29 Junio 2002 Seguir en 
"Lo que llamamos de forma habitual mundo contemporáneo es seguramente la época histórica, entre todas las que ha ido atravesando hasta hoy la humanidad -Prehistoria, Antigüedad, Medioevo, etc.- sobre cuyos rasgos básicos existe mayor unanimidad entre historiadores, tratadistas, intelectuales, estudiosos y analistas de la sociedad dedicados a cualquiera de las ciencias sociales. Sin embargo, esa unanimidad en la enumeración y la descripción de los componentes o rasgos de los procesos más destacados que le dan carácter puede resultar engañosa, porque deja fuera del consenso cuestiones de explicación de muy hondo calado.En efecto, es innegable que los siglos XIX y XX, es decir, los doscientos últimos años de la historia del mundo, son los que han alumbrado un cierto número de grandes procesos históricos que no tenemos dudas en señalar; las revoluciones políticas y sociales, el capitalismo y la gran industria, el liberalismo, los Estados nacionales, el imperialismo y la colonización europea del mundo, el socialismo, la sociedad de masas y la democracia política, los fascismos, las armas de destrucción masiva, la comunicación como sistema mundial y, en fin, la sociedad informacional. Todos estos elementos, y muchos otros que pueden omitirse ahora, son, sin disputa, creaciones del mundo contemporáneo y rasgos indiscutibles suyos.
Las discrepancias empiezan a aparecer, no obstante, en cuanto se pasa a la cuestión del exacto significado y, también, de las consecuencias de estos procesos en cuya existencia y trascendencia estamos, en principio, de acuerdo. Baste para comprobar esto con prestar atención a la disparidad de los juicios emitidos sobre la significación histórica del siglo XX cuando estamos en el comienzo del siguiente. Se reconoce unánimemente que el adelanto y el progreso material de la humanidad en la época que llamamos contemporánea no admite dudas. Pero estas llegan cuando se analizan de cerca las consecuencias derivadas, incluidas las negativas o perversas, de esos adelantos o se contempla la imagen de extremado desequilibrio social y espacial con que se han producido.
La naturaleza histórica de esta época que se abrió a fines del siglo XVIII con la gran crisis de la sociedad europea -y, en parte, de la colonial americana-, del sistema económico del feudalismo tardío y de las instituciones políticas de los Estados de la monarquía absoluta, ha sido objeto de un enorme número de tratamientos generales. Unos propiamente historiográficos -desde aquellos primeros análisis que introducen la expresión historia contemporánea y que aparecen a comienzos del siglo XIX- y otros ensayísticos, filosóficos, literarios o de otras especies. La expresión mundo contemporáneo ha quedado ya registrada en el vocabulario habitual y en el acervo de conceptos básicos con los que operan las ciencias sociales. Sin embargo, la reiterada revisión de la historia del mundo contemporáneo, su constante reinterpretación, es uno de los aspectos más llamativos de la actividad de los historiadores contemporaneístas y de otros cientistas sociales, como sociólogos o politólogos. Ciertamente, la historia entera de la humanidad está siempre sujeta a reinterpretación y reescritura, pues no en vano la reconstrucción de la historia es algo que se hace desde cada presente concreto. Lo particular aquí es que el mundo contemporáneo se encuentra especialmente expuesto a tales reinterpretaciones y reescrituras".
Las discrepancias empiezan a aparecer, no obstante, en cuanto se pasa a la cuestión del exacto significado y, también, de las consecuencias de estos procesos en cuya existencia y trascendencia estamos, en principio, de acuerdo. Baste para comprobar esto con prestar atención a la disparidad de los juicios emitidos sobre la significación histórica del siglo XX cuando estamos en el comienzo del siguiente. Se reconoce unánimemente que el adelanto y el progreso material de la humanidad en la época que llamamos contemporánea no admite dudas. Pero estas llegan cuando se analizan de cerca las consecuencias derivadas, incluidas las negativas o perversas, de esos adelantos o se contempla la imagen de extremado desequilibrio social y espacial con que se han producido.
La naturaleza histórica de esta época que se abrió a fines del siglo XVIII con la gran crisis de la sociedad europea -y, en parte, de la colonial americana-, del sistema económico del feudalismo tardío y de las instituciones políticas de los Estados de la monarquía absoluta, ha sido objeto de un enorme número de tratamientos generales. Unos propiamente historiográficos -desde aquellos primeros análisis que introducen la expresión historia contemporánea y que aparecen a comienzos del siglo XIX- y otros ensayísticos, filosóficos, literarios o de otras especies. La expresión mundo contemporáneo ha quedado ya registrada en el vocabulario habitual y en el acervo de conceptos básicos con los que operan las ciencias sociales. Sin embargo, la reiterada revisión de la historia del mundo contemporáneo, su constante reinterpretación, es uno de los aspectos más llamativos de la actividad de los historiadores contemporaneístas y de otros cientistas sociales, como sociólogos o politólogos. Ciertamente, la historia entera de la humanidad está siempre sujeta a reinterpretación y reescritura, pues no en vano la reconstrucción de la historia es algo que se hace desde cada presente concreto. Lo particular aquí es que el mundo contemporáneo se encuentra especialmente expuesto a tales reinterpretaciones y reescrituras".







