otros.
La comunidad debe, también, poner su parte en la lucha contra este flagelo. Mucho es lo que los progenitores pueden hacer en el seno del hogar para evitar que sus hijos resulten víctimas de lo que decimos. Por cierto que lo más eficaz será predicar con el ejemplo, ya que suenan a irracionales los consejos de sobriedad si quienes los imparten no los practican.
Debe extirparse ese peligroso mensaje que asocia la ingesta alcohólica excesiva con los ratos graciosos o divertidos. Ello implica esconder la terrible realidad que yace indefectiblemente por detrás, y que no distingue edades, ni sexos, ni estratos sociales.







