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Sexo en el agua

28 Feb 2021
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De aquí a la eternidad

Tener relaciones sexuales en el agua forma parte de una fantasía frecuente. El mar, un río, un lago, la ducha, un jacuzzi, una pileta, una cascada. Cada tanto aparecen noticias de fotos o videos que delatan a dos que no pudieron contenerse y, tratando de disimular lo más posible, hicieron el amor a la vista de todos en alguna playa.
¿Por qué? El agua nos hace sentir más livianos y hasta libres. Y cuando nos sumergimos tenemos una experiencia epidérmica total, casi siempre grata, por lo que no es raro que nos haga sentir más sensuales y receptivos a lo erótico. La piel se vuelve más suave y fresca, las “gotitas” facilitan las asociaciones con el sudor sexual, y lo de estar “mojada” (o “mojado”) evoca estas connotaciones.
A toda la mitología del underwater sex colaboran las películas pornográficas, donde son típicos tales escenarios. Como también lo son en el otro cine: uno de los momentos más icónicos, quizás fundacional en este sentido, es sin duda el beso de Burt Lancaster y Deborah Kerr en medio de las olas en “De aquí a la eternidad”, ganadora de varios Oscars –incluyendo el de mejor película- en el año 1953.

¿Y las contras?

En cuanto a lo sanitario, algunas aguas pueden presentar riesgos, aunque no fatales. Porque los ríos, las playas y las piletas… no siempre son tan limpias y pueden albergar bacterias, parásitos, hongos. Y a veces el cloro utilizado para mantener limpias las piletas puede irritar las mucosas (como nos suele pasar con los ojos). Pero la sal del mar en sí no daña nuestros genitales (de ahí que nos bañamos sin problema).
Como es sabido, para que una penetración sea placentera es necesario que haya una buena lubricación. Y, contrario a lo que podría pensarse, la lubricación vaginal (porque el ano no tiene una lubricación natural) desaparece en gran medida en contacto con el agua, por lo cual la misma fricción podría provocar irritación, dolor o incomodidad.
La incomodidad es otro tema: más allá de lo que veamos en las películas, la falta de estabilidad que tenemos en el agua puede llevar a que las posiciones sean poco confortables y hasta forzadas. Convendría entonces que una o ambas partes pueda afirmarse a algo: un borde, una piedra, una pared.

El factor protección

Pero quizás el factor más importante a tener en cuenta es la protección. Que no queden dudas: ni el cloro ni la sal ni ningún tipo de agua tienen la propiedad de prevenir las infecciones de transmisión sexual ni el VIH. Por lo tanto, si se van a tener relaciones sexuales con penetración en el agua, es necesario utilizar preservativo. Algo que, en estas condiciones, se complica. Obviamente no debe colocárselo bajo el agua, sino hacerlo afuera y luego sumergirse. Pero el medio acuático facilita que el preservativo se desprenda, por lo que es conveniente mantenerlo sujetado en su base. Y, cuando se está disfrutando de un día de sol, abstenerse de los aceites y bronceadores, ya que su manipulación puede dejar residuos en las manos que luego al contacto con el látex del preservativo lo perjudiquen. De ahí que algunos recomiendan realizar la penetración fuera del agua -aunque corte un poco la fantasía- y después introducirse en ella, para evitar los problemas mencionados.
Dejando de lado todas las prevenciones del caso, aventurarse cada tanto a una manera diferente de tener relaciones sexuales es un buen antídoto contra la rutina y configura un gran estímulo erótico, lo cual en sí mismo resulta valioso.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.