Quejas sexuales
Se estima que alrededor de un 85% de las parejas no se sienten plenamente satisfechas con su vida sexual. Poco importa entonces, si queremos enfrentar la realidad tal como es, lo que digan las versiones oficiales. Esas que circulan en ruedas de amigos/as o en despedidas de soltero/a. Mucho menos las pretensiosas declaraciones de la farándula o lo nos que muestra la publicidad, las películas o las series de televisión.
Ocurre, sin duda, que la famosa “falta” estructural
de toda vida humana –esa de la que hablan los psicoanalistas, en especial los
lacanianos y que nos constituye como sujetos deseantes, en permanente búsqueda-
no encuentra en el plano sexual una excepción.
Por supuesto que dentro de este sorprendente
porcentaje de insatisfacción encontramos, como es lógico, diferentes grados de
intensidad. No sólo de acuerdo a la “gravedad” del asunto, sino también en
relación a cómo las personas interpretan lo que les está ocurriendo. Pero, en
líneas generales, diremos que el malestar abarca desde desajustes menores –que
algunos considerarían totalmente irrelevantes- hasta disfunciones más
significativas, de esas que empujan a las personas a la consulta profesional.
Libro de quejas
En las parejas heterosexuales, la queja más
frecuente de los hombres se vincula con percibir a la mujer como no demasiado
entusiasta o interesada en el sexo. En particular, en relación a la negativa
femenina a explorar prácticas no tradicionales. Otra queja clásica de ellos se
refiere al sexo poco frecuente y a la no llegada de la mujer al orgasmo (o al
requerir demasiado tiempo para alcanzarlo).
Las mujeres, en cambio, suelen quejarse de no existir
suficientes preparativos previos. También de recibir abrazos y besos solo
cuando hay una clara intención de que la cosa termine en la cama. La
eyaculación rápida del compañero es otra de las quejas femeninas, lo mismo que
sentir que la demanda sexual de ellos es excesiva. Muchas mujeres añaden el no
tenerlas demasiado en cuenta y, en especial, la falta ternura en los encuentros
sexuales, además de que los varones se duermen inmediatamente después de
terminada la función.
Hombres y mujeres de cualquier orientación sexual expresan su disgusto cuando la rutina -que alguna vez ha sido llamada “la tumba del amor”- se instala en la pareja: las mismas caricias, los mismos movimientos, las mismas posturas, casi como en piloto automático, pueden volverse un ritual predecible a más no poder. Lo cual, obviamente, deserotiza y mantiene frustrados a los que desean, al menos cada tanto, innovar, hacer realidad alguna fantasía que salga de lo convencional.
Decir basta
Quejarse, frente a otro o en silencio, en este como en otros órdenes de la vida, no ha demostrado ser una costumbre productiva. De hecho, los quejosos se vuelven tan molestos para los que andan cerca que, a la larga, ya nadie los escucha.
Respecto a las quejas sexuales, muchas veces se hace
necesario tomar el toro por las astas y enfrentar el problema, la disfunción,
el malestar, el desencuentro. Es decir, pedir ayuda, por difícil que parezca.
Son numerosos los casos que mejorarían sensiblemente luego de recibir cierta
información básica sobre, por ejemplo, la forma en que nuestro cuerpo responde
a los estímulos sexuales.
Otras veces la situación requiere de una reflexión
honesta –quizás en el contexto de una psicoterapia- acerca de hasta qué punto
son realistas las pretensiones que esconden las quejas reiteradas (tanto como
preguntarse si las mismas no están encubriendo otro tipo de demandas).
En más de una ocasión no quedará otra alternativa
que hacer negociaciones, tanto en pareja, como a nivel intrapersonal. Es decir,
con ese yo evaluador que puede estar exigiendo lo imposible.
Cualquiera sea la estrategia, nunca está de más combinarla con una capacidad constructiva: la de enfocar la mirada en la mitad llena del vaso, y no en el espacio que falta para que se rebalse.