01 Julio 2002 Seguir en 
Aunque la llovizna de estos últimos días parezca desmentirlo, lo normal es que nuestro invierno sea bastante "primaveral", a lo largo de todo su transcurso.
En 1886, Domingo Faustino Sarmiento, en el álbum de la institución tucumana que lleva su nombre, elogiaba la benignidad de la estación entre nosotros. "Clima tan suave, bajo un cielo siempre azul celeste, luminoso, que ninguna nubecilla perturba por meses, tiene en junio la temperatura de la primavera en otros países", escribía, embelesado por ese "sol tibio, sobre campiñas de naranjos derramando naranjas al sacudir de la brisa, aspirando el ambiente perfumado de la zafra". En el mismo sentido, Paul Groussac recordaría siempre aquel deleite de sus mocedades que constituyó "el tibio y perfumado invierno tucumano, que es su verdadera primavera".
No dejaban de tener razón, el prócer y el literato, de elogiar la confortabilidad que la estación invernal tiene habitualmente entre nosotros. Resulta tan apreciada que es una de las razones por las cuales, en esta época, convergen sobre Tucumán esos contingentes de turistas que tan importantes resultan para reactivar la alicaída actividad comercial.
Empero, no se puede menos que reconocer que, por benigno que sea, el invierno de Tucumán no deja de ser tal, con ciertos días de intenso frío y con todas las secuelas que ello significa en materia de enfermedades. Sabemos que estas pueden resultar muy graves, sobre todo para las personas que han cruzado ya el umbral de la madurez. En los otros casos, de cualquier modo se traducen en un dañoso ausentismo escolar y laboral.Y sucede que, entre nosotros, acaso porque el verano es la estación más larga e importante, no estamos preparados para el frío, en una serie de aspectos.
La mayoría de las oficinas públicas, por ejemplo, son tan sofocantes en el estío como heladas durante el invierno. No existe calefacción, más que la brindada por alguna pequeña estufa pegada a los pies del empleado que teclea su máquina; los cierres de puertas y ventanas son defectuosos, y se filtran por ellos malsanos chorros de aire congelante.Además, generalmente el público debe aguardar la atención en pasillos abiertos y sometidos a toda la inclemencia del termómetro.
Como si esto fuera poco, en los medios de transporte la situación es similar. Con mucha frecuencia, a las ventanillas de los ómnibus les falta el cristal, o no cierran debidamente por algún desperfecto.
Ello además de los casos en los que a algún pasajero se le ocurre descorrerlas y el chofer no interviene para hacerlas cerrar, aunque todos los demás sufran el frío. Qué decir de la pesadilla en que puede transformarse un viaje a larga distancia cuando la calefacción del ómnibus no funciona, cosa para nada rara.
En los taxis, es igualmente frecuente lo que acabamos de decir. Dada la cantidad de automotores destartalados que prestan el servicio, además del mal cierre de las ventanillas presentan el problema de las corrientes de aire que cruzan el interior del vehículo a causa de deficiencias en la carrocería, en el cierre de puertas o en la juntura de los cristales.
No es necesario decir que todo este panorama, dentro del cual marcamos solamente algunos puntos a título de ejemplos suficientes, puede y debe ser corregido, en alguna medida, para preservar la salud del público forzado a soportar la baja temperatura.
Si se realizara una investigación acerca de este tema (que nada tiene de trivial si se medita sobre sus secuelas) nos sorprenderían las conclusiones acerca de cuán poco protegidos estamos los tucumanos contra el rigor invernal y, por consiguiente, cómo se multiplican las posibilidades de enfermarnos en esta época del año.
En 1886, Domingo Faustino Sarmiento, en el álbum de la institución tucumana que lleva su nombre, elogiaba la benignidad de la estación entre nosotros. "Clima tan suave, bajo un cielo siempre azul celeste, luminoso, que ninguna nubecilla perturba por meses, tiene en junio la temperatura de la primavera en otros países", escribía, embelesado por ese "sol tibio, sobre campiñas de naranjos derramando naranjas al sacudir de la brisa, aspirando el ambiente perfumado de la zafra". En el mismo sentido, Paul Groussac recordaría siempre aquel deleite de sus mocedades que constituyó "el tibio y perfumado invierno tucumano, que es su verdadera primavera".
No dejaban de tener razón, el prócer y el literato, de elogiar la confortabilidad que la estación invernal tiene habitualmente entre nosotros. Resulta tan apreciada que es una de las razones por las cuales, en esta época, convergen sobre Tucumán esos contingentes de turistas que tan importantes resultan para reactivar la alicaída actividad comercial.
Empero, no se puede menos que reconocer que, por benigno que sea, el invierno de Tucumán no deja de ser tal, con ciertos días de intenso frío y con todas las secuelas que ello significa en materia de enfermedades. Sabemos que estas pueden resultar muy graves, sobre todo para las personas que han cruzado ya el umbral de la madurez. En los otros casos, de cualquier modo se traducen en un dañoso ausentismo escolar y laboral.Y sucede que, entre nosotros, acaso porque el verano es la estación más larga e importante, no estamos preparados para el frío, en una serie de aspectos.
La mayoría de las oficinas públicas, por ejemplo, son tan sofocantes en el estío como heladas durante el invierno. No existe calefacción, más que la brindada por alguna pequeña estufa pegada a los pies del empleado que teclea su máquina; los cierres de puertas y ventanas son defectuosos, y se filtran por ellos malsanos chorros de aire congelante.Además, generalmente el público debe aguardar la atención en pasillos abiertos y sometidos a toda la inclemencia del termómetro.
Como si esto fuera poco, en los medios de transporte la situación es similar. Con mucha frecuencia, a las ventanillas de los ómnibus les falta el cristal, o no cierran debidamente por algún desperfecto.
Ello además de los casos en los que a algún pasajero se le ocurre descorrerlas y el chofer no interviene para hacerlas cerrar, aunque todos los demás sufran el frío. Qué decir de la pesadilla en que puede transformarse un viaje a larga distancia cuando la calefacción del ómnibus no funciona, cosa para nada rara.
En los taxis, es igualmente frecuente lo que acabamos de decir. Dada la cantidad de automotores destartalados que prestan el servicio, además del mal cierre de las ventanillas presentan el problema de las corrientes de aire que cruzan el interior del vehículo a causa de deficiencias en la carrocería, en el cierre de puertas o en la juntura de los cristales.
No es necesario decir que todo este panorama, dentro del cual marcamos solamente algunos puntos a título de ejemplos suficientes, puede y debe ser corregido, en alguna medida, para preservar la salud del público forzado a soportar la baja temperatura.
Si se realizara una investigación acerca de este tema (que nada tiene de trivial si se medita sobre sus secuelas) nos sorprenderían las conclusiones acerca de cuán poco protegidos estamos los tucumanos contra el rigor invernal y, por consiguiente, cómo se multiplican las posibilidades de enfermarnos en esta época del año.







