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Amor cortesano

04 Sep 2021
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IMAGEN ILUSTRATIVA

En la historia del placer sexual es obligada la referencia a un extraño desarrollo -desde el siglo XII en adelante y en Europa occidental- de una libre y peculiar forma de indulgencia sexual: el amor cortesano o amor “verdadero”. Creado en las cortes del sur de Francia, este romance ideal estaba basado en la adoración de la personalidad humana a través el amor, desde una concepción idealizada, platónica y hasta mística. Su vivencia encerraba la contradicción de “un amor a la vez ilícito y moralmente elevador, apasionado y disciplinado, humillante y exaltante, humano y trascendente”.

Valentía y pureza

El amor cortesano tenía lugar entre dos personas que no mantenían relaciones sexuales. Podían ser solteros -cuyo vínculo por algún motivo les estaba prohibido- o, lo más frecuente, tratarse de un amor adúltero. Estas relaciones encubiertas, frustrantes y dolorosas, con juegos preliminares casi eternos, se consideraban actividades reconfortantes, encantadoras y excitantes. Y sus muchas referencias en la ficción literaria formaron parte de la “educación sentimental” de la época.

El amor cortés traía sus beneficios: los caballeros se transformaran en mejores hombres y guerreros, se volvían más valientes; las mujeres, por su parte, se convertían en almas “más puras y deliciosas”. Desde esta perspectiva, el acto sexual involucraba algo falso, terrenal. Una mera transacción mundana y banal que sólo tenía lugar entre marido y mujer, con fines prácticos, reproductivos.

Por eso los poetas trovadores les rogaban a las mujeres que no les hicieran favores sexuales. El “verdadero amor” implicaba apenas besarse, tocarse y adorarse con el mínimo contacto de los cuerpos.

Leonor de Aquitania

La mayoría de las cortes europeas adhirieron a este ideal de amor cortesano, que en muchos sentidos se convirtió en la fuerza impulsora del Renacimiento.

En 1122, la culta y radical reina consorte de Francia e Inglaterra, Leonor de Aquitania, nieta de Guillermo IX de Aquitania -también conocido como Guillermo el Trovador- presidió la corte más identificada con este nuevo culto, siendo mecenas de numerosos trovadores. La monarca sostenía que el amor era una relación igualitaria basada en el respeto mutuo, la admiración y la interacción de las emociones. También creía que este sentimiento había sido creado para elevar el lugar de la mujer en la sociedad e inspirar el progreso.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.