13 Enero 2007 Seguir en 
La banquina de la ruta es un charco infinito y los arbustos están doblados, como resignados a la dirección que les marcó la fuerte correntada. Un par de arcos de fútbol a la mitad son el único indicio de que un gran rectángulo de agua fue, alguna vez, una cancha. La imagen simboliza la grave situación que vive la gente de Río Colorado, un pueblo que queda en la ruta 157, camino a Simoca, y que ayer fue la zona más afectada por la lluvia y el desborde de ríos.
Las calles del pueblo son de agua y muchos habitantes están aislados. La lluvia que se desató ayer a la mañana empeoró la situación de cientos de familias y sólo se podía ingresar al lugar en lancha o tractor. Por miedo, muchas familias se aventuraron a salir del pueblo y pasan las horas en la ruta. Frente al arco de entrada, las paradas de ómnibus se convirtieron en el refugio ideal para los que esperan que el agua baje para volver a sus hogares.
El comisario Ricardo Rubén Vázquez explicó que Río Colorado es una localidad rodeada de ríos: el Colorado, el Famaillá, el Arenillas, y el arroyo Aguas Blancas. “El desborde de todos ocasionó que el pueblo entero quedara sumergido por más de dos metros de agua en las zonas más afectadas. Hay 230 evacuados, que están repartidos en la comisaría, el juzgado, la Casa de Cultura y un galpón del ferrocarril”, dijo Vázquez. “Ésta fue la parte más damnificada de la provincia”, añadió.
El efectivo agregó que las 350 familias que habitan en Río Colorado fueron afectadas por la tormenta. “Muchos no quisieron abandonar sus casas para que no les roben sus cosas. Algunos pasan las noches en los techos”, aseguró. Ayer a las 19 Vázquez informó que el agua había empezado a bajar, y estimó que la gente podría volver a sus hogares entre hoy y mañana.
Francisco Daniel Madrid, de 29 años, contó que había estado toda la madrugada de ayer en una de las paradas de ómnibus, al frente del pueblo, y recordó su impotencia frente al temporal. “No se podía hacer nada porque el agua llegó de golpe. Aunque algunos lograron salvar sus cosas, la mayoría perdió casi todo lo que tenía”, remarcó.
Con una persistente lluvia de fondo, confesó que nunca había visto una tormenta de tal magnitud. “Necesitamos ayuda más que nunca. Espero que el gobernador venga y vea este pueblo fantasma”, dijo Francisco. Añadió que las únicas donaciones que recibieron fueron de habitantes de Simoca y Bella Vista, que se acercaron con agua mineral, velas, espirales y mate cocido para los que, por ahora, habitan en la ruta.
Con lo puesto
“Sólo me quedé con lo puesto”, fue la primera frase de Ramón Alarco, de 48 años, uno de los primeros en salir del pueblo por sus propios medios. Dijo que no es la primera vez que sufre las consecuencias de un temporal. “Hace algunos años tuvimos otra creciente, y algunos construyeron un paredón en sus casas como prevención. Sirvió de poco”, expresó. Sus pantalones mojados mostraban que el agua le llegaba hasta la cintura. “Es que no se puede luchar contra la naturaleza”, agregó. Pasadas las once, cuando la lluvia empezó a parar, llegó un camión con agua mineral, ropa y calzado. En canoas, tractores, o a pie, personal de la Policía Lacustre ingresó en el inundado pueblo para ayudar a la gente.
Aunque la lluvia paró, el agua que corría por las calles no había disminuido a la siesta. Mientras un perro nadaba contra la corriente para alcanzar a sus dueños, Rosaura Sotelo, ama de casa y abuela, miraba cómo el agua marrón cubría las calles. “Yo me crié aquí y nunca vi una tormenta tan fuerte. Cuando empezó a entrar el agua en las casas fue desesperante. Lo primero en lo que pensé fue en cuidar a los chicos. Respecto de las cosas, con algo de sacrificio, uno tiene la esperanza de volver a tenerlas”, reflexionó.
Las calles del pueblo son de agua y muchos habitantes están aislados. La lluvia que se desató ayer a la mañana empeoró la situación de cientos de familias y sólo se podía ingresar al lugar en lancha o tractor. Por miedo, muchas familias se aventuraron a salir del pueblo y pasan las horas en la ruta. Frente al arco de entrada, las paradas de ómnibus se convirtieron en el refugio ideal para los que esperan que el agua baje para volver a sus hogares.
El comisario Ricardo Rubén Vázquez explicó que Río Colorado es una localidad rodeada de ríos: el Colorado, el Famaillá, el Arenillas, y el arroyo Aguas Blancas. “El desborde de todos ocasionó que el pueblo entero quedara sumergido por más de dos metros de agua en las zonas más afectadas. Hay 230 evacuados, que están repartidos en la comisaría, el juzgado, la Casa de Cultura y un galpón del ferrocarril”, dijo Vázquez. “Ésta fue la parte más damnificada de la provincia”, añadió.
El efectivo agregó que las 350 familias que habitan en Río Colorado fueron afectadas por la tormenta. “Muchos no quisieron abandonar sus casas para que no les roben sus cosas. Algunos pasan las noches en los techos”, aseguró. Ayer a las 19 Vázquez informó que el agua había empezado a bajar, y estimó que la gente podría volver a sus hogares entre hoy y mañana.
Francisco Daniel Madrid, de 29 años, contó que había estado toda la madrugada de ayer en una de las paradas de ómnibus, al frente del pueblo, y recordó su impotencia frente al temporal. “No se podía hacer nada porque el agua llegó de golpe. Aunque algunos lograron salvar sus cosas, la mayoría perdió casi todo lo que tenía”, remarcó.
Con una persistente lluvia de fondo, confesó que nunca había visto una tormenta de tal magnitud. “Necesitamos ayuda más que nunca. Espero que el gobernador venga y vea este pueblo fantasma”, dijo Francisco. Añadió que las únicas donaciones que recibieron fueron de habitantes de Simoca y Bella Vista, que se acercaron con agua mineral, velas, espirales y mate cocido para los que, por ahora, habitan en la ruta.
Con lo puesto
“Sólo me quedé con lo puesto”, fue la primera frase de Ramón Alarco, de 48 años, uno de los primeros en salir del pueblo por sus propios medios. Dijo que no es la primera vez que sufre las consecuencias de un temporal. “Hace algunos años tuvimos otra creciente, y algunos construyeron un paredón en sus casas como prevención. Sirvió de poco”, expresó. Sus pantalones mojados mostraban que el agua le llegaba hasta la cintura. “Es que no se puede luchar contra la naturaleza”, agregó. Pasadas las once, cuando la lluvia empezó a parar, llegó un camión con agua mineral, ropa y calzado. En canoas, tractores, o a pie, personal de la Policía Lacustre ingresó en el inundado pueblo para ayudar a la gente.
Aunque la lluvia paró, el agua que corría por las calles no había disminuido a la siesta. Mientras un perro nadaba contra la corriente para alcanzar a sus dueños, Rosaura Sotelo, ama de casa y abuela, miraba cómo el agua marrón cubría las calles. “Yo me crié aquí y nunca vi una tormenta tan fuerte. Cuando empezó a entrar el agua en las casas fue desesperante. Lo primero en lo que pensé fue en cuidar a los chicos. Respecto de las cosas, con algo de sacrificio, uno tiene la esperanza de volver a tenerlas”, reflexionó.










