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La aceptación básica

08 May 2021
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ILUSTRATIVA

¡Qué ineludibles son los desacuerdos en una relación de pareja! No importa lo enamoradas que estén, lo mucho que se quieran, lo compatibles y afines que se sientan… tarde o temprano -ni qué hablar si se inicia una convivencia- aparecen roces, señalamientos, pedidos para que el otro modifique algunas conductas. Esos intercambios, mal resueltos, pueden llegar a amargarnos en serio, por más que se trate de temas que, supuestamente, “no tienen importancia”.

Al respecto, John Gottman, terapeuta de parejas norteamericano, afirma que la base para enfrentarnos de forma efectiva a cualquier clase de problema es la misma: ni más ni menos que comunicar nuestra aceptación básica de la personalidad del otro. ¿Por qué? Porque es prácticamente imposible que le hagamos lugar a una indicación, un consejo o una crítica del otro (así sea una “constructiva”… suponiendo que existan) si no sentimos primero que esa persona valida nuestro punto de vista. De modo que la regla básica es: antes de pedirle a la persona que queremos que modifique su forma de comer, guardar la ropa o hacer el amor, debemos hacer que se sienta comprendida. Si uno o ambos, por el contrario, se sienten juzgados y rechazados será muy difícil salir airosos de los problemas, sean grandes o nimios.

La única opción

“Tal vez descubras que, en una discusión, tu pareja es más conciliadora de lo que imaginabas… una vez que sepas escucharlo”, dice Gottman. Una verdad que resulta más fácil de reconocer cuando la pensamos desde la propia perspectiva. Supongamos que queremos un consejo sobre el desacuerdo surgido con una amiga. Si nuestra pareja empieza a criticarnos, a insistir en que la otra persona tiene razón, que estamos equivocadas, lo más probable es que nos arrepintamos de haber sacado el tema. Nos pondremos a la defensiva, nos enojaremos, nos ofenderemos, nos sentiremos heridas. Quizás el otro se desconcierte y diga “Sólo trataba de ayudarte”. Y es que, como señala el autor de las “Siete reglas de oro para vivir en pareja”, existe una gran diferencia entre decir “Mirá que manejás mal. ¿Querés bajar la velocidad antes de que nos matemos?” a plantearlo de este modo: “Sé que te gusta manejar rápido, pero me pone muy nerviosa/o. ¿Podrías aminorar un poco, por favor?”.

Tal vez la segunda opción requiera un poco más de tiempo, pero vale la pena porque es la única que funciona. Porque, una vez más y para que quede claro: las personas sólo podemos cambiar si nos sentimos aceptadas tal cual somos. Si nos sentimos criticadas o poco apreciadas, nos atrincheraremos en nuestra postura para protegernos.

Somos como chicos

En este aspecto, los adultos podríamos aprender mucho de las investigaciones realizadas con niños.

Para inspirarles una imagen positiva de sí mismos y habilidades sociales básicas, resulta fundamental comunicarles que comprendemos lo que les pasa, de manera que ellos mismos aprendan a reconocer y aceptar sus emociones: “Ese perro te ha asustado”, “Estás llorando porque te sentís triste”, “Estás enojado, vení hablemos”. Algo muy diferente a menospreciarlas: “Es una tontería tener miedo de ese perro”, “Ya no tenés edad de llorar por eso”, “En esta casa están prohibidos los caprichos, andá a tu cuarto hasta que se te pase”. Cuando le hacemos saber a un chico (o chica) que sus sentimientos son legítimos, le estamos comunicando que lo/a aceptamos incluso cuando está asustado, triste o enojada. Esto le ayuda a sentirse bien consigo mismo, lo cual hace posible el crecimiento y los cambios positivos… nada diferente a lo que ocurre con nosotros los adultos.

Otra lección importante -quizás obvia, pero por lo mismo con frecuencia pasada por alto- es que en todas las discusiones, ninguna persona tiene toda la razón. No existe una verdad absoluta, sino dos verdades subjetivas.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.