28 Junio 2002 Seguir en 
La renuncia a su banca de senador nacional por el doctor Raúl Alfonsín, poniendo fin a la gestión desde cargos públicos, es un hecho con indudable simbolismo que debe provocar reflexión por sus motivaciones en las difíciles circunstancias que atraviesa la República. El texto de la dimisión alude a consideraciones relacionadas con su posición política frente a los problemas de la crisis y el duro tratamiento recibido de sectores a los que califica de oportunistas, sin referirse al conflicto que enfrenta en la Unión Cívica Radical por su respaldo al gobierno de transición, consecuente con la postura asumida por la agrupación en la Asamblea Legislativa del Congreso, hace seis meses.
El ex presidente había adelantado hace un tiempo que abandonaría su escaño parlamentario al cesar la gestión encomendada al doctor Eduardo Duhalde, pero esa decisión debió concretarse por causa de la crisis planteada en su partido, en un contexto caracterizado por el fuerte descrédito que castiga a las dirigencias políticas, generalmente a despecho de una razonable ponderación.
Qué duda cabe que Alfonsín es uno de los dirigentes nacionales con mayor responsabilidad en el desarrollo de los asuntos públicos y buena parte de sus consecuencias emergentes, a partir de la restauración de la democracia y la vigencia de la Constitución. En ese pasado figuran hechos con su protagonismo esencial desde la presidencia de la Nación, que no han sido valorados adecuadamente a la hora de calificar lo más trascendente de su gestión.
Seguramente que el de mayor rango histórico por sus proyecciones al presente fue la decisión y firmeza con que encaró el juzgamiento de las juntas militares por la Jus- ticia Civil, uno de los primeros actos tras la asunción del poder. En más de medio siglo de recurrentes crisis institucionales y de militarización de la política, esa decisión representó un estímulo fundamental para poner fin al oscuro proceso, alentando a la vez una etapa de renovaciones profundas y autocrítica en las Fuerzas Armadas, cuya significación puede advertirse hoy, cuando una crisis política, social y económica sin precedentes conmueve al país, tentando al autoritarismo de reprobables minorías.
El reproche mayor que sigue al ex presidente concierne seguramente al Pacto de Olivos, suscripto con su más significativo adversario político de aquellos días, y que alumbró una discutible reforma constitucional, a partir de la cual fue incubándose esa crisis y la inédita desconfianza de la sociedad en la clase política.
Un estilo muy afirmado en nuestras dirigencias, el de resistirse a la declinación de los cargos desoyendo el saludable principio de las renovaciones generacionales, ha afectado igualmente al doctor Alfonsín, a quien el retiro forzado por las circunstancias convierte en ejemplo cabal a seguir por otros dirigentes bastante menos acreedores del reconocimiento público, y más propensos a exigir conductas ejemplares ajenas que a demostrar las propias.
Esa actitud que la realidad ha impuesto al ex presidente no debe interpretarse como un apartamiento del debate por las ideas, y así lo ha señalado en el texto de su renuncia a la banca, ni seguramente habrán de aceptarlo los herederos doctrinarios dispuestos a recoger sus experiencias como sucesores en el partido decano de la República.
El ex presidente había adelantado hace un tiempo que abandonaría su escaño parlamentario al cesar la gestión encomendada al doctor Eduardo Duhalde, pero esa decisión debió concretarse por causa de la crisis planteada en su partido, en un contexto caracterizado por el fuerte descrédito que castiga a las dirigencias políticas, generalmente a despecho de una razonable ponderación.
Qué duda cabe que Alfonsín es uno de los dirigentes nacionales con mayor responsabilidad en el desarrollo de los asuntos públicos y buena parte de sus consecuencias emergentes, a partir de la restauración de la democracia y la vigencia de la Constitución. En ese pasado figuran hechos con su protagonismo esencial desde la presidencia de la Nación, que no han sido valorados adecuadamente a la hora de calificar lo más trascendente de su gestión.
Seguramente que el de mayor rango histórico por sus proyecciones al presente fue la decisión y firmeza con que encaró el juzgamiento de las juntas militares por la Jus- ticia Civil, uno de los primeros actos tras la asunción del poder. En más de medio siglo de recurrentes crisis institucionales y de militarización de la política, esa decisión representó un estímulo fundamental para poner fin al oscuro proceso, alentando a la vez una etapa de renovaciones profundas y autocrítica en las Fuerzas Armadas, cuya significación puede advertirse hoy, cuando una crisis política, social y económica sin precedentes conmueve al país, tentando al autoritarismo de reprobables minorías.
El reproche mayor que sigue al ex presidente concierne seguramente al Pacto de Olivos, suscripto con su más significativo adversario político de aquellos días, y que alumbró una discutible reforma constitucional, a partir de la cual fue incubándose esa crisis y la inédita desconfianza de la sociedad en la clase política.
Un estilo muy afirmado en nuestras dirigencias, el de resistirse a la declinación de los cargos desoyendo el saludable principio de las renovaciones generacionales, ha afectado igualmente al doctor Alfonsín, a quien el retiro forzado por las circunstancias convierte en ejemplo cabal a seguir por otros dirigentes bastante menos acreedores del reconocimiento público, y más propensos a exigir conductas ejemplares ajenas que a demostrar las propias.
Esa actitud que la realidad ha impuesto al ex presidente no debe interpretarse como un apartamiento del debate por las ideas, y así lo ha señalado en el texto de su renuncia a la banca, ni seguramente habrán de aceptarlo los herederos doctrinarios dispuestos a recoger sus experiencias como sucesores en el partido decano de la República.







