No son espejitos, pero sí lamparitas de colores

Mientras Chile conseguirá autonomía gasífera en 2009 y Brasil se autoproveerá de petróleo, en nuestro país no hay gasoil ni electricidad y tendremos que implorar por más gas a Bolivia. Por Indalecio Sánchez - Redacción LA GACETA.

28 Enero 2008
El hombre contestó tranquilo y confiado. Le habían formulado la pregunta esperando que la respuesta fuera una evasiva o que renegara sobre el incumplimiento de su proveedor -la Argentina- o que lanzara una crítica política. Todo lo contrario: habló de soluciones. “El tema del gas se terminará en 2009, cuando Chile ponga en marcha una planta regasificadora que tiene cerca de Valparaíso y que nos va a dar autonomía del gas argentino” (LA GACETA, 29/11/2007), dijo el embajador de Chile en la Argentina, Luis Maira Aguirre, cuando pasó por Tucumán invitado por el Instituto para la Integración y el Desarrollo Latinoamericano (Idela) de la Facultad de Derecho de la UNT.
En 2006, cuando la potencia de la crisis energética en la Argentina comenzó a ganar kilowats, Chile empezó a perder metros cúbicos de gas. Su filiación gasífera con el gobierno de Néstor Kirchner provocó trastornos a la sociedad chilena. De inmediato, echaron mano a los fondos que ingresan por la explotación y la exportación del cobre... y en tres años no dependerán de nadie, como dijo Maira Aguirre. Invirtieron unos U$S 3.000 millones y se hicieron cargo del problema. No tienen recursos naturales como para explotar ellos mismos yacimientos de gas. Y como la solución estaba lejos, idearon otro sistema: armaron una planta con depósitos gigantescos que transformará y distribuirá el gas que llegue al puerto chileno en barco desde cualquier lugar del mundo. Le comprarán a quien quieran y a nadie le faltará energía.
Lejos está nuestro país de las soluciones rápidas para la crisis energética, a pesar de que para nosotros sería más fácil. Cristina Fernández dispone de fondos extra -provenientes de la exportación de granos, por ejemplo- y quedan amplios terrenos para explorar si allí hay gas o petróleo.
La historia de las crisis energéticas en el país tiene más años que la propia Cristina, y ninguno de sus antecesores (tampoco su esposo, Néstor Kirchner) pudo lidiar con el karma de las bombitas de luz apagadas. Desde comienzos del siglo XX, cada vez que los abruptos ciclos económicos que colmaron de llagas al país marcan épocas de vacas gordas, la luz no alcanza para todos.
Varios erraron con sus diagnósticos. Mientras los gobernantes de turno se suben al caballo del autoritarismo para zafar de la falta de energía, algunos economistas recetan píldoras que, más que sanadoras, son recesivas. En el primer caso, achacan culpas a las administraciones anteriores; a los empresarios energéticos -que no hacen las inversiones necesarias, dicen-; a los consumidores, a los que califican de derrochones; a los industriales y hasta al crecimiento económico exponencial. Por su parte, algunos pensadores ortodoxos instan a enfriar la economía, es decir, a bajar el nivel de crecimiento y a arriesgar que los que están en el primer peldaño de la escalera social quizás tengan que retroceder el único paso hacia arriba que dieron. Tampoco sirven estos remedios para terminar con la crisis.

Tres sí y un no
¿Los consumidores derrochan energía? Sí, nadie cuida lo que sale demasiado barato. ¿Hay que subir las tarifas como parte de la solución al problema? Sí, porque tendría un doble efecto: los clientes residenciales de las compañías de electricidad y de gas harían un uso más racional (de lo contrario, a todos les dolerían los bolsillos) y las compañías se quedarán sin pretextos para no realizar las inversiones que sean necesarias. ¿El Gobierno debería intervenir en el sector? Sí, porque la suba tarifaria debería excluir al casi 30% de la población que está bajo la línea de la pobreza. Además, tendría que controlar que se hagan las inversiones, custodiar que no se cometan abusos y proveer fondos, de ser necesario, para que la energía no falte más. ¿Hay solución inmediata para la escasez de energía? No, porque ni el cambio de horario ni el canje de focos por lámparas de bajo consumo son suficientes. Se necesitan, al menos, unos U$S 7.000 millones y varios años para generar más energía.
Faltan inversiones, planificación federal, institucionalidad. Las obras de ampliación del Gasoducto del Norte se frenaron por corrupción, cuando en el área del ministro que está a cargo de la segunda carencia enumerada -Julio de Vido- estalló el caso Skanska y se desbarataron los fideicomisos que aseguraban recursos para este y otros emprendimientos energéticos.
La crisis de 2001, default incluido, permanece en la memoria de las empresas y de los inversores, que no están dispuestos -como nadie lo estaría- a apostar millones en obras energéticas a sabiendas de que una mano visible maneja la ruleta y hace salir rojo o negro a su antojo.
El verano es caliente y el invierno, seguramente, será frío. En julio, les endilgarán culpas, otra vez, a las temperaturas extremas cuando se apliquen restricciones a la utilización de gas para las industrias. Ya sucedió en 2007 y será peor este año: Bolivia anunció que no podrá vender todo el gas que la Argentina necesita.
Mientras Chile conseguirá autonomía gasífera el año próximo y Brasil se autoabastecerá de petróleo, en nuestro país no hay gasoil para el agro y tendremos que rogar que Evo Morales rememore con cariño a Tucumán, donde estudió de niño cuando sus padres venían a pelar caña, para que tenga piedad y decida venderle más a la Argentina.
Pero el Gobierno tiene otro plan: entregará, a todos los usuarios, gratis, dos focos de bajo consumo a cambio de otros dos de los comunes para que el gasto en energía sea menor. Y ya ahorramos el ¿2%? con el cambio de huso horario. No son espejitos, pero sí tristes lamparitas de colores.

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