Los mexicanos acuñaron una metáfora para reseñar los pesares que su clase dirigente les ha acarreado. "¿Y dónde está el diablo ahora que lo necesitamos?", golpea el dicho. "Lo que preguntamos, en realidad, es dónde están los beneficios de las privatizaciones, ahora que se han vendido las joyas de la abuela", explicaba en un seminario de periodismo, en Colombia, la columnista Daniela Pastrana, del diario mexicano "La Jornada".
La Argentina bien podría importar esta expresión, tan propia para los aciagos días que corren. A Tucumán, en cambio, no le haría falta. Dilapidadas las alhajas de esta joven patria avejentada, los Aportes del Tesoro Nacional que se giraron a la provincia vienen a representar, aquí, la pensión que le quedaba a la pobre Argentina. Pero en esta provincia muerta de frío, "la plata llegó y el poncho no aparece".
Curiosamente, este adagio fue popularizado en la Legislatura por el peronista Osvaldo Cirnigliaro. El mismo que propuso crear una comisión especial que investigue qué paso con los ATN. La iniciativa sigue sin tratamiento en el honorable Parlamento provincial.
Sin paradero
La gente común tiene sentido común y hace preguntas simples. Sobre los ATN, para estas latitudes, caben dos interrogantes. El primero es dónde están los recursos. Porque la plata, sobre todo si hablamos de U$S108,7 millones, se ve. En más hospitales, en menos mendigos, en más escuelas, en menos desocupados, en más rutas, en menos delincuencia.
Como aquí se observa todo lo contrario, el pueblo advierte que el dinero no está y formula su segundo planteo. "¿Quién se lo llevó?". Lo cual, dado que eran fondos públicos provenientes de los impuestos de los ciudadanos, legítimamente puede traducirse en ¿quiénes se lo robaron?
En su ya citado libro "Escritos Imprudentes", Juan Pablo Feinmann recuerda un chiste de Tato Bores acerca de que la única forma de arreglar el país era venderlo, repartir la plata entre sus habitantes y mudarse al extranjero. La realidad, acá, supera cualquiera ficción. Porque al país lo vendieron. Y en Tucumán remataron una "ponchada" de ATN. Y la plata no está.
Según acaba de determinar la investigación de LA GACETA, llegaron U$S102,6 millones entre 1990 y 1999 y casi U$S6,1 millones en el bienio pasado. Sólo el diputado radical Carlos Courel dio la cara, con planillas, carpetas y recibos que prueban que hay U$S800.000 (el 0,7% del total) que llegaron a destino.
Ahora, el fiscal anticorrupción Esteban Jerez investiga quiénes se llevaron el resto. Y el tema no es leve ni menor. En Neuquén, la ex diputada menemista Norma Miralles de Romero fue condenada a cuatro años de prisión efectiva por la Justicia provincial, por defraudar al Estado en el desvío de ATN.
Se sabe quiénes son
Pero en Tucumán, la gente, antes que las sentencias, ya sabe quiénes se quedaron con lo suyo. Los reconoce como nuevos ricos, con camionetas 4x4, vacaciones lujosas y mansiones fastuosas.
Otros se llevaron el dinero en campañas electorales. Los millones destinados a "desequilibrios financieros" fueron a cubrir la sobrepoblación de empleados públicos con la que se atiborraron comunas, intendencias y la administración pública provincial.
Delegados, intendentes, legisladores, diputados, senadores y gobernadores ubicaron allí a sus punteros. Y engrosaron la planilla salarial en 70.000 puestos.
Eso, claro está, sin entrar a hablar de los gestores y de los administradores de las localidades beneficiarias se quedaban con una parte de la asistencia. Tal como unos y otros lo admiten no oficialmente.
Millones de violencia
La agresión física, como la represión a los trabajadores de la construcción que la semana pasada cortaban puentes, es sólo una especie de la violencia. Las personas, y el Estado como persona de existencia necesaria, pueden ejercer varios otros tipos de ella. Como la psicológica, la social, la económica.
La violencia, enseña el sociólogo tucumano Javier Ortega, "es todo sometimiento de un sujeto a una situación no deseada". Todo un acercamiento a la realidad vernácula. Porque aquí, violentar el destino de millones y millones de dólares, sometiendo a los tucumanos a una realidad que aborrecen, pareciera no tener nombre.
Pero desde hace mucho tiempo, violentamente, se viene llamando "gobernar".







