La psicología social define que la vida cotidiana se organiza en tres ejes: trabajo, familia y tiempo libre. El primero permite dar sustento a los otros dos. Pero en la sociedad actual parece todo dado vuelta. Cada vez hay más desocupados, y estos transformaron el tiempo libre en el principal eje, ante la ausencia de trabajo. La familia pasa a último lugar. Los desocupados emplean su tiempo libre en protestar, cortar rutas o reclamar bolsones. Y los últimos tres meses también pasan días haciendo colas para cobrar vales alimentarios del plan Compartir el Pan, o dinero del plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados. Les pagan por su tiempo libre, no por su trabajo.
Maquinaria defectuosa
La fórmula no tiene demasiado éxito. El Estado es una defectuosa maquinaria asistencialista, mientras la realidad lo desborda. En un último atisbo de dignidad, un albañil que cortaba la ruta el martes lo definió claramente: los fondos para construir viviendas van a la caja única del Estado, pero la provincia no hace obras y no les da trabajo a esos obreros. Duda si reprimirlos pero termina dándoles plata y bolsones.
Es cierto que la crisis transformó en un infierno el funcionamiento de los programas asistenciales. Pero estos ya el año pasado hacían agua, tal cual lo denunciaron en su momento las organizaciones no gubernamentales. Entonces se desnudó la planificación desastrosa y la entrega irregular de partidas, mientras aumentaba geométricamente la cifra de gente necesitada, principalmente niños que asistían a los comedores infantiles. Hoy no se sabe si es verdad que la gente come gatos (como denunció una vecina del barrio ATE), pero está claro que, si los beneficiarios se las tienen que arreglar como pueden (los maestros de Hualinchay tienen que comprar una vaca todos los meses para completar el alimento para sus alumnos), los excluidos harán cualquier cosa para sobrevivir. Quizá, comer gato.
En infracción
Hace 20 días "Chiche" Duhalde le dijo a Julio Miranda que Tucumán no rinde cuentas. Por eso no llegaron aún los $2,7 millones anunciados hace dos meses. Los funcionarios aducen "problemas técnicos" o culpan a los comisionados rurales. Estos dicen que hay "manos traviesas" de inescrupulosos que entran al sistema y lo distorsionan. Y el gerente de empleo dice que el sistema lo desbordó, porque estaban preparados para asistir a 15.000 beneficiarios, pero hay entre 50.000 y 90.000. Y aún quedan 40.000 afuera.
El único atisbo de planificación ha sido anunciar que 7.000 desocupados harán tareas de vigilancia. El resto sólo recibirá una ínfima paga por su tiempo libre, no por su trabajo, que le quitará su dignidad. Con lo cual se agrava la situación, porque el asistencialismo no es una solución sino un manotón de ahogado.







