12 Febrero 2005 Seguir en 
"Bienvenidos al fabuloso mundo del poderoso Circo Australiano", anunciaba el presentador, mientras -en el marco de un increíble despliegue de luces y colores- payasos, malabaristas y trapecistas desfilaban ante los ojos atónitos de los chicos y los grandes que esperaban una noche mágica.
Entre el nerviosismo previo al show y los rugidos de los animales, los artistas de la compañía se preparaban para sorprender y dar lo mejor de sí, en un espectáculo que, para muchos, quedaría grabado en la memoria.
Antón, el "Maradona" de los malabares, como lo presentó el maestro de ceremonias, fue el primero en dejar atónito al público. Entre sus manos pasaban innumerables clavas y raquetas de tenis; pero lo que dejó a todos sorprendidos fue cómo usaba la boca para hacer malabares con siete pelotitas de ping pong.
El desfile
Los aplausos colmaron la carpa cuando Gisella (13), la hija del domador, subió a lo más alto de la carpa por dos largas telas, que se trenzaban en sus delgadas piernas.
Los chicos se pararon luego en sus sillas para no perderse el desfile de animales que comenzó con el número del oso pardo y continuó con los simpáticos caballos enanos y el mono fumador. Cuando pusieron rejas alrededor del escenario llegó el plato fuerte del show: el león africano y los siete tigres de Bengala. Oscilando entre el miedo y la curiosidad, los niños no dejaban de aplaudir las destrezas que, bajo la indicación del domador, desplegaban los animales. De repente las luces se apagaron, pero la carpa quedó iluminada por un aro de fuego. La prueba fue superada: los felinos pasaron a través de las llamas, sin ningún traspié.
Las sonrisas se transformaron en carcajadas con los actos de los payasos "Cottolengo" y "Socotroco". El primero mostró su habilidad con el monociclo, mientras que el segundo hechizó al público con su dulzura y con el juego de la muñeca humana, representada por la pequeña Johana, de 10 años.
La adrenalina y el vértigo llegaron con los trapecistas, cuatro jóvenes que dieron clase de equilibrio y fuerza en las alturas. Los espectadores parecían hechizados por el impecable número de piruetas aéreas y soltaron algunas risas con un simpático "Batman" que cortaba la tensión con sus bromas en el aire.
Las dos horas de función bastaron para que chicos y grandes disfrutaran de la magia y quedaran con la esperanza de que algún día ese mundo de carpas y animales vuelva para traer alegría y diversión a los tórridos veranos de la ciudad.
Una comunidad que reparte alegría por los caminos
El "Circo Australiano" instaló su pequeño mundo en estas tierras, con la esperanza de alegrar las tardes y las noches tucumanas.
Son muchos los artistas que ensayan todos los días para que, en la función, todo salga perfecto. Y los partidos de fútbol entre los hombres de la compañía, durante los momentos libres, son un clásico.
Donato Luis Bevilacqua, gerente general de la compañía, asegura que son muy felices viviendo un poco en cada ciudad, siempre viajando.
"No somos cirqueros por elección, no elegimos esta vida. Lo somos por tradición, pero también por convicción. Esta es la vida que queremos. Muchos nos preguntan si nos aburre y yo les contesto que no. Porque nos ha tocado experimentar muchas aventuras. Lo cotidiano nos aburre y lo nuevo nos satisface", confesó Bevilacqua.
En 1981, la compañía de Miguel Omar Yovanovich, uno de los fundadores, trajo a la Argentina el primer canguro australiano.
Por ese entonces se llamaba "Circo australiano del canguro boxeador". Tiempo después, el animal murió, pero el nombre quedó grabado en la historia del grupo y en la memoria de la gente.
A través del mar
Allá por el año 1.800, un grupo de serbios, expulsados de su país, decidieron cambiar el rumbo de sus vidas e instalarse en tierras lejanas. Viajaron por mar y trajeron a nuestro país el circo tradicional europeo.
"Antes, los espectáculos eran realizados por los cirqueros que circulaban por las calles de la ciudad con osos, perros comediantes y monos vestidos con miriñaque que tocaban el platillo. Hacían algunos números y nada más; así comenzó todo", contó el gerente general.
Hoy son 70 las personas que viven entre lonas y jaulas de animales para llevar a todas partes un puñado de sueños y esperanza.
El camino es infinito para el "Circo Australiano", que ya estuvo en Colombia, en Uruguay y en Brasil, entre otros países. "Cuando vemos que las ventas de entradas van decayendo, nos mudamos a otro lugar, en donde necesiten de nuestra magia", dijo Bevilacqua, mientras pensaba cuál sería su próximo destino.
Humor y vértigo, cerca del techo de la carpa
Sin que el vértigo los detenga, cuatro jóvenes disfrutan de volar en el aire. Ellos son los trapecistas que, con sus piruetas, en lo más alto de la carpa, fascinan al público de todas las edades.
Johnathan, de 15 años, asegura que en las alturas es una persona diferente. "Me siento liviano y descargo todo lo que soy en el aire. Es una experiencia muy difícil de explicar", cuenta. El y su primo Daniel, también trapecista, hicieron un pacto: cuando cumplan entre 26 y 27 años, elegirán un mismo día para casarse. "Yo me uní a esta compañía porque estaba mi primo; él es mi única familia. Y si me enamoro de una mujer que no quiera vivir acá, no voy a tener otra opción que dejarla", aseguró Daniel.
El payaso del grupo
Marco Antonio, o "Junior" como lo llaman sus compañeros, es trapecista y payaso a la vez. "Lo más lindo que tiene mi profesión es hacer reír a los más chicos. Arrancar una sonrisa me hace muy feliz y el vértigo que me transmite el trapecio me mantiene vivo", contó el joven de 21 años, que interpreta al payaso "Socotroco junior" en la función.
Un espectáculo para todas las edades
El público se fue de la función con las expectativas cumplidas: se rieron, se asombraron y hasta soñaron.
Patricia Tapia, de 35 años, decidió pasar una noche diferente junto con sus dos hijos y sus sobrinos. "Con mi hermana decidimos que no debían perderse un entretenimiento tan sano como es el circo. Además queríamos alejarlos, aunque sea una noche, de la televisión", contó Patricia.
Mientras que Juan Clemente, de 68 años, llevó a su nieto y recordó viejas épocas. Mirando al escenario dijo: "es bueno que los chicos y grandes vengan al circo, porque es una diversión para todas las edades".
Estrella, al igual que sus 42 compañeritos de la escuela de alta montaña Gonzalo, Trancas, quedó fascinada con ese mundo de animales, payasos y hombres voladores. Muchos de ellos nunca habían asistido a una función. La señorita "Cele", que trajo a los niños a la ciudad, contó que fueron invitados por la Secretaría de Educación, que solventó todos los gastos. "A los chicos no les alcanzaron las palabras para expresar todo lo que sintieron al ver el espectáculo", contó la maestra.
"Este es un barrio como cualquiera"
Entre clavas y aros, Eugenio Antón, de 40 años, se dio cuenta de que su destino estaba marcado por la precisión y el equilibrio. Nació en el circo y empezó con los malabares desde muy joven. "Ahora utilizo pelotitas de ping pong para hacer mis números. Muy pocas personas lo hacen en el país, porque son trucos muy difíciles que requieren precisión y equilibrio", dijo, orgulloso.
Tres de sus cuatro hijas son contorsionistas y hacen un número juntas. Karen y Helen, las mellizas de 10 años, aseguran que aman el circo y que no les gustaría vivir en otra parte. Su padre las mira y agrega: "nacieron y fueron criadas acá; no conocen otro modo de vida. Cuando sean grandes, tendrán la posibilidad de elegir. Los que vienen de afuera lo ven diferente. Este es un barrio como cualquiera, sólo que nosotros vamos de ciudad en ciudad llevando alegría".
En esta pequeña comunidad no todo es felicidad. "Lo que más nos entristece es la pobreza de algunas ciudades. Nosotros queremos aportar nuestro granito de arena. Queremos hacer sonreír a la gente y lograr, aunque sea por un momento, que se olviden de sus penas", confesó Antón.
Entre el nerviosismo previo al show y los rugidos de los animales, los artistas de la compañía se preparaban para sorprender y dar lo mejor de sí, en un espectáculo que, para muchos, quedaría grabado en la memoria.
Antón, el "Maradona" de los malabares, como lo presentó el maestro de ceremonias, fue el primero en dejar atónito al público. Entre sus manos pasaban innumerables clavas y raquetas de tenis; pero lo que dejó a todos sorprendidos fue cómo usaba la boca para hacer malabares con siete pelotitas de ping pong.
El desfile
Los aplausos colmaron la carpa cuando Gisella (13), la hija del domador, subió a lo más alto de la carpa por dos largas telas, que se trenzaban en sus delgadas piernas.
Los chicos se pararon luego en sus sillas para no perderse el desfile de animales que comenzó con el número del oso pardo y continuó con los simpáticos caballos enanos y el mono fumador. Cuando pusieron rejas alrededor del escenario llegó el plato fuerte del show: el león africano y los siete tigres de Bengala. Oscilando entre el miedo y la curiosidad, los niños no dejaban de aplaudir las destrezas que, bajo la indicación del domador, desplegaban los animales. De repente las luces se apagaron, pero la carpa quedó iluminada por un aro de fuego. La prueba fue superada: los felinos pasaron a través de las llamas, sin ningún traspié.
Las sonrisas se transformaron en carcajadas con los actos de los payasos "Cottolengo" y "Socotroco". El primero mostró su habilidad con el monociclo, mientras que el segundo hechizó al público con su dulzura y con el juego de la muñeca humana, representada por la pequeña Johana, de 10 años.
La adrenalina y el vértigo llegaron con los trapecistas, cuatro jóvenes que dieron clase de equilibrio y fuerza en las alturas. Los espectadores parecían hechizados por el impecable número de piruetas aéreas y soltaron algunas risas con un simpático "Batman" que cortaba la tensión con sus bromas en el aire.
Las dos horas de función bastaron para que chicos y grandes disfrutaran de la magia y quedaran con la esperanza de que algún día ese mundo de carpas y animales vuelva para traer alegría y diversión a los tórridos veranos de la ciudad.
Una comunidad que reparte alegría por los caminos
El "Circo Australiano" instaló su pequeño mundo en estas tierras, con la esperanza de alegrar las tardes y las noches tucumanas.
Son muchos los artistas que ensayan todos los días para que, en la función, todo salga perfecto. Y los partidos de fútbol entre los hombres de la compañía, durante los momentos libres, son un clásico.
Donato Luis Bevilacqua, gerente general de la compañía, asegura que son muy felices viviendo un poco en cada ciudad, siempre viajando.
"No somos cirqueros por elección, no elegimos esta vida. Lo somos por tradición, pero también por convicción. Esta es la vida que queremos. Muchos nos preguntan si nos aburre y yo les contesto que no. Porque nos ha tocado experimentar muchas aventuras. Lo cotidiano nos aburre y lo nuevo nos satisface", confesó Bevilacqua.
En 1981, la compañía de Miguel Omar Yovanovich, uno de los fundadores, trajo a la Argentina el primer canguro australiano.
Por ese entonces se llamaba "Circo australiano del canguro boxeador". Tiempo después, el animal murió, pero el nombre quedó grabado en la historia del grupo y en la memoria de la gente.
A través del mar
Allá por el año 1.800, un grupo de serbios, expulsados de su país, decidieron cambiar el rumbo de sus vidas e instalarse en tierras lejanas. Viajaron por mar y trajeron a nuestro país el circo tradicional europeo.
"Antes, los espectáculos eran realizados por los cirqueros que circulaban por las calles de la ciudad con osos, perros comediantes y monos vestidos con miriñaque que tocaban el platillo. Hacían algunos números y nada más; así comenzó todo", contó el gerente general.
Hoy son 70 las personas que viven entre lonas y jaulas de animales para llevar a todas partes un puñado de sueños y esperanza.
El camino es infinito para el "Circo Australiano", que ya estuvo en Colombia, en Uruguay y en Brasil, entre otros países. "Cuando vemos que las ventas de entradas van decayendo, nos mudamos a otro lugar, en donde necesiten de nuestra magia", dijo Bevilacqua, mientras pensaba cuál sería su próximo destino.
Humor y vértigo, cerca del techo de la carpa
Sin que el vértigo los detenga, cuatro jóvenes disfrutan de volar en el aire. Ellos son los trapecistas que, con sus piruetas, en lo más alto de la carpa, fascinan al público de todas las edades.
Johnathan, de 15 años, asegura que en las alturas es una persona diferente. "Me siento liviano y descargo todo lo que soy en el aire. Es una experiencia muy difícil de explicar", cuenta. El y su primo Daniel, también trapecista, hicieron un pacto: cuando cumplan entre 26 y 27 años, elegirán un mismo día para casarse. "Yo me uní a esta compañía porque estaba mi primo; él es mi única familia. Y si me enamoro de una mujer que no quiera vivir acá, no voy a tener otra opción que dejarla", aseguró Daniel.
El payaso del grupo
Marco Antonio, o "Junior" como lo llaman sus compañeros, es trapecista y payaso a la vez. "Lo más lindo que tiene mi profesión es hacer reír a los más chicos. Arrancar una sonrisa me hace muy feliz y el vértigo que me transmite el trapecio me mantiene vivo", contó el joven de 21 años, que interpreta al payaso "Socotroco junior" en la función.
Un espectáculo para todas las edades
El público se fue de la función con las expectativas cumplidas: se rieron, se asombraron y hasta soñaron.
Patricia Tapia, de 35 años, decidió pasar una noche diferente junto con sus dos hijos y sus sobrinos. "Con mi hermana decidimos que no debían perderse un entretenimiento tan sano como es el circo. Además queríamos alejarlos, aunque sea una noche, de la televisión", contó Patricia.
Mientras que Juan Clemente, de 68 años, llevó a su nieto y recordó viejas épocas. Mirando al escenario dijo: "es bueno que los chicos y grandes vengan al circo, porque es una diversión para todas las edades".
Estrella, al igual que sus 42 compañeritos de la escuela de alta montaña Gonzalo, Trancas, quedó fascinada con ese mundo de animales, payasos y hombres voladores. Muchos de ellos nunca habían asistido a una función. La señorita "Cele", que trajo a los niños a la ciudad, contó que fueron invitados por la Secretaría de Educación, que solventó todos los gastos. "A los chicos no les alcanzaron las palabras para expresar todo lo que sintieron al ver el espectáculo", contó la maestra.
"Este es un barrio como cualquiera"
Entre clavas y aros, Eugenio Antón, de 40 años, se dio cuenta de que su destino estaba marcado por la precisión y el equilibrio. Nació en el circo y empezó con los malabares desde muy joven. "Ahora utilizo pelotitas de ping pong para hacer mis números. Muy pocas personas lo hacen en el país, porque son trucos muy difíciles que requieren precisión y equilibrio", dijo, orgulloso.
Tres de sus cuatro hijas son contorsionistas y hacen un número juntas. Karen y Helen, las mellizas de 10 años, aseguran que aman el circo y que no les gustaría vivir en otra parte. Su padre las mira y agrega: "nacieron y fueron criadas acá; no conocen otro modo de vida. Cuando sean grandes, tendrán la posibilidad de elegir. Los que vienen de afuera lo ven diferente. Este es un barrio como cualquiera, sólo que nosotros vamos de ciudad en ciudad llevando alegría".
En esta pequeña comunidad no todo es felicidad. "Lo que más nos entristece es la pobreza de algunas ciudades. Nosotros queremos aportar nuestro granito de arena. Queremos hacer sonreír a la gente y lograr, aunque sea por un momento, que se olviden de sus penas", confesó Antón.







