El alperovichismo desnutrido

Lorenzo es el nombre de un nene que apareció en la pantalla de América TV con un cuadro de insanidad que incluía una vivienda precaria, escasos servicios públicos y una rara enfermedad que lo mantiene confinado en su casilla y con bajos nutrientes.

Luis Majul, en su programa La Cornisa, escandalizó a los funcionarios y a los ciudadanos tucumanos con imágenes y testimonios de niños en condición de desnutrición y familias viviendo en la miseria. Los comprovincianos abrieron grandes los ojos porque se nacionalizó algo que observan de soslayo cada vez que recorren la periferia de San Miguel de Tucumán o cualquier ruta del interior. Siempre es preferible cerrar los ojos ante la miseria que nos duele, que dejar que la pobreza nos cachetee y nos obligue a ocuparnos de ella, ya sea colaborando con una donación o “haciendo lío” -como ordenó Francisco, el Papa- a los dirigentes que manejan el Estado.

Los funcionarios se horrorizaron con el informe televisivo, pero por motivos menos ciudadanos. Por un lado, para el alperovichismo militante es inconcebible que alguien ose cuestionar el tremendo esfuerzo que hizo en casi 12 años de gestión por los desposeídos. Por ello Beatriz Rojkés insultó a los inundados y la diputada Miriam Gallardo al periodista de Canal 8 Luis Medina -sólo por citar dos ejemplos recientes- cuando se los indagó respecto de la situación crítica que muchas personas estaban atravesando. No entienden, no entra en la cabeza de los fieles a este Gobierno que no se reconozca que Alperovich y sus funcionarios hicieron mucho por los pobres y por los desnutridos.

Esa es una cuestión. Pero el otro lado de la ira alperovichista es más política y peligrosa para sus intereses. El de la desnutrición es un tema tabú y clave para el gobernador. Sabe que su figura de dirigente se acrecentó cuando nacía el nuevo milenio de la mano de la debacle de Julio Miranda, quien recibió un golpe demoledor cuando las imágenes de Barbarita Flores y las cifras de miles de desnutridos tucumanos recorrieron el mundo. Alperovich se prometió no permitir que eso le sucediera a él o a su provincia mientras su nombre estuviera en la cúspide del poder.

Por ello dedicó esfuerzo, gestión y dinero a revertir rápidamente durante sus primeros años de gobierno ese mísero cuadro comarcano. Y le encargó a Juan Luis Manzur la tarea de cambio sanitario profundo. Los índices de mortalidad infantil y de desnutrición bajaron, pero luego se ocultaron y ahora parece que desaparecieron.

Esa es la historia que el alperovichismo no quiere que se cuente o que vuelva a la memoria del colectivo social. Porque no hay en Tucumán poco más de un 40% de pobreza ni 20.000 desnutridos -como se informó en América-, pero tampoco son creíbles -ni tranquilizantes- los datos que lanzó al aire el ministro de Salud y candidato a intendente de la capital, Pablo Yedlin. El funcionario dijo que en Tucumán hay 2.500 desnutridos (en 2003 había 20.000, según el propio ministro) y que bajó la mortalidad infantil (al 13,1 por mil en 2014, según dijo Alperovich en el discurso de Apertura de Sesiones, cuando en 2003 era del 25 por mil).

No son creíbles porque médicos del propio Siprosa cuestionan el sistema de medición de ambos indicadores. Del de desnutridos, afirman que se modificó el parámetro de condiciones generales que debe tener un niño para que se lo registre como bajo peso. Más grave es el de mortalidad infantil, ya que aseveran que se cambió cómo se fija qué niño es “nacido vivo”, modificación a partir de la cual el Ministerio de Salud tiene derecho a calificar como vivo a un recién nacido o como muerte fetal.

De Tucumán al país

Los profesionales nucleados en el Sindicato de Trabajadores de la Salud (Sitas) fueron los que dieron la voz de alerta de ese cambio en el sistema de medición allá por 2010. El entonces presidente de la comisión de Salud de la Legislatura, Alejandro Sangenis, llevó la inquietud a la Casa de Gobierno y le dieron la espalda. El radical José Cano elevó esas quejas ante la Justicia. El escándalo les costó el exilio a un par de médicos tucumanos, pero la duda sobre esos sistemas de medición se nacionalizó, de la mano de una denuncia del entonces diputado nacional cercano a Elisa Carrió Eduardo Macaluse. Manzur ya era ministro nacional y ya había replicado ese sistema en todo el país.

Ahora, el médico predilecto de Alperovich es candidato a sucederlo. Y el alperovichismo, que llega desnutrido desde lo político al epílogo de su gestión, no puede permitirse que resurjan cuestionamientos sensibles en la antesala de los comicios: ¿cuáles son los verdaderos índices de desnutrición? ¿Cómo bajó tanto en Tucumán la mortalidad infantil, si a nivel mundial los protocolos marcan que se necesitan décadas para lograr lo mismo? ¿Por qué crecieron exponencialmente los índices de muerte fetal, de la mano del cambio de sistema de medición de la mortalidad infantil, cuyo índice diminuyó estrepitosamente? ¿Por qué los estudiantes de Medicina no pueden acceder a los registros de desnutridos cuando hacen sus pasantías rurales? ¿Por qué no se hacen públicos los datos y cómo se obtienen? ¿Por qué no se explica claramente cómo se elaboran y por qué se formularon cambios en el sistema de medición? ¿Por qué el gobierno que más dinero manejó en la historia de Tucumán no pudo hacer más para borrar las reiterativas imágenes de miseria?

Manzur aparece a la cabeza de estos cuestionamientos y como interlocutor directo para responder las inquisitorias. Pasará esta tormenta, llegarán las elecciones y, cualquiera sea el resultado, el fantasma de la duda sobre tremendo cambio sanitario continuará dando vueltas alrededor del ministro milagroso, que logró que el país gozara de indicadores propios de las potencias mundiales. Como consecuencia, miles de personas continúan en la pobreza extrema. Porque cualquier mal diagnóstico lleva a un resultado perdidoso. En este caso, de vidas.

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