30 Junio 2002 Seguir en 
"El 24 de agosto de 1999 señaló el centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges, la figura literaria más conocida y una de las más grandes que ha tenido la Argentina.
Hace unos treinta años, mientras él dictaba una serie de conferencias en la Universidad de Harvard, nuestros caminos se cruzaron, empezamos a trabajar juntos en traducciones de su obra al inglés y nos hicimos amigos. Mirándolo ahora, descubro que el impacto de Borges en el curso de mi vida es poco menos que milagroso. A escasos meses de conocernos, los editores empezaron a disputarse sus cuentos y poemas y ensayos en las nuevas versiones que estábamos haciendo. En abril de 1968, en vísperas de su regreso a Buenos Aires, me invitó a reunirme con él en su país, y seis meses más tarde allí estaba yo, totalmente inmerso en su vida y en la vida cotidiana de la Argentina.
Todo eso es una historia que aún falta contar. En el momento, mientras se desarrollaban los acontecimientos, todo era agitado y febril, y yo no tenía tiempo para la reflexión. No obstante, en ningún momento dejé de sentir lo rica y maravillosa que era la vida al lado de Borges. En realidad, tan ricos e imborrables fueron esos tiempos de estrecha relación que ahora, más de una década después de su muerte, sigue habitando la mayoría de mis horas de trabajo y, de vez en cuando, por la noche, hasta mis sueños...(...)...
La lección del maestro ha tenido un singular origen. Al comienzo de nuestra relación, cuando trabajábamos en una edición en inglés de una selección de sus poemas, Borges, en una carta a su editor bonaerense, el difunto Carlos Frías, me describió como el onlie begetter, el único progenitor, del volumen. Era una expresión que los dos, profesores de literatura inglesa, saboreaban.
Al principio quise publicar la memoria que abre este volumen como apéndice de la Autobiografía de Borges, un texto de unas veinte mil palabras que él y yo compusimos en inglés en 1970. Pero los herederos de Borges no vieron con buenos ojos esa idea. No dieron razones ni explicaciones de su decisión, pero de alguna manera consideraron que mi obra de 1988 no merecía aparecer al lado de mi obra con Borges de 1970. Entonces un editor argentino dijo que se comprometía a publicar por separado los dos ensayos.
Al haber trabajado con Borges uno no podía dejar de advertir que menos era más, pero mi ensayo de treinta y tantas páginas se convertiría, pensé, en el libro más delgado en circulación. Marcial Souto, mi mentor en estos temas y otro minimalista en la creación literaria, también tenía sus dudas. (Fue él quien interesó el editor argentino en el proyecto). Souto sugirió que agregara a la memoria uno o más textos míos del mismo tipo. Le envié otro ensayo de veinte páginas y lo aprobó. Después, durante uno o dos meses, me obsesionó una idea un poco triste: lo único que yo quería era publicar un volumen digno del maestro, pero iba a poseer el récord aún menos distinguido de ser el autor del libro casi más delgado de la historia editorial. Había que remediarlo. Empecé a buscar entre mis papeles y me puse a preparar el material que finalmente aparece en estas páginas".
Hace unos treinta años, mientras él dictaba una serie de conferencias en la Universidad de Harvard, nuestros caminos se cruzaron, empezamos a trabajar juntos en traducciones de su obra al inglés y nos hicimos amigos. Mirándolo ahora, descubro que el impacto de Borges en el curso de mi vida es poco menos que milagroso. A escasos meses de conocernos, los editores empezaron a disputarse sus cuentos y poemas y ensayos en las nuevas versiones que estábamos haciendo. En abril de 1968, en vísperas de su regreso a Buenos Aires, me invitó a reunirme con él en su país, y seis meses más tarde allí estaba yo, totalmente inmerso en su vida y en la vida cotidiana de la Argentina.
Todo eso es una historia que aún falta contar. En el momento, mientras se desarrollaban los acontecimientos, todo era agitado y febril, y yo no tenía tiempo para la reflexión. No obstante, en ningún momento dejé de sentir lo rica y maravillosa que era la vida al lado de Borges. En realidad, tan ricos e imborrables fueron esos tiempos de estrecha relación que ahora, más de una década después de su muerte, sigue habitando la mayoría de mis horas de trabajo y, de vez en cuando, por la noche, hasta mis sueños...(...)...
La lección del maestro ha tenido un singular origen. Al comienzo de nuestra relación, cuando trabajábamos en una edición en inglés de una selección de sus poemas, Borges, en una carta a su editor bonaerense, el difunto Carlos Frías, me describió como el onlie begetter, el único progenitor, del volumen. Era una expresión que los dos, profesores de literatura inglesa, saboreaban.
Al principio quise publicar la memoria que abre este volumen como apéndice de la Autobiografía de Borges, un texto de unas veinte mil palabras que él y yo compusimos en inglés en 1970. Pero los herederos de Borges no vieron con buenos ojos esa idea. No dieron razones ni explicaciones de su decisión, pero de alguna manera consideraron que mi obra de 1988 no merecía aparecer al lado de mi obra con Borges de 1970. Entonces un editor argentino dijo que se comprometía a publicar por separado los dos ensayos.
Al haber trabajado con Borges uno no podía dejar de advertir que menos era más, pero mi ensayo de treinta y tantas páginas se convertiría, pensé, en el libro más delgado en circulación. Marcial Souto, mi mentor en estos temas y otro minimalista en la creación literaria, también tenía sus dudas. (Fue él quien interesó el editor argentino en el proyecto). Souto sugirió que agregara a la memoria uno o más textos míos del mismo tipo. Le envié otro ensayo de veinte páginas y lo aprobó. Después, durante uno o dos meses, me obsesionó una idea un poco triste: lo único que yo quería era publicar un volumen digno del maestro, pero iba a poseer el récord aún menos distinguido de ser el autor del libro casi más delgado de la historia editorial. Había que remediarlo. Empecé a buscar entre mis papeles y me puse a preparar el material que finalmente aparece en estas páginas".







